Cuentos de Amor (insano). Junichiro Tanizaki

Es un buen momento para cambiar de registro, romper los hábitos de lectura y buscar algo nuevo, diferente. Junichiro Tanizaki ha sido una elección acertada.  

Escritor censurado a comienzos del siglo XX, sus “Cuentos de Amor”, pese al título, son lo más opuesto a la candidez y la ñoñez rosa.  En Tanizaki –un transgresor innato de la moral establecida–, el amor romántico se transforma en insano, adquiere tintes sórdidos, depravados y rememora su aspecto menos sensiblero, que no sensible, pues siempre lo trata con elegancia y una voluptuosidad sugerente, muy atractiva.  Si le unimos el punto “exótico” de una cultura lejana (no sólo en el tiempo) como la japonesa que abandona el feudalismo y se contagia de “lo occidental“ (Tanizaki lo hace, hasta el punto de revestir muchos de sus cuentos con una pátina de novela negra y policíaca), el atractivo es doble.

Hay belleza intrínseca en lo malvado e iconoclasta de los once cuentos que componen el libro; un enfoque perverso del amor excelso, ya sea desde la visión del fetichismo sublime, la castidad o el masoquismo, una mujer fatal o un canalla, el travestismo sutil, el sadismo criminal… todas ellas perversiones del amor clásico, pero también pasiones humanas; en este caso, narradas con maestría, sensibilidad y hermosura. 

Escritos por un hombre, el tema central de los relatos, el eje sobre el que giran es la mujer, reflejo aquí de una época y cultura que nos resultan extrañas pero nos atrae, nos interesa. La mujer concebida como posesión, el premio que se consigue o pacta, se posee; también la mujer inquieta que, en su acatamiento, usa las armas de que dispone y lucha para revertir la situación y mantener al hombre (su amo) encaprichado y pendiente hasta conseguir –a veces, la mayoría– ser ella quien lo domine. 

Hay en verdad una guerra de sexos larvada en esta situación de tiempos lejanos, no ya como feminismo –allí no– sino como autodefensa; pero narrada con sutileza, sensualidad y una visión subversiva del deseo inconfesable que la hace atractiva y bella, cercana y distante a la vez.  En cierto momento, me llegó a recordar “El imperio de los sentidos” (de Nagisa Oshima, 1976), sin la carga de erotismo y sexo explícito que exhibe el film.

Un aspecto que a muchos ha resultado extraño, incluso frustrante (el libro fue objeto de una sesión –virtual– del “Club de Lectura Q pro Quo”) es que los finales de algunos relatos no sean tales, acaben sin concluir la narración.  Una de las aclaraciones de su editor, Carlos Rubio en el prólogo (de lo mejor de la obra, por lo explicativo que resulta) es que la narrativa en Japón no sigue el esquema occidental Principio-Clímax-Desenlace, sino que forman parte de una historia más amplia, que dio inicio antes y continúa después; influidas por el budismo, “las historias japonesas, más que acabar, se detienen”, quedan abiertas para que el lector –o el espectador– las complete en su imaginación.  Puede que para algunos resulte difícil este ejercicio de complicidad activa.

A destacar (para mí) “Los pies de Fumiko”, un cuento hermoso, clásico universal del fetichismo, la obsesión del foot-fetichist; páginas y páginas alrededor de la figura de una bella jovencita y su pie, descrito con metáforas y referencias elegantes que nunca cansan.  O “El segador de cañas”, que en los inicios parece pesado por las descripciones de senderos y rutas, pero su narración se transforma en sensible y sorprendente, mientras resalta valores como el compromiso y la entrega (del amor en castidad) en un trío formado por un hombre y dos hermanas. 

Asimismo,  “El Tatuaje”, o “El Mechón” (la historia de una ‘femme-fatal‘ al estilo noir).  Y, por su dureza, “El caso del baño Yamagi”, también de corte policíaco, en el que sorprende el sadismo de un asesino demente y la naturalidad con que todos aceptan su brutalidad en la mujer (esto, por desgracia, no es tan lejano) y que ella la acepte sumisa; o la escena en el baño público, que sobrecoge.  Pero es una excepción en el libro.  De Tanizaki me queda el recuerdo de su narrativa sensible, pausada y serena, a veces sublime, que me hizo recordar “Muerte en Venecia” de Thomas Mann, en su adaptación al cine por Luchino Visconti (1971).

En general, un libro que recomiendo; sobre todo para cambiar de aires y depurar la mente, quizá saturada por el género o estilo que cada uno frecuente.  De vez en cuando, lo nuevo, lo diferente sienta bien.