CRÓNICAS MARCIANAS, el Marte lírico y naif de RAY BRADBURY.

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Conmemorar el centenario de un precursor como Ray Bradbury releyendo sus Crónicas Marcianas, supone, par mí, adentrarme de nuevo en esa concepción tranquila y cotidiana del universo, lejos de los efectos especiales que hoy se presuponen inherentes a toda obra de ciencia ficción; serena en su enfoque, lírica por el uso de un lenguaje más poético que tecnológico, casi naíf es su concepción por la presunta inocencia (que no ingenuidad) en su visión de un mundo nuevo, diferente, hacia el que, en 1950, supo enfocar la mirada de todos los soñadores. Una época en la que -aunque ya se utilizaban los cohetes V2 incautados a los alemanes para analizar y medir la atmósfera- en América aún faltaban ocho años para lanzar el primer satélite Vanguard (Rusia puso en órbita el satélite artificial Sputnik en octubre de1957). Bradbury fue el padre literario de muchos astronautas, a los que inspiró su vocación de pioneros en la conquista del espacio.

Sus relatos recuerdan las ensoñaciones de un creador que ama la literatura y la fantasía mientras espera el nacimiento de su primer hijo; evocan su infancia, los recuerdos que obtuvo en el pueblo que le vio nacer, donde se crió, entre hamacas a la sombra de un porche, mirando hacia las estrellas. O, en sus propias palabras, «son apartes sheakesperianos de pensamientos dispersos, visiones en noches largas, sueños parciales al alba … párrafos medio líricos, medio prosaicos». La imagen de un cohete (concebido en sus relatos como un bien a disposición de todos, un automóvil en ese futuro soñado) junto al viejo granero de madera refleja a la perfección esa imagen del futuro naíf, soñado, que transmiten sus historias (por algún lado -imagino- debe esconderse una lata de sopa de tomate Campbell…).

¿Pero es en verdad ciencia ficción?

Él mismo lo dudaba: «en el libro sólo hay un relato que responda a las leyes de la física tecnológica». Se refiere, claro está a «Vendrán lluvias suaves«, la historia donde anticipa a la perfección una casa domótica, plenamente automatizada, de las que hoy, 70 años más tarde, hay pocas; o esas aspiradoras tipo «roomba», con forma de ratones mecánicos que recogen cualquier mota que cae al suelo apenas lo toca; o los barcos que se deslizan sobre la arena… Sólo por eso es ciencia ficción, aunque en su interior lo conciba como ensoñaciones de fantasía prosaicas, plenas de fatalismo hamletiano. Aunque, ¿qué más da la etiqueta que se le ponga?. En el fondo, son mitos, puro Mito. Y él lo sabía:

«La ciencia y las máquinas pueden anularse mutuamente o ser reemplazadas. El mito (…), si no es inmortal, prácticamente lo parece».

Concebidos inicialmente como relatos dispersos publicados en revistas de anticipación, no duda en aceptar la oferta de recopilar sus relatos marcianos (hay varias ediciones, en las que cambió, se quitaron o incluyó unos u otros), para lo cual esa misma noche, sin tenerlos a mano, elabora una lista en secuencia y escribe algún otro, como transición entre bloques de lo que concibió –o yo quiero ver– como evolución, auge y caída de un imperio marciano, en un futuro (demasiado corto y muy lejano por entonces) de sólo 27 años, que -hoy- nos arranca una sonrisa:

  • Los Pioneros (1999-2000). Las primeras incursiones al planeta, pequeñas expediciones, que conectan telepáticamente con los marcianos nativos y terminan todas de forma trágica. Compuesta por los relatos «El verano del cohete», «Ylla», «Noches de verano», «Los hombres de la Tierra», «El contribuyente» y «La tercera expedición», entre los que destaca este último -algo más largo-, que recalca el enfrentamiento (tranquilo) entre dos culturas muy diferentes, que no pueden convivir a la par.
  • Asentamiento y colonización (2001). «Aunque siga brillando la luna» es un relato poético, basado en un poema de Lord Byron, en el que algunos protagonistas comienzan a entrever, como sucedió en el oeste americano, que la llegada de los nuevos colonos conlleva la devastación de la cultura nativa. «Los colonos» y, sobre todo «La mañana verde», en el que se produce una sorprendente terraformación ecológica del planeta con árboles y plantas, confirman el hecho.
  • Expansión (2002-2003). Los marcianos nativos casi han desaparecido, puede que exterminados por una plaga o por su decisión de abandonar los cuerpos físicos y convertirse en globos de energía azul. La variedad de historias es notable, desde «Las langostas» (una plaga de 90.000 cohetes ) o el exquisito y poético «Encuentro nocturno» a través del tiempo, entre un terrestre y un marciano que se respetan pero no se entienden; o «La costa» donde irrumpen olas de americanos (porque son americanos los que llegan) y con ellos la religión: «Los globos de fuego» es una entretenida discusión teológica entre dos sacerdotes, sobre la bondad y el pecado en un mundo sin humanos, o las muchas manifestaciones de un Dios que ya no puede ser patrimonio terrestre. En «Intermedio» y «Los músicos» nos deja entrever la realidad de las ciudades construidas, iguales a las de la Tierra, o la destrucción y arrase impúdico de las anteriores, marcianas. «El desierto» rememora aquella -prácticamente coetánea- caravana de mujeres, de William A. Wellman (1951), mientras «Un camino a través del aire» supone un alegato antirracista sobre la envidia y el desconcierto de quienes se creen amos superiores, frente a la solidaridad racial.
  • Auge y Decadencia (2004-2005). Cuentos de contenido diverso, con una clara tendencia a lo que ha de suceder, de forma inevitable. «La elección de los nombres» es un guiño a «El Gatopardo» (1954), un anticipo al mensaje de Giuseppe Tomasi di Lampedusa y el cómo cambiamos todo para que nada cambie y siga como nos interesa. «Usher II», posiblemente el más friki de los relatos, un homenaje a Poe y la imaginación creadora, y una venganza frente a la quema de libros a lo largo de la historia (¿anticipo de Farenheit 451 [1953]). «El marciano», o la sensibilidad por la pérdida y añoranza de los seres queridos, a los que reconocemos y damos forma egoísta en un Doppehänger formado de nuestros recuerdos. «La tienda de equipajes» supone el primer síntoma de decadencia, con noticias de la Gran Guerra y la primera reutilización de un personaje previo; circunstancia que se repite en «Fuera de temporada», una crítica al deseo de poseer, que nos lleva a perder perspectiva y deshumaniza frente a los marcianos por lograr algo que nunca podríamos disfrutar. En «Los observadores», asistimos al éxodo, el regreso masivo a una Tierra que se desangra y deja un Marte solitario. «Los pueblos silenciosos» muestra cómo el deseo y ansia de un solitario por conseguir compañía humana, cuando la obtiene, si no es de nuestro agrado, provoca la huida y un necesario regreso a la soledad.
  • Caída (2026). Han pasado 20 años de guerra en la Tierra. En «Los largos años», un pionero de aquella 4ª expedición inicial regresa a Marte desde los planetas exteriores y encuentra a uno de sus antiguos colegas, quien, para no caer en la locura de la soledad, ha obtenido vida artificial como compañía. En «Vendrán lluvias suaves», la única vida que queda en Marte es la artificial de casas domotizadas. Mientras que en «El picnic de un millón de años» (posiblemente el primero de los relatos de Marte que escribió) la Tierra muere finalmente, para dar paso a una nueva esperanza de marcianos terrestres.

Puede parecer un final triste, pero es hermoso; su lectura, plena de sensibilidad y nostalgia, magia y sentido de la maravilla… Ray Bradbury es así; y, al menos una vez en la vida, hay que volver a leerlo. Es imprescindible, y muy recomendable.

Y TERRA NOVA vio la luz.

Fiel a su promesa de publicación y entrega en diciembre , hace unos días recibí el esperado volumen de Terra Nova, antología de ciencia ficción contemporánea, al que me había suscrito.

Confieso que recogí el paquete con cierta emoción -propia de antiguo fan-editor-, puesto que en mi opinión constituye un proyecto ilusionante y valiente en una época poco propicia a aventuras editoriales, digno de apoyar por cualquier aficionado a la literatura fantástica de calidad, por su intención de promover un nuevo espacio dedicado a la buena narrativa de ficción escrita originalmente en castellano (sin descartar por ello la inclusión de obras maestras en otra lengua, como las que se integran en este primer volumen).

