LA HIPÓTESIS, de Ekaitz Ortega.

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¿Puede un autor, considerado de género por su trayectoria anterior, trascender ese género y crear una obra «realista» sin perder su esencia…? O, de otra forma, ¿podría una obra trascender el realismo y convertirse en «de género» gracias al estilo, el costumbrismo absurdo o la edición que utiliza…? Más aún, ¿necesitamos etiquetar a un autor, su obra o una editorial en base a arquetipos, o jugamos -al fin- a ser libres?

«Máximo ha sufrido un hecho insólito durante un atraco a su pequeña tienda. El suceso, inexplicable para la policía y sus conocidos, lo tiene obsesionado. Ante la falta de respuestas, decide contratar a un guionista para que escriba pequeños relatos sobre lo que pudo haber ocurrido, a los que llama «hipótesis». Sin embargo, lo que empieza como una cordial relación con el escritor torna hacia lo incómodo cuando Máximo va leyendo sus historias.

¿Se puede actuar con normalidad cuando nada parece tener sentido?»

La respuesta, en todo caso, ha de darla el lector, mientras acompaña a Máximo en su deambular por las opciones que el guionista le propone como solución y ninguna le convence… hasta que la propia realidad, esa trama enmarañada que hemos tejido al paso, se desentraña y golpea con una bofetada sonora que nos despierta y hace pensar que mejor hubiese sido dejar todo como estaba. Una alegoría sobre cómo intentamos adaptar los sucesos cotidianos (y extraordinarios) a cuanto nos conviene, y cómo el deseo mismo de normalidad y que nada cambie, provoca la ruptura. Porque, tal vez, la normalidad no sea deseable, y es la rutina diaria, encastrada, lo que genera el cambio.

Sorprende la permuta de registro y personajes que realiza Ekaitz en esta obra respecto a la anterior, «Esta noche cruzaremos el Ganjes» (también en el El Transbordador), una novela redonda de ficción especulativa y distópica, con personajes bien definidos y fuertes, hacia esta otra, plena de costumbrismo urbano, insulso, cotidiano y personajes normales, casi planos en su existencia, que -no obstante- esconden la pasión secreta del cambio.

Partiendo de una premisa de novela negra (la investigación de un suceso que nadie consigue explicar) y a través de un recurso especulativo de género fantástico (el guionista que inventa soluciones iterativas que nos acercan a la verdad, aunque no guste), con sabor a cómic (no he dejado de ver en viñetas sus encuentros en la plaza, ante un café), y personajes que transitan entre el costumbrismo patético y el humor negro, surrealista, de una vida normalizada y sin cambios, «La Hipótesis» oculta una trama que denuncia lo absurdo de las relaciones construidas sobre lo cotidiano y repetitivo, sin sorpresas, el machismo indolente que esconde lo habitual, y la lucha silenciosa y callada de la mujer por su independencia, a veces, verdadero motor del cambio y la revolución personal.

Ekaitz Ortega -como bien dice Xavier B. Fernández en un prólogo excelente- utiliza la ficción para hacernos comprender la realidad. Aunque en este caso se trate de una ficción realista, llena de costumbrismo y de lo más cotidiana, y lo real tienda hacia un surrealismo absurdo y sorprendente. Una fábula metaliteraria.

No en vano, dice el autor en su dedicatoria «digan lo que digan, es comedia».

CRÓNICAS MARCIANAS, el Marte lírico y naif de RAY BRADBURY.

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Conmemorar el centenario de un precursor como Ray Bradbury releyendo sus Crónicas Marcianas, supone, par mí, adentrarme de nuevo en esa concepción tranquila y cotidiana del universo, lejos de los efectos especiales que hoy se presuponen inherentes a toda obra de ciencia ficción; serena en su enfoque, lírica por el uso de un lenguaje más poético que tecnológico, casi naíf es su concepción por la presunta inocencia (que no ingenuidad) en su visión de un mundo nuevo, diferente, hacia el que, en 1950, supo enfocar la mirada de todos los soñadores. Una época en la que -aunque ya se utilizaban los cohetes V2 incautados a los alemanes para analizar y medir la atmósfera- en América aún faltaban ocho años para lanzar el primer satélite Vanguard (Rusia puso en órbita el satélite artificial Sputnik en octubre de1957). Bradbury fue el padre literario de muchos astronautas, a los que inspiró su vocación de pioneros en la conquista del espacio.

