LA HIPÓTESIS, de Ekaitz Ortega.

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¿Puede un autor, considerado de género por su trayectoria anterior, trascender ese género y crear una obra «realista» sin perder su esencia…? O, de otra forma, ¿podría una obra trascender el realismo y convertirse en «de género» gracias al estilo, el costumbrismo absurdo o la edición que utiliza…? Más aún, ¿necesitamos etiquetar a un autor, su obra o una editorial en base a arquetipos, o jugamos -al fin- a ser libres?

«Máximo ha sufrido un hecho insólito durante un atraco a su pequeña tienda. El suceso, inexplicable para la policía y sus conocidos, lo tiene obsesionado. Ante la falta de respuestas, decide contratar a un guionista para que escriba pequeños relatos sobre lo que pudo haber ocurrido, a los que llama «hipótesis». Sin embargo, lo que empieza como una cordial relación con el escritor torna hacia lo incómodo cuando Máximo va leyendo sus historias.

¿Se puede actuar con normalidad cuando nada parece tener sentido?»

La respuesta, en todo caso, ha de darla el lector, mientras acompaña a Máximo en su deambular por las opciones que el guionista le propone como solución y ninguna le convence… hasta que la propia realidad, esa trama enmarañada que hemos tejido al paso, se desentraña y golpea con una bofetada sonora que nos despierta y hace pensar que mejor hubiese sido dejar todo como estaba. Una alegoría sobre cómo intentamos adaptar los sucesos cotidianos (y extraordinarios) a cuanto nos conviene, y cómo el deseo mismo de normalidad y que nada cambie, provoca la ruptura. Porque, tal vez, la normalidad no sea deseable, y es la rutina diaria, encastrada, lo que genera el cambio.

Sorprende la permuta de registro y personajes que realiza Ekaitz en esta obra respecto a la anterior, «Esta noche cruzaremos el Ganjes» (también en el El Transbordador), una novela redonda de ficción especulativa y distópica, con personajes bien definidos y fuertes, hacia esta otra, plena de costumbrismo urbano, insulso, cotidiano y personajes normales, casi planos en su existencia, que -no obstante- esconden la pasión secreta del cambio.

Partiendo de una premisa de novela negra (la investigación de un suceso que nadie consigue explicar) y a través de un recurso especulativo de género fantástico (el guionista que inventa soluciones iterativas que nos acercan a la verdad, aunque no guste), con sabor a cómic (no he dejado de ver en viñetas sus encuentros en la plaza, ante un café), y personajes que transitan entre el costumbrismo patético y el humor negro, surrealista, de una vida normalizada y sin cambios, «La Hipótesis» oculta una trama que denuncia lo absurdo de las relaciones construidas sobre lo cotidiano y repetitivo, sin sorpresas, el machismo indolente que esconde lo habitual, y la lucha silenciosa y callada de la mujer por su independencia, a veces, verdadero motor del cambio y la revolución personal.

Ekaitz Ortega -como bien dice Xavier B. Fernández en un prólogo excelente- utiliza la ficción para hacernos comprender la realidad. Aunque en este caso se trate de una ficción realista, llena de costumbrismo y de lo más cotidiana, y lo real tienda hacia un surrealismo absurdo y sorprendente. Una fábula metaliteraria.

No en vano, dice el autor en su dedicatoria «digan lo que digan, es comedia».

CRÓNICAS MARCIANAS, el Marte lírico y naif de RAY BRADBURY.

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Conmemorar el centenario de un precursor como Ray Bradbury releyendo sus Crónicas Marcianas, supone, par mí, adentrarme de nuevo en esa concepción tranquila y cotidiana del universo, lejos de los efectos especiales que hoy se presuponen inherentes a toda obra de ciencia ficción; serena en su enfoque, lírica por el uso de un lenguaje más poético que tecnológico, casi naíf es su concepción por la presunta inocencia (que no ingenuidad) en su visión de un mundo nuevo, diferente, hacia el que, en 1950, supo enfocar la mirada de todos los soñadores. Una época en la que -aunque ya se utilizaban los cohetes V2 incautados a los alemanes para analizar y medir la atmósfera- en América aún faltaban ocho años para lanzar el primer satélite Vanguard (Rusia puso en órbita el satélite artificial Sputnik en octubre de1957). Bradbury fue el padre literario de muchos astronautas, a los que inspiró su vocación de pioneros en la conquista del espacio.