Y es precisamente eso, calidad, lo que más destaca en esta obra y proyecto.  Desde su idea inicial, concebida por uno de nuestros mayores entendidos en el medio (¡¡felicidades, Mariano; has de sentirte orgulloso, con motivo!!), a su contenido, ocho estupendos relatos seleccionado de entre 190 enviados (más allá de esos impresionantes premios Hugo, Locus, Nebula o World Fantasy recientes) relacionados más abajo; la garantía indiscutible de sus dos coordinadores, responsables de la selección; su resultado final, ya en forma de volumen impreso de notable presencia; y esa increíble portada.

Pero también porque Terra Nova aúna, en distintas fases de su realización, nombres y conceptos (Cuásar, Literatura Fantástica, Sportula, La Biblioteca del Laberinto) íntimamente ligados a la edición independiente de narrativa de ficción en nuestro país, que resuenan en nuestra memoria de siempre con ecos de fanzines antaño, y hoy consolidan un proyecto de futuro (de mucho futuro, espero), y alegran en lo más profundo un viejo corazón curtido en esas lides.

¡Bienvenida, por tanto, a Terra Nova; y larga vida a un proyecto que recomiendo encarecidamente, y todo buen aficionado debería apoyar (además de disfrutar)!

Contenido:

  • Portada, por Ángel Benito Gastañaga (España)
  • Presentación, por Luis Pestarini y Mariano Villarreal (Argentina – España)
  • “El zoo de papel” (The Paper Menagerie), de Ken Liu (Estados Unidos) 
    premio Nebula de relato corto 2011
    premio Hugo de relato corto 2012
    premio World Fantasy de relato corto 2012
    finalista del premio Locus de relato 2012
    finalista del premio Theodore Sturgeon Memorial 2012
  • “Deirdre”, de Lola Robles (España)
  • “Recuerdos de un país zombi”, de Erick J. Mota (Cuba)
  • “Enciende una vela solitaria”, de Víctor Conde (España)
  • “Cuerpos”, de Juanfran Jiménez (España)
  • “Un día sin papá” (A Day Without Dad), de Ian Watson (Gran Bretaña)
  • “Memoria”, de Teresa P. Mira de Echeverría (República Argentina)
  • “El ciclo de vida de los objetos de software” (The Lifecycle of Software Objects), de Ted Chiang (Estados Unidos) 
    premio Hugo de novela corta 2011
    premio Locus de novela corta 2011
    finalista del premio Nebula de novela corta 2011

Edición en rústica: 16€
ebook in español: 2,99€

Más información, sobre el proyecto, contenido y autores, en Novaficcion 

Edición y adquisición: Sportula

 

TERRA NOVA. Antología de Ciencia Ficción contemporánea

Otro de los proyectos que me parecen ilusionantes y no quiero dejar de recoger en este regreso es el de la antología Terra Nova, que un día concibió con acierto y desde entonces coordina un buen entendedor y trabajador incansable de la Literatura Fantástica como es Mariano Villarreal.  Sabéis que sólo muy de vez en cuando comento en estas páginas algo diferente al Fantasy; este caso, creedme, la ocasión lo merece.

Concebido como un proyecto para publicar ciencia ficción contemporánea (ficción especulativa de un mundo cercano al nuestro, similar al estilo de obras como las de Paolo Bacigaluppi, Cormac MacCarthy, o Kazuo Ishiguro, por ejemplo) escrita originalmente en castellano (aunque incluyendo obras o colaboraciones de autores extranjeros de calidad), Terra Nova volumen 1 verá muy pronto la luz – en diciembre de 2012- , con distribución simultánea en España y Argentina y contenidos de muy alta calidad (como esa portada -arriba- de Ángel Benito Gastañaga):