Sus relatos recuerdan las ensoñaciones de un creador que ama la literatura y la fantasía mientras espera el nacimiento de su primer hijo; evocan su infancia, los recuerdos que obtuvo en el pueblo que le vio nacer, donde se crió, entre hamacas a la sombra de un porche, mirando hacia las estrellas. O, en sus propias palabras, «son apartes sheakesperianos de pensamientos dispersos, visiones en noches largas, sueños parciales al alba … párrafos medio líricos, medio prosaicos». La imagen de un cohete (concebido en sus relatos como un bien a disposición de todos, un automóvil en ese futuro soñado) junto al viejo granero de madera refleja a la perfección esa imagen del futuro naíf, soñado, que transmiten sus historias (por algún lado -imagino- debe esconderse una lata de sopa de tomate Campbell…).

¿Pero es en verdad ciencia ficción?

Él mismo lo dudaba: «en el libro sólo hay un relato que responda a las leyes de la física tecnológica». Se refiere, claro está a «Vendrán lluvias suaves«, la historia donde anticipa a la perfección una casa domótica, plenamente automatizada, de las que hoy, 70 años más tarde, hay pocas; o esas aspiradoras tipo «roomba», con forma de ratones mecánicos que recogen cualquier mota que cae al suelo apenas lo toca; o los barcos que se deslizan sobre la arena… Sólo por eso es ciencia ficción, aunque en su interior lo conciba como ensoñaciones de fantasía prosaicas, plenas de fatalismo hamletiano. Aunque, ¿qué más da la etiqueta que se le ponga?. En el fondo, son mitos, puro Mito. Y él lo sabía:

«La ciencia y las máquinas pueden anularse mutuamente o ser reemplazadas. El mito (…), si no es inmortal, prácticamente lo parece».

Concebidos inicialmente como relatos dispersos publicados en revistas de anticipación, no duda en aceptar la oferta de recopilar sus relatos marcianos (hay varias ediciones, en las que cambió, se quitaron o incluyó unos u otros), para lo cual esa misma noche, sin tenerlos a mano, elabora una lista en secuencia y escribe algún otro, como transición entre bloques de lo que concibió –o yo quiero ver– como evolución, auge y caída de un imperio marciano, en un futuro (demasiado corto y muy lejano por entonces) de sólo 27 años, que -hoy- nos arranca una sonrisa:

  • Los Pioneros (1999-2000). Las primeras incursiones al planeta, pequeñas expediciones, que conectan telepáticamente con los marcianos nativos y terminan todas de forma trágica. Compuesta por los relatos «El verano del cohete», «Ylla», «Noches de verano», «Los hombres de la Tierra», «El contribuyente» y «La tercera expedición», entre los que destaca este último -algo más largo-, que recalca el enfrentamiento (tranquilo) entre dos culturas muy diferentes, que no pueden convivir a la par.
  • Asentamiento y colonización (2001). «Aunque siga brillando la luna» es un relato poético, basado en un poema de Lord Byron, en el que algunos protagonistas comienzan a entrever, como sucedió en el oeste americano, que la llegada de los nuevos colonos conlleva la devastación de la cultura nativa. «Los colonos» y, sobre todo «La mañana verde», en el que se produce una sorprendente terraformación ecológica del planeta con árboles y plantas, confirman el hecho.
  • Expansión (2002-2003). Los marcianos nativos casi han desaparecido, puede que exterminados por una plaga o por su decisión de abandonar los cuerpos físicos y convertirse en globos de energía azul. La variedad de historias es notable, desde «Las langostas» (una plaga de 90.000 cohetes ) o el exquisito y poético «Encuentro nocturno» a través del tiempo, entre un terrestre y un marciano que se respetan pero no se entienden; o «La costa» donde irrumpen olas de americanos (porque son americanos los que llegan) y con ellos la religión: «Los globos de fuego» es una entretenida discusión teológica entre dos sacerdotes, sobre la bondad y el pecado en un mundo sin humanos, o las muchas manifestaciones de un Dios que ya no puede ser patrimonio terrestre. En «Intermedio» y «Los músicos» nos deja entrever la realidad de las ciudades construidas, iguales a las de la Tierra, o la destrucción y arrase impúdico de las anteriores, marcianas. «El desierto» rememora aquella -prácticamente coetánea- caravana de mujeres, de William A. Wellman (1951), mientras «Un camino a través del aire» supone un alegato antirracista sobre la envidia y el desconcierto de quienes se creen amos superiores, frente a la solidaridad racial.
  • Auge y Decadencia (2004-2005). Cuentos de contenido diverso, con una clara tendencia a lo que ha de suceder, de forma inevitable. «La elección de los nombres» es un guiño a «El Gatopardo» (1954), un anticipo al mensaje de Giuseppe Tomasi di Lampedusa y el cómo cambiamos todo para que nada cambie y siga como nos interesa. «Usher II», posiblemente el más friki de los relatos, un homenaje a Poe y la imaginación creadora, y una venganza frente a la quema de libros a lo largo de la historia (¿anticipo de Farenheit 451 [1953]). «El marciano», o la sensibilidad por la pérdida y añoranza de los seres queridos, a los que reconocemos y damos forma egoísta en un Doppehänger formado de nuestros recuerdos. «La tienda de equipajes» supone el primer síntoma de decadencia, con noticias de la Gran Guerra y la primera reutilización de un personaje previo; circunstancia que se repite en «Fuera de temporada», una crítica al deseo de poseer, que nos lleva a perder perspectiva y deshumaniza frente a los marcianos por lograr algo que nunca podríamos disfrutar. En «Los observadores», asistimos al éxodo, el regreso masivo a una Tierra que se desangra y deja un Marte solitario. «Los pueblos silenciosos» muestra cómo el deseo y ansia de un solitario por conseguir compañía humana, cuando la obtiene, si no es de nuestro agrado, provoca la huida y un necesario regreso a la soledad.
  • Caída (2026). Han pasado 20 años de guerra en la Tierra. En «Los largos años», un pionero de aquella 4ª expedición inicial regresa a Marte desde los planetas exteriores y encuentra a uno de sus antiguos colegas, quien, para no caer en la locura de la soledad, ha obtenido vida artificial como compañía. En «Vendrán lluvias suaves», la única vida que queda en Marte es la artificial de casas domotizadas. Mientras que en «El picnic de un millón de años» (posiblemente el primero de los relatos de Marte que escribió) la Tierra muere finalmente, para dar paso a una nueva esperanza de marcianos terrestres.

Puede parecer un final triste, pero es hermoso; su lectura, plena de sensibilidad y nostalgia, magia y sentido de la maravilla… Ray Bradbury es así; y, al menos una vez en la vida, hay que volver a leerlo. Es imprescindible, y muy recomendable.

La Sangre de Colón. De Miguel Ruíz Montañez.

Un nuevo thriller, con ritmo trepidante de lectura y vocación de «Best seller», como los anteriores del conocido autor malagueño.