Sus relatos recuerdan las ensoñaciones de un creador que ama la literatura y la fantasía mientras espera el nacimiento de su primer hijo; evocan su infancia, los recuerdos que obtuvo en el pueblo que le vio nacer, donde se crió, entre hamacas a la sombra de un porche, mirando hacia las estrellas. O, en sus propias palabras, «son apartes sheakesperianos de pensamientos dispersos, visiones en noches largas, sueños parciales al alba … párrafos medio líricos, medio prosaicos». La imagen de un cohete (concebido en sus relatos como un bien a disposición de todos, un automóvil en ese futuro soñado) junto al viejo granero de madera refleja a la perfección esa imagen del futuro naíf, soñado, que transmiten sus historias (por algún lado -imagino- debe esconderse una lata de sopa de tomate Campbell…).

¿Pero es en verdad ciencia ficción?

Él mismo lo dudaba: «en el libro sólo hay un relato que responda a las leyes de la física tecnológica». Se refiere, claro está a «Vendrán lluvias suaves«, la historia donde anticipa a la perfección una casa domótica, plenamente automatizada, de las que hoy, 70 años más tarde, hay pocas; o esas aspiradoras tipo «roomba», con forma de ratones mecánicos que recogen cualquier mota que cae al suelo apenas lo toca; o los barcos que se deslizan sobre la arena… Sólo por eso es ciencia ficción, aunque en su interior lo conciba como ensoñaciones de fantasía prosaicas, plenas de fatalismo hamletiano. Aunque, ¿qué más da la etiqueta que se le ponga?. En el fondo, son mitos, puro Mito. Y él lo sabía:

«La ciencia y las máquinas pueden anularse mutuamente o ser reemplazadas. El mito (…), si no es inmortal, prácticamente lo parece».

Concebidos inicialmente como relatos dispersos publicados en revistas de anticipación, no duda en aceptar la oferta de recopilar sus relatos marcianos (hay varias ediciones, en las que cambió, se quitaron o incluyó unos u otros), para lo cual esa misma noche, sin tenerlos a mano, elabora una lista en secuencia y escribe algún otro, como transición entre bloques de lo que concibió –o yo quiero ver– como evolución, auge y caída de un imperio marciano, en un futuro (demasiado corto y muy lejano por entonces) de sólo 27 años, que -hoy- nos arranca una sonrisa:

  • Los Pioneros (1999-2000). Las primeras incursiones al planeta, pequeñas expediciones, que conectan telepáticamente con los marcianos nativos y terminan todas de forma trágica. Compuesta por los relatos «El verano del cohete», «Ylla», «Noches de verano», «Los hombres de la Tierra», «El contribuyente» y «La tercera expedición», entre los que destaca este último -algo más largo-, que recalca el enfrentamiento (tranquilo) entre dos culturas muy diferentes, que no pueden convivir a la par.
  • Asentamiento y colonización (2001). «Aunque siga brillando la luna» es un relato poético, basado en un poema de Lord Byron, en el que algunos protagonistas comienzan a entrever, como sucedió en el oeste americano, que la llegada de los nuevos colonos conlleva la devastación de la cultura nativa. «Los colonos» y, sobre todo «La mañana verde», en el que se produce una sorprendente terraformación ecológica del planeta con árboles y plantas, confirman el hecho.
  • Expansión (2002-2003). Los marcianos nativos casi han desaparecido, puede que exterminados por una plaga o por su decisión de abandonar los cuerpos físicos y convertirse en globos de energía azul. La variedad de historias es notable, desde «Las langostas» (una plaga de 90.000 cohetes ) o el exquisito y poético «Encuentro nocturno» a través del tiempo, entre un terrestre y un marciano que se respetan pero no se entienden; o «La costa» donde irrumpen olas de americanos (porque son americanos los que llegan) y con ellos la religión: «Los globos de fuego» es una entretenida discusión teológica entre dos sacerdotes, sobre la bondad y el pecado en un mundo sin humanos, o las muchas manifestaciones de un Dios que ya no puede ser patrimonio terrestre. En «Intermedio» y «Los músicos» nos deja entrever la realidad de las ciudades construidas, iguales a las de la Tierra, o la destrucción y arrase impúdico de las anteriores, marcianas. «El desierto» rememora aquella -prácticamente coetánea- caravana de mujeres, de William A. Wellman (1951), mientras «Un camino a través del aire» supone un alegato antirracista sobre la envidia y el desconcierto de quienes se creen amos superiores, frente a la solidaridad racial.
  • Auge y Decadencia (2004-2005). Cuentos de contenido diverso, con una clara tendencia a lo que ha de suceder, de forma inevitable. «La elección de los nombres» es un guiño a «El Gatopardo» (1954), un anticipo al mensaje de Giuseppe Tomasi di Lampedusa y el cómo cambiamos todo para que nada cambie y siga como nos interesa. «Usher II», posiblemente el más friki de los relatos, un homenaje a Poe y la imaginación creadora, y una venganza frente a la quema de libros a lo largo de la historia (¿anticipo de Farenheit 451 [1953]). «El marciano», o la sensibilidad por la pérdida y añoranza de los seres queridos, a los que reconocemos y damos forma egoísta en un Doppehänger formado de nuestros recuerdos. «La tienda de equipajes» supone el primer síntoma de decadencia, con noticias de la Gran Guerra y la primera reutilización de un personaje previo; circunstancia que se repite en «Fuera de temporada», una crítica al deseo de poseer, que nos lleva a perder perspectiva y deshumaniza frente a los marcianos por lograr algo que nunca podríamos disfrutar. En «Los observadores», asistimos al éxodo, el regreso masivo a una Tierra que se desangra y deja un Marte solitario. «Los pueblos silenciosos» muestra cómo el deseo y ansia de un solitario por conseguir compañía humana, cuando la obtiene, si no es de nuestro agrado, provoca la huida y un necesario regreso a la soledad.
  • Caída (2026). Han pasado 20 años de guerra en la Tierra. En «Los largos años», un pionero de aquella 4ª expedición inicial regresa a Marte desde los planetas exteriores y encuentra a uno de sus antiguos colegas, quien, para no caer en la locura de la soledad, ha obtenido vida artificial como compañía. En «Vendrán lluvias suaves», la única vida que queda en Marte es la artificial de casas domotizadas. Mientras que en «El picnic de un millón de años» (posiblemente el primero de los relatos de Marte que escribió) la Tierra muere finalmente, para dar paso a una nueva esperanza de marcianos terrestres.

Puede parecer un final triste, pero es hermoso; su lectura, plena de sensibilidad y nostalgia, magia y sentido de la maravilla… Ray Bradbury es así; y, al menos una vez en la vida, hay que volver a leerlo. Es imprescindible, y muy recomendable.

La Sangre de Colón. De Miguel Ruíz Montañez.

Un nuevo thriller, con ritmo trepidante de lectura y vocación de «Best seller», como los anteriores del conocido autor malagueño.

El próximo 12 de Octubre de 2020, día de la Hispanidad en España, día de Colón en los USA, en recuerdo de aquel otro en el que don Cristóbal culminó la proeza de dar a conocer al resto del mundo un nuevo continente, la estatua erigida en su honor en Columbus Circle, en Nueva York, estallará volada en mil pedazos…

Esa es la premisa visionaria de la que parte La Sangre de Colón, la nueva novela de aventuras y misterio, el nuevo thriller ideal para el verano que nos presenta Miguel Ruíz Montañez, autor especializado en tramas ocultas y, en especial, en el personaje del descubridor, desde aquel 2006, quinto centenario de su muerte, en que apareció La Tumba de Colón, convertida pronto en Best seller mundial, traducida a 20 idiomas y con más de 200.000 copias vendidas.

La críptica firma de Colón

La historia orbita en torno a la oscuridad y secretos que envuelven la figura del almirante; su ascendencia, su rostro, su extraña firma con criptogramas y mensajes ocultos, que ordena utilizar a sus descendientes… La aparición en Sevilla de un retrato del navegante realizado en vida, antes de su partida a las Indias, da pie a elucubraciones, propuestas e indagaciones respecto al por qué de la reserva sobre su identidad, que Miguel Ruíz explota con maestría y la truculencia de un Best seller.

Colón nunca se dejó retratar, preservaba su rostro; todas las imágenes que conocemos son posteriores a su muerte, ninguna en vida, y sus descendientes contribuyeron a acrecentar el misterio con una astuta trama opaca de desinformación y silencios. ¿Qué pretendían ocultar… su origen? ¿una dedicación anterior, poco acorde a su nueva posición política? ¿un linaje sucio y nada propicio a la limpieza de sangre que se exigía en la época…? Preguntas y secretos, misterios ocultos que el autor retuerce y maneja con habilidad para tejer unas expectativas de resolución creíbles.

La estatua, en Columbus Circle

Pero la trama no discurre por el misterio sesudo y la investigación académica que se podría suponer. Su vocación de best seller se evidencia en múltiples tramas que se entremezclan y el autor combina con tintes de viva actualidad; como esa lectura revisionista y tendenciosa que hoy se realiza sobre el descubrimiento y cuanto conlleva, demonizando bajo un falso epítome colonialista, esclavista o genocida a sus principales actores (españoles, por supuesto, se obvian las actuaciones nativas e inglesas) y promueve el derribo y violación de estatuas o placas; un tema que Miguel Ruiz explota –literalmente– en una escena de impacto; junto a una subtrama de presunta corrupción económica en la ficticia Columbus Heritage Foundation (trasunto posible de una real CCF), fundación sin ánimo de lucro que se dedica a preservar la herencia italoamericana en los USA; o su rama mexicana, que da origen a un auténtico culebrón de magnates millonarios, matrimonios paralelos, hijos de papá consentidos, alguno ilegítimo o secreto, que devienen en terroristas de parodia trastornados por el muro de vergüenza que promueve Donald Trump.

Escudo de Colón (fotografía de
Miguel Ángel «fotógrafo»)

Hay concesión comercial a la galería en La Sangre de Colón, y un uso magnífico de las técnicas de marketing en tiempo real, que el autor sabe aprovechar con éxito para lanzar el producto y sacar el mayor partido a los convulsos momentos históricos que nos ha tocado vivir. Así, el protagonista, Álvaro Deza, descendiente de aquel Diego de Deza que intercedió ante los reyes católicos en favor de la empresa del almirante, un historiador especializado en la figura de Colón, posee todas las cualidades para haberse erigido en trasunto español del famoso Robert Langdon, erudito y atractivo profesor universitario que protagoniza las novelas long seller de Dan Brown. Sin embargo, nos encontramos ante un investigador varado, embrutecido por su matrimonio con la marquesa, que le abre las puertas de la nobleza y hacen de él un señorito sevillano… hasta que le dan portazo y divorcio en favor de un magnate mexicano, y él no duda en acudir a «Sálvame» como venganza (¿puede haber algo más odioso…?). Sin embargo, funciona y, por suerte, el verdadero rostro de Colón se le aparece y lo salvará de ese mundo… para mostrarnos a un veleta sentimental, que a lo largo de la obra salta y picotea de uno a otro amor ¿verdadero? según el viento que sopla… Hasta que la investigación y el misterio del caso lo redimen.

Uno de los retratos póstumos de Colón

Narrada de forma ágil, la acción mantiene el interés del lector y adquiere un ritmo frenético que hace imposible abandonar la lectura hasta el final. Cuenta el periplo del protagonista de Sevilla a Nueva York, su huida precipitada a Morelos en México, mientras le persigue el FBI; su paso por la capital y Cuernavaca; un clandestino pase de frontera como «espalda mojada» de regreso a los USA, acosado por sicarios, terroristas y, de nuevo, el FBI; más sereno en Nueva York, para concluir en la República Dominicana tan querida del autor, donde prosigue las investigaciones . Y en cada lugar, una pista, un avance, una hipótesis que se desvela.

Miguel Ruíz acude de nuevo a la figura del almirante -de quien es especialista y tan buen resultado le dio con La Tumba de Colón (sin relación con ésta, más allá del personaje histórico)-, para construir un thriller de aventuras muy adecuado a la época, alrededor de sus numerosos secretos y misterios, mensajes ocultos que abren paso a nuevas pistas y conclusiones inesperadas sobre el origen de su sangre o la sangre derramada después.

La Sangre de Colón sigue el rumbo de su antecesora (o las siguientes, El Papa Mago y El País de los Espíritus, para mí la mejor de las tres [reseña aquí]) en una nueva singladura de éxito. Si en la primera el quinto centenario de Colón actuó como revulsivo, en ésta, con mayor soltura literaria, la actual tendencia revisionista de la historia y los ofendiditos de las estatuas sirven como reclamo y disparador de ventas.

La Sangre de Colón, de Miguel Ruíz Montañez, está llamada a convertirse en uno de los Best Seller del año. Ya lo es a nivel local.

Mr GWYN, de Alessandro Baricco

¿Qué sucede cuando un autor en la cúspide decide dejar de escribir? ¿Qué le motiva a hacerlo? ¿Qué hará entonces? ¿Puede realmente un creador de historias abandonar la literatura? Alessandro Baricco analiza y da una respuesta posible a esas y otras cuestiones en una hermosa novela de sensaciones humanas, cargada de sentimientos, algo de suspense y un ligero surrealismo que la hacen más cercana.

No había leído hasta ahora nada de este autor, dramaturgo, periodista y filósofo italiano, elevado a la fama mundial con su novela Seda, un drama costumbrista en el Japón del siglo XIX, traducida a 17 idiomas y adaptada al cine por François Girard (Silk, 2007); aunque deseaba bastante conocer su obra. La historia contemporánea de Mr. Gwyn ha satisfecho con creces mi curiosidad y me ha revelado un gran escritor, sensible, celoso de las formas y muy pendiente del estilo, sencillo, perfeccionista y natural, en el que los personajes conforman su mejor baza, traslucen sus sentimientos en sensaciones y devienen cercanos al lector, más con ese ligero surrealismo de alguno que lo hace entrañable.

La premisa de abandonar la escritura en la cúspide no es nueva; muchos escritores, reales e imaginarios la han cultivado, reflejo de una necesidad imperiosa del yo interior, expresada de forma abstracta y poco clara en ocasiones. Resulta difícil definir por qué se adopta una decisión trascendente, más cuando se ha alcanzado el reconocimiento del público y la crítica; escribir es, en la mayoría de los casos, una droga que crea adicción, placer o necesidad y, como la lectura, casi imposible de abandonar (igual que el vicio un fumador empedernido). Sin embargo, varios lo han hecho, con resignación y tristeza o plenamente convencidos: Juan Rulfo tras componer dos obras maestras, o Harper Lee después de escribir su única novela Matar a un ruiseñor, premio Pulitzer de Literatura. ¿Miedo escénico? ¿reconocimiento tácito a no poder superar lo conseguido… o decisión meditada tras alcanzar cierta edad, como en el caso de Philip Roth? Puede que el propio Baricco, tras el éxito mundial de Seda, sintiera la tentación del vacío extremo al mirar desde la cúspide y se lo planteara (ciertamente, no fue así).

El caso es que Mr Gwyn lo consigue; una determinación trascendente en la crisis de los 40, aunque, en su caso, haga trampas… En primer lugar, porque, junto a otras 52 decisiones fundamentales decide dejar de publicar y -más importante- dejar de escribir libros, tras haber alumbrar tres novelas brillantes, aclamadas por público y crítica. Para compensar, enfoca su creatividad –ese gusanillo que no cesa– hacia el retrato; pero no pictórico, sino literario: será retratista. Con la mirada, captará el alma de las personas, su ser más íntimo y personal, y lo expresará mediante el uso de la palabra; en sólo dos copias, una para él y otra para el cliente; lo que él llama la profesión de «copista«. Y bien que lo logra.

Para ello, elabora un proceso metódico de análisis de la personalidad que va a retratar, en el que, ambos, a solas, en un estudio alquilado, desnuda la persona que posa y en completo silencio, envueltos en un fondo de música y sonidos expresamente encargado para la ocasión, durante cuatro horas diarias, a la luz de dieciocho bombillas especiales que se extinguirán secuencialmente en unos treinta y dos días, Mr Gwyn mira y observa, analiza y toma notas, apuntes manuscritos que bosquejan lo que, poco después de finalizar ese plazo, entregará como el retrato más exacto y realista del asombrado cliente. Y ninguno queda insatisfecho.

Hay, sin embargo, una dualidad intrínseca al criterio de selección (que intuyo reflejo del propio autor) y, obligatoriamente, han de entrar en conflicto. Por un lado, la metodología, sopesada, meticulosa, estricta en su cumplimiento, severa en su concepción (como su escritura); por otro, esa anarquía inherente al arte y la belleza -sea pintura o escritura-, la libertad que requiere el proceso creativo, enemigo de barreras y cadenas que lo restrinjan… y el conflicto llega.

Pero más que el método y sus consecuencias o la misma historia, son los personajes quienes soportan el peso de la narración; su sensibilidad, sus límites, la naturalidad de sus gestos y expresiones, su debilidad, que es, al tiempo, su fuerza. Baricco no dibuja caracteres detallados o en profundidad sino simples trazos, esbozos definidos de sus vidas, pero reflejo acertado de una personalidad, que capta y define a la perfección; como el pintor expresionista que captura la esencia de una escena en sólo unos trazos o manchas de color, pero te arranca en ocasiones una sonrisa cómplice o lágrimas de emoción. Jasper Gwyn decidido y ambiguo, claro en principio y misterioso en realidad. Rebecca, su asistente y cómplice, parece indecisa y resignada a su gordura, pero será quien recoja la antorcha cuando todo se oscurece y nos conduzca a la luz. Tom, su editor y amigo personal, que se escandaliza y rechaza la decisión de su gallina de los huevos de oro, pero sucumbe a la tentación de dejarse retratar. El tierno y encantador viejecito de las bombillas a quien dedica su obra (y en cuyos labios pone un pensamiento propio: «siento debilidad por los que desaparecen»); o esa sublime señora mayor del pañuelo impermeable, que un día encuentra en la consulta y convierte en la amiga surrealista que le provee de consejos vitales; cada uno de los clientes que posan para él, «magistralmente dibujados en pocas pero significativas pinceladas. Un fascinante mosaico de vida real y perdida»… Ternura, sensibilidad, maestría, sonrisas y lágrimas de satisfacción… sensaciones vivas.

La historia concluye en un giro sorpresa, esencia misma del juego arriesgado en el que Mr Gwin se involucra con personalidad dual. Tras capturar con la mirada la psiquis y los sentimientos de unas almas desnudas, éstas, necesariamente, han de influir en la suya y hacer que sucumba a la tentación. Será Rebecca quien, con el tiempo, desentrañe el misterio y nos lo aclare, sin llegar a entenderlo por completo ella misma…

Alessandro Baricco, un artesano de la escritura, construye de forma pausada una narración poética de exquisita sensibilidad y ternura sobre la búsqueda de uno mismo y la inquietud por lo oculto, la exploración de lo nuevo que se esconde en lo cotidiano y rutinario de nuestras vidas.

Y ofrece una respuesta contundente a las preguntas del encabezado: aunque el escritor quiera abandonar la escritura, ésta nunca va a dejar que lo haga.

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EL EXCÉNTRICO SEÑOR DENNET. De Inma Aguilera.

Una novela personal que aúna tres géneros: Histórico, Romántico y Ciencia Ficción. Una historia de época, donde el amor trasciende la lógica y el tiempo, por una joven y premiada escritora malagueña con gran proyección y mucho por contar en el futuro.

Inma Aguilera es una joven inquieta. Licenciada en periodismo, profesora investigadora en la UMA, locutora, actriz de doblaje, dibujante galardonada, coordinadora de club de lectura… y escritora, desde los 15 años, con dos libros libros publicados hasta el momento: El aleteo de la mariposa (ganadora del XXI Premio Ateneo Joven de Sevilla, en 2016, publicada por Editotial Algaida) y la que tratamos aquí, El excéntrico señor Dennet (mención especial del jurado en el VIII Premio internacional HQÑ), publicada por HarperCollins.

La historia del señor Dennet (mejor dicho, de Eugenia Cobalto, Nia, su protagonista), se sitúa en la Málaga industrial de 1848 y por sus páginas desfilan los personajes más singulares de aquella época, como Amalia Heredia Livermore, hija de Manuel Agustín Heredia, mujer culta, inteligente, mecenas y promotora de las artes y la cultura, o su marido Jorge Loring, ingeniero, empresario, político liberal y primer Marqués de la casa Loring por sus actos humanitarios y, ambos, impulsores de la industria y cultura malagueñas, a los que se deben, entre otros, los Altos Hornos malagueños, la Compañía de Ferrocarriles Andaluces, el Jardín Botánico Histórico de La Concepción o el Museo Loringiano (iniciado con las tablas romanas de la Lex Flavia Malacitana); pero también D. Antonio Cánovas del Castillo, que fue presidente del gobierno y uno de los políticos más brillantes de su tiempo. La ambientación histórica es adecuada, apoyada con imágenes de la bulliciosa Alameda Principal o la fábrica de La Constancia, fruto de una buena labor de investigación que la autora realiza en el Archivo Municipal, el Museo de la Aduana o la propia Universidad de Málaga, donde trabaja y se forma.

Amalia Heredia Livermore.
Dibujo de la autora

Pero si hay algo que destaca y llama la atención en la obra son las constantes referencias a libros y autores conocidos, admirados por Nia (trasunto y proyección indiscutible de la propia autora en su personaje), entre los que destacan las firmas femeninas. Desde Jane Austen y las Hermanas Brontë a Mary Shelley y su Frankenstein; pero también nombres indiscutibles como los coetáneos Lewis Carroll, Hans Christian Andersen, Oscar Wilde y Jules Verne, o los ya modernos George Orwell, J.R.R.Tolkien, Ursula K. LeGuin, Andrzej Sapkowsky, Terry Pratchett y otros muchos… ¿Cómo, que no son autores de la época…? Amigos, ese es uno de los alicientes que sorprenden en la obra, su componente de Ciencia Ficción y el secreto de la excentricidad del señor Dennet, sobre el que no abundaré para no restar interés a la lectura.

Nia, la protagonista, es una mujer adelantada, fuera de su época incluso antes de conocer a Dennet. Huérfana de madre, culta pese a pertenecer a una clase social baja, lectora empedernida incluso en inglés, posee la inmensa fortuna de haberse criado junto a Amalia (es hija del encargado de la fábrica La Concepción, de Manuel Agustín Heredia) y ser su amiga personal; eso la favorece. También -como la «Jo» March de Mujercitas– es escritora. Extraña un tanto su apellido, Cobalto, poco habitual en la época y menos -supongo- entre su clase social, fruto del cromatismo visual que la escritora asocia a sus personajes; junto a Amalia, disfruta de las historias escritas por mujeres y las novelas científicas que les suministra su tío, viajante habitual al extranjero. Su vida (y la de la alta sociedad malagueña) se verá alterada con la llegada del excéntrico señor Dennet.

Encuadrada en una colección de novela romántica, el romance está presente tanto en el enamoramiento de Amalia Heredia y Jorge Loring, que desemboca finalmente en la realidad histórica de su boda, como en el de Nia con Abrosse Dennet, aunque éste sea un tanto especial, trascienda el género y entre de lleno en el tercero de los que trata. La parte de ciencia ficción no la destapo, para mantener la intriga que la autora no desvela en las entrevistas realizadas (habrá otras cosas, por tanto, que le comente en persona y aquí silencio…).

Como anécdota, indicar que el término «ficción científica» que Nia y Amalia u otros utilizan para encuadrar el género de las obras que leen y a ella tanto le apasionan no corresponde a la época; es bastante posterior (más tarde se utiliza abiertamente «ciencia ficción», aunque está justificado). No sería hasta 1926 -cuando Hugo Gernsback lo utilice en la portada de la revista Amazing Stories- que la expresión se extienda y generalice; hasta entonces, las novelas y cuentos que hoy encuadramos como «ficción científica» o «ciencia ficción» se conocía como «de mundos perdidos«, «viajes fantásticos» o, simplemente, «novelas científicas«.

Con todo, la obra es muy entretenida, bien escrita y documentada y se deja leer con gusto. Sobre todo, demuestra un gran amor por los libros, la pasión de la protagonista (y la autora) por la lectura en general y, muy especialmente, por la literatura fantástica y de ciencia ficción, hasta alcanzar un extremo friki (palabra que abunda en el texto; la propia autora se define como tal) en su concepción más milenial. Porque ¿puede ser más friki una obra que, en caso de interesar la física cuántica, recomienda seguir a Sheldon Cooper en la serie «The Big Band Theory»…? Definitivamente, muy milenial (dicho con toda mi admiración y respeto, pues me encantan el personaje y la serie, y me considero más friki que la autora; aunque sólo sea por los años… que a milenial ya no llego. Ya quisiera).

En resumen, una obra divertida, culta y con raíces malagueñas, ecléctica hasta la sorpresa, de una joven inquieta, enamorada de la cultura literaria y visual, que se documenta y escribe bien, aspira a más y te entretendrá con sus múltiples guiños.

Inma Aguilera dará mucho que hablar en el futuro. Seguro.