  • Presentación, por Luis Pestarini y Mariano Villarreal (Argentina – España)
  • “El zoo de papel”, de Ken Liu (Estados Unidos)
    premio Nebula de relato corto 2011
    premio Hugo de relato corto 2012
    finalista del premio Locus de relato 2012
    finalista del premio Theodore Sturgeon Memorial 2012
    finalista del premio World Fantasy 2012
  • “Deirdre”, de Lola Robles (España)
  • “Recuerdos de un país zombi”, de Erick J. Mota (Cuba)
  • “Enciende una vela solitaria”, de Víctor Conde (España)
  • “Cuerpos”, de Juanfran Jiménez (España)
  • “Un día sin papá”, de Ian Watson (Gran Bretaña)
  • “Memoria”, de Teresa P. Mira de Echeverría (República Argentina)
  • “The Lifecycle of Software Objects”, de Ted Chiang (Estados Unidos)
    premio Hugo de novela corta 2011
    premio Locus de novela corta 2011
    finalista del premio Nebula de novela corta 2011
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Terra Nova volumen 1 (unas 250 páginas,  formato 15,5×22 cm, en rústica con solapas) saldrá a la venta con un precio de 15€, aunque con distribución limitada.
Una forma de asegurarse un ejemplar -y ayudar de paso a consolidar el proyecto y su tirada definitiva- es mediante suscripción (enlace aquí).  Pero antes del 1 de diciembre.
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Más información, avance de contenidos y última hora, en http://novaficcion.wordpress.com
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Como antes digo, merece la pena.

LA CHICA MECÁNICA, una Distopía de Paolo Bacigalupi.

Tras un tiempo de retiro voluntario de obras de Ciencia Ficción, para la lectura de este verano dudaba entre elegir una novela de aquellos maestros clásicos de tan grato recuerdo en su día (Asimov, Bradbury, Clark, Dick, Anderson, Aldiss, Pohl, Heinlein, Lessing, Wyndham… una lista enorme), o alguien de nuevo cuño, desconocido (pero premiado), que me abriese nuevas puertas de conocimiento.  Alguien decidió por mí, cuando me recomendó La Chica Mecánica, de Bacigalupi, novela premiada como pocas últimamente, de estilo cercano (nada de space-opera o mundos lejanos) y sugerente, con un cierto ambiente y personajes a lo Blade Runner, obra de culto personal… (ver más sobre autor y premios en la entrada previa de hace un mes).

¿Ha sido una buena elección?  Aún no lo sé.  Pero no me arrepiento de su lectura.

De lo que sí estoy seguro es que La Chica Mecánica no es -como indicaba entonces- uno de esos libros para el verano, lectura agradable con la que pasar un buen rato en vacaciones.  Se trata de una Distopía, término acuñado por John Stuart Mill (filósofo, político, y uno de los padres de la economía) en el siglo XIX en contraposición al de Utopía, para definir una sociedad ficticia -normalmente en un futuro cercano- opuesta a la ideal, donde la manipulación del hombre conduce al totalitarismo y control sobre los individuos en aras a un pretendido bien común; un concepto ya utilizado en la (ciencia) ficción por Orwell (1984), Huxley (Un Mundo Feliz), Pohl (Mercaderes del Espacio), o Bradbury (Farenheit 451), entre otros.

El futuro que plantea Bacigalupi (un siglo XXII tremendamente cercano) es aterrador, por lo identificable que resulta con una plausible evolución del nuestro (ninguno lo viviremos, pero sí nuestros descendientes; y no lejanos).  Un mundo donde el combustible fósil se ha agotado prácticamente sin disponer de energías alternativas, como la solar o eólica (un fallo de planteamiento, quizás), y se vive un retroceso tecnológico; al igual que se han extinguido especies animales y agotado los recursos alimenticios básicos, sustituidos ahora por semillas transgénicas, origen a su vez de nuevas plagas para las que el organismo humano no está preparado; donde los regímenes políticos han cambiado (el imperio americano caído, la unión europea dispersa -¿ha estado alguna vez unida de verdad?-), y son las grandes multinacionales genéticas y bio-alimentarias las que dominan el mundo (igual que «el mercado» condiciona la política actual…).

En ese entorno de retroceso industrial, rascacielos inservibles y en ruinas, recursos reinventados (ordenadores a pedales, motores de muelles percutores, ventiladores a cuerda, luz de gas…), y neoseres, criaturas creadas mediante ingeniería genética (gatos chessire que se volatilizan en el aire, como en el país de las maravillas; grandes mamuts, recreados como fuente de tracción mecánica «a sangre») Thailandia es un reducto agrícola que resiste frente al poder exterior.  Poseedora de reservas ecológicas propias, semillas no mutadas ni infectas, codiciadas por las grandes multinacionales farangs (extranjeros, occidentales), que mantiene espías camuflados de directores de fábricas o embajadores para conseguirlas, ofreciendo a cambio avances tecnológicos o cuanto sea necesario (la reunión de farangs en un garito en ruinas rebautizado «Sir Francis Drake», bebiendo whisky sin hielo, con trajes de lino blanco, es toda una imagen que rememora la época colonial de principios de siglo pasado). Thailandia, una monarquía vigilada regentada por la reina-niña, con dos ministerios principales, ambos al mando de generales enfrentados entre sí: el de Medio Ambiente con sus camisas blancas, fuerza policial creada para preservar su independencia ecológica, y el de Comercio, partidario de la integración con la tecnología farang, partícipes ambos en un juego de lealtades enfrentadas, sobornos comunes, y espías mutuos; un país empobrecido, al borde del enfrentamiento civil, y la amenaza siempre de un nuevo golpe militar (alentado, como no, por las multinacionales).

En ese entorno, también, deambulan los personajes: creaciones de todo tipo, origen y entorno social.  Anderson Lake, directivo de AgriGen, que peina los mercados y calles en busca de nuevas semillas, hasta que encuentra a Emiko; Hock Seng, el tarjeta amarilla a su servicio, antiguo pirata y traficante chino, que busca la forma de recuperar su viejo estatus; Jaidee, capitán de los camisas blancas, luchador idealista por la independencia de su país, que defiende hasta el extremo, incluso por encima de su familia; o Kanya, su segunda al mando, siempre seria y circunspecta por un conflicto de lealtades que mantiene desde su niñez; Carlyle, el traficante farang; o los generales Akkarat y Pracha en los ministerios… Y Emiko, la heechy-keechy, la chica-mecánica, neoser biogenético creado por los japoneses como chica de compañía de alto standing, abandonada después en Thailandia cuando su billete de vuelta resulta más caro que adquirir una nueva.  Sin papeles en un país que niega los avances tecno-genéticos, y condicionada en origen para obedecer y servir, se ve obligada desde entonces a dar placer y diversión exótica en un tugurio, mientras sueña con esa ciudad en la selva donde otros neoseres como ella viven libres…  Será Emiko, llevada a límites extremos en su humanidad recreada, quien desencadene los acontecimientos que otros aprovechan para romper el difícil equilibrio de intereses que mantiene estable la situación del país…  Pero mientras ocurre, su tristeza infinita queda reflejada en esta secuencia de vídeo dirigido por Guillermo del Toro:

La Chica Mecánica (The Windup Girl) es una novela extraña.  Como antes digo, podría no ser la mejor lectura para unas vacaciones de verano, pero no me arrepiento de haberla escogido; ahora, rememorando para esta reseña su historia y los sentimientos, agradezco a Mónica su recomendación.

Bacigalupi utiliza un estilo de lectura fácil, lineal, cómodo para el lector; típico de un Best Seller. Quizás al comienzo, mientras te sitúas y haces con los personajes, resulta lento y un tanto confuso (tampoco ayuda la narración en tercera persona del presente, que contribuye poco a meterte en situación); después todo fluye, sin contrastes ni apenas flashbacks al pasado, sin intrigas profundas ni misterios que desentrañar (más allá de Gi Bu Sen); sólo el desarrollo secuencial de una historia a través del punto de vista de sus protagonistas, hasta el desenlace final. No se trata, pues, de una obra brillante, de esas que dejan una sensación placentera y alta satisfacción tras su lectura (no es El Nombre del Viento, de Rothfuss, para entendernos; ni Blade Runner [Sueñan los androides… de P.K. Dick], con quien tendría líneas en común), pero contiene algo que tampoco deja indiferente.  Quizás esa sensación de normalidad en un mundo post-apocalíptico y transmutado como el que describe; o puede que esos sentimientos intensos generados por una chica sin alma...

Así las cosas, La Chica Mecánica ¿se hace acreedora a tantos premios como ha obtenido?

No me considero ahora experto en el tema, ni he leído -por ejemplo- The City & The City, de China Meiville, con quien comparte el Hugo.  Pero si alguien me preguntara si recomiendo su lectura, diría que sí.

Que juzgue por sí mismo.  Será siempre la mejor opinión.