El próximo 12 de Octubre de 2020, día de la Hispanidad en España, día de Colón en los USA, en recuerdo de aquel otro en el que don Cristóbal culminó la proeza de dar a conocer al resto del mundo un nuevo continente, la estatua erigida en su honor en Columbus Circle, en Nueva York, estallará volada en mil pedazos…

Esa es la premisa visionaria de la que parte La Sangre de Colón, la nueva novela de aventuras y misterio, el nuevo thriller ideal para el verano que nos presenta Miguel Ruíz Montañez, autor especializado en tramas ocultas y, en especial, en el personaje del descubridor, desde aquel 2006, quinto centenario de su muerte, en que apareció La Tumba de Colón, convertida pronto en Best seller mundial, traducida a 20 idiomas y con más de 200.000 copias vendidas.

La críptica firma de Colón

La historia orbita en torno a la oscuridad y secretos que envuelven la figura del almirante; su ascendencia, su rostro, su extraña firma con criptogramas y mensajes ocultos, que ordena utilizar a sus descendientes… La aparición en Sevilla de un retrato del navegante realizado en vida, antes de su partida a las Indias, da pie a elucubraciones, propuestas e indagaciones respecto al por qué de la reserva sobre su identidad, que Miguel Ruíz explota con maestría y la truculencia de un Best seller.

Colón nunca se dejó retratar, preservaba su rostro; todas las imágenes que conocemos son posteriores a su muerte, ninguna en vida, y sus descendientes contribuyeron a acrecentar el misterio con una astuta trama opaca de desinformación y silencios. ¿Qué pretendían ocultar… su origen? ¿una dedicación anterior, poco acorde a su nueva posición política? ¿un linaje sucio y nada propicio a la limpieza de sangre que se exigía en la época…? Preguntas y secretos, misterios ocultos que el autor retuerce y maneja con habilidad para tejer unas expectativas de resolución creíbles.

La estatua, en Columbus Circle

Pero la trama no discurre por el misterio sesudo y la investigación académica que se podría suponer. Su vocación de best seller se evidencia en múltiples tramas que se entremezclan y el autor combina con tintes de viva actualidad; como esa lectura revisionista y tendenciosa que hoy se realiza sobre el descubrimiento y cuanto conlleva, demonizando bajo un falso epítome colonialista, esclavista o genocida a sus principales actores (españoles, por supuesto, se obvian las actuaciones nativas e inglesas) y promueve el derribo y violación de estatuas o placas; un tema que Miguel Ruiz explota –literalmente– en una escena de impacto; junto a una subtrama de presunta corrupción económica en la ficticia Columbus Heritage Foundation (trasunto posible de una real CCF), fundación sin ánimo de lucro que se dedica a preservar la herencia italoamericana en los USA; o su rama mexicana, que da origen a un auténtico culebrón de magnates millonarios, matrimonios paralelos, hijos de papá consentidos, alguno ilegítimo o secreto, que devienen en terroristas de parodia trastornados por el muro de vergüenza que promueve Donald Trump.

Escudo de Colón (fotografía de
Miguel Ángel «fotógrafo»)

Hay concesión comercial a la galería en La Sangre de Colón, y un uso magnífico de las técnicas de marketing en tiempo real, que el autor sabe aprovechar con éxito para lanzar el producto y sacar el mayor partido a los convulsos momentos históricos que nos ha tocado vivir. Así, el protagonista, Álvaro Deza, descendiente de aquel Diego de Deza que intercedió ante los reyes católicos en favor de la empresa del almirante, un historiador especializado en la figura de Colón, posee todas las cualidades para haberse erigido en trasunto español del famoso Robert Langdon, erudito y atractivo profesor universitario que protagoniza las novelas long seller de Dan Brown. Sin embargo, nos encontramos ante un investigador varado, embrutecido por su matrimonio con la marquesa, que le abre las puertas de la nobleza y hacen de él un señorito sevillano… hasta que le dan portazo y divorcio en favor de un magnate mexicano, y él no duda en acudir a «Sálvame» como venganza (¿puede haber algo más odioso…?). Sin embargo, funciona y, por suerte, el verdadero rostro de Colón se le aparece y lo salvará de ese mundo… para mostrarnos a un veleta sentimental, que a lo largo de la obra salta y picotea de uno a otro amor ¿verdadero? según el viento que sopla… Hasta que la investigación y el misterio del caso lo redimen.

Uno de los retratos póstumos de Colón

Narrada de forma ágil, la acción mantiene el interés del lector y adquiere un ritmo frenético que hace imposible abandonar la lectura hasta el final. Cuenta el periplo del protagonista de Sevilla a Nueva York, su huida precipitada a Morelos en México, mientras le persigue el FBI; su paso por la capital y Cuernavaca; un clandestino pase de frontera como «espalda mojada» de regreso a los USA, acosado por sicarios, terroristas y, de nuevo, el FBI; más sereno en Nueva York, para concluir en la República Dominicana tan querida del autor, donde prosigue las investigaciones . Y en cada lugar, una pista, un avance, una hipótesis que se desvela.

Miguel Ruíz acude de nuevo a la figura del almirante -de quien es especialista y tan buen resultado le dio con La Tumba de Colón (sin relación con ésta, más allá del personaje histórico)-, para construir un thriller de aventuras muy adecuado a la época, alrededor de sus numerosos secretos y misterios, mensajes ocultos que abren paso a nuevas pistas y conclusiones inesperadas sobre el origen de su sangre o la sangre derramada después.

La Sangre de Colón sigue el rumbo de su antecesora (o las siguientes, El Papa Mago y El País de los Espíritus, para mí la mejor de las tres [reseña aquí]) en una nueva singladura de éxito. Si en la primera el quinto centenario de Colón actuó como revulsivo, en ésta, con mayor soltura literaria, la actual tendencia revisionista de la historia y los ofendiditos de las estatuas sirven como reclamo y disparador de ventas.

La Sangre de Colón, de Miguel Ruíz Montañez, está llamada a convertirse en uno de los Best Seller del año. Ya lo es a nivel local.

EL CODO DE LA TORCAZ, de Damián Cordones,

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«La alucinación epistemógica, lo que Jesualdo Salguero llama METANOIA (que distingue de la alucinación emancipadora), consiste en la incapacidad de distinguir los diversos sistemas de pensamiento que estructuran el mundo, una confusión metafísica que determina su percepción a priori (una paranoia trascendental). El sujeto construye un único sistema con piezas de otros sistemas (paranoia) y pretende capturar el exterior (Ver es capturar).»

Resulta complejo catalogar El Codo de la Torcaz con un calificativo que la defina exactamente, encuadrarla en un género, encontrar una etiqueta que facilite y dirija los pensamientos del lector, le oriente o lo atraiga a su lectura. El propio autor dijo, en su presentación en Málaga: «el libro es un producto que se vende; por eso se etiqueta, como cualquier otro producto»; o sea, que en el complejo mundo comercial que nos ha tocado vivir, el libro requiere, necesita, precisa una etiqueta, y hay que buscársela. Sin embargo, Damián Cordonestoda su obra, por elección propia– es un autor difícil de catalogar. La editora, Pilar Márquez lo clasificó como autor experimental, y yo estoy de acuerdo (aunque él mismo admita que «todo lo experimental deja de serlo con el tiempo«). Pero hay que poner etiquetas; son necesarias.

Y aunque considero que al autor no hay que etiquetarlo porque se le estaría encasillando, sí considero que a un libro, como resumen rápido para quien no lo conozca hay que ponerle etiqueta; aunque (como en este caso) no exista una que lo defina con precisión. Por eso –y porque es mi crónica y estoy en mi derecho a hacerlo-, me lo invento (como hacen los autores, editores o directores de márketing todos los día). También porque la etiqueta «Surrealismo lisérgico» me pareció divertida -además de apropiada- para definir esta obra de Damián (si no, tiempo habrá para debatirlo en persona, una tarde agradable de café y copas).

¿Cómo, si no, podría definir una obra compleja que (y es sólo mi visión personal, que cada cual extraiga las conclusiones que quiera tras su lectura), con términos realistas, trasciende la realidad y la nos la devuelve bajo un tamiz de irracionalidad imaginativa? Más cuando esta realidad sucede al influjo de la mescalina:

Su protagonista es un yonqui adicto a la heroína, bajo protección de Sawa -cocinero y fuente de la red de distribución de drogas en la ciudad- que intenta desintoxicarle intercalando chutes con un derivado del mescal; en un entorno de presión, deterioro y miseria, ocultos en una casa ruinosa del casco viejo, cuyos vecinos resisten frente al acoso de la corporación y los agentes inmobiliarios de M0rne, que pretenden su desahucio, demoler el barrio y construir un complejo de oficinas en su lugar; en una ciudad indeterminada, que igual podría ser Granada que una de aquellas renacidas de la plaga de fractal en La Era del Espíritu Baldío (el autor utiliza aquí un sistema de anotación y catálogo por listas, muy similar al de entonces aunque más desarrollado).

La historia la narra el protagonista cuando intenta reconstruir y mantener la red Torcaz de distribución de drogas, ante la incapacidad temporal de Sawa, a partir de sus propias anotaciones, que apunta y revisa una y otra vez al influjo de las drogas y el tratamiento de mescalina alterada, los apuntes encriptados de Sawa sobre su sistema de distribución y el ensayo que éste escribe sobre Filosofía Libertaria. Como modelo utiliza el sistema de desplazamiento de las blatodeas (cucarachas, en cristiano) que infectan y plagan la casa.

Si con lo dicho no os parece correcto el calificativo de Surrealismo lisérgico, puede que sea yo quien requiera tratamiento…

Si esta historia, narrada en un continuo estado de alucinación y los desvaríos de un yonqui, pero con tremenda lucidez no te atrae, tú te la pierdes. Porque, a lo señalado hay que añadir que Damián Cordones escribe de maravillas, con un lenguaje fluido y de pensamiento abierto al subconsciente, que te atrapa y engancha desde el primer momento y te hace cómplice de la investigación del protagonista, sus dudas y reflexiones, su intento por discernir qué está pasando, cómo actúa Sawa, a qué modelo responde el funcionamiento de la red Torcaz, cómo intervienen las palomas o las blatodeas, o qué ha querido decir él mismo en sus anotaciones previas, que revisa, tacha, corrige y puntualiza continuamente. Y, aunque parezca mentira, todo cuadra y el sistema Torcaz persiste (la revolución, si eso, en otro momento…). La historia -las historias de Damián- no se ajustan al canon clásico occidental de «principio-nudo-desenlace», sino que, como en la tradición japonesa, suceden en mitad de «algo» que viene de antes y continúa después; el relato se detiene y debe ser el lector -de nuevo cómplice- quien lo complete en su imaginación (un ejercicio complejo pero entretenido y apasionante, que se agradece).

Y, sobre todo, te perderías un trabajo ingente de edición creativa, la consecución de un reto editorial difícil de realizar (y superado con brillantez) para diferenciar y mostrar con lógica cada estado o revisión del autor protagonista; una sucesión de tintas a dos colores más negro en la misma página, sangrías, viñetas a diferente nivel, cajas de texto intercaladas, dibujos y signos, tablas… Ignoro cuánto del resultado final se encontraba en el texto original del protagonista autor, pero me consta que será poco lo que conserve del mismo y mucha la labor de edición realizada para obtener, pese a todo, una maqueta impecable; el único libro de la editorial que no contará con versión en digital porque -es verdad- perdería toda su gracia.

Aún recuerdo con agrado aquella sensación de impacto que causó, antaño, la singular edición de La Historia Interminable de Michael Ende y sus tintas a colores. ¡Qué maravilla! ¿verdad?. Pues la edición de El Codo de la Torcaz no le anda a la zaga y contiene mucho más trabajo. Un trabajo conjunto que ambos, Damián Cordones y Ediciones El Transbordador han hecho realidad.

Os recuerdo que un día, cuando todo acabe y la normalidad se recobre, vamos a celebrar un encuentro del Club de Lectura de Literatura Fantástica en Málaga con Damián Cordones, donde comentaremos su obra, las peripecias y vicisitudes de esta historia y, si Pilar Márquez se apunta y puede, las complejidades de su edición. Tenedlo en cuenta, no os lo vayáis a perder.

GERALT DE RIVIA: ESTACIÓN DE TORMENTAS, de Sapkowski

Ficha Geralt EDTGeralt de Rivia regresó, al fin.  Y con el regreso del Brujo, del Lobo Blanco -aunque sea un regreso al pasado, su pasado-, terminaron los miedos, las dudas e incertidumbres, y la verdad ha quedado desvelada: Sapkowski sigue siendo Sapkowski; el autor polaco ha sabido mantener el pulso del personaje.  No sé que opinaréis vosotros, pero a mí no me ha defraudado, y al terminar su lectura me quedan buenas vibraciones.

geraltderiviaPorque, sin ser su mejor novela, y pese a las sensaciones contradictorias de inicio, Estación de Tormentas consigue ser una obra del personaje, no un pastiche, algo añadido o fuera de lugar.  Por el contrario, sabe ocupar un hueco en su trayectoria, en un momento concreto de su vida.  Y este no es otro que tiempo antes del relato La Espada del Destino, que preludia lo que hoy se conoce como La Saga (desde La Sangre de los Elfos a La Dama del Lago, aunque se gestase antes); en él, Geralt rememora (entre otros) la figura de Lytta Neyd, Coral, en un párrafo donde ya se esboza la historia que da origen a esta novela (pág.244), que yo sitúo entre los relatos El último deseo (final del libro I, al que da nombre) y Las fronteras de lo posible (que abre el libro II). En el primero, Geralt conoce y da inicio a su relación con Yennefer; en el segundo, se narra su reencuentro -deseado, apasionado, pero imposible- y su nueva separación. Entre ambos han transcurrido cuatro años… Demasiado tiempo de historias y aventuras no narradas, cacerías de monstruos o poemas sin escribir, amoríos y vivencias inexploradas, relaciones del protagonista con nuevos personajes, que Sapkowski puede ir contando ahora, en un tiempo más joven, en el que el albino todavía era libre de su destino; un tiempo convulso, también, pero más sereno que el ya dominado por la guerra inmensa y cruel de Nilfgaard, donde los personajes y sus vivencias apenas pueden ser ya los protagonistas de la historia.

Lytta_neyd

Lytta Neyd, en wiedzmin.wikia

Y entre los personajes de Estación de Tormentas, destaca sin duda Coral, la hechicera Lytta Neyd, digna sucesora de Yennefer de Vengerberg o Triss Merigold en otros episodios de la vida del brujo, tan cargada de fuerza, belleza y juventud (pese a sus muchos años), deseo, inteligen-cia y planes propios como las anteriores.  Un carácter femenino bien definido (incluso Mozaïk), con el que Sapkowsky demues-tra que mantiene intacta su capacidad de crearlos. Interesantes también los masculinos (pero menos atractivos, como podéis imaginar con sólo ver la extraordinaria portada de Alejandro Colucci), como el también hechicero Algernon Guincamp, Frans Torquil, o el enano Addario Bach (no era Zoltan Chivay, como parecía);  y algún que otro monstruo terrible, a la par que adorable…  Por supuesto, no falta Jaskier; ni una breve aparición de Yennefer, aunque a distancia y lejos, sin cruzarse en persona con nuestro brujo (me encanta los duelos de palabras de las hechiceras cuando enfrentan); su aparición no me parece forzada, como alguien dijo, sino que la veo como un guiño al recuerdo, la nostalgia, y determinante en la resolución de la motivación principal del héroe en esta historia.

Portada del avance a la edición

Portada del avance a la edición

Una historia que Sapkowski presenta en novela completa en lugar de relatos separados, como hacía al inicio, cuando narraba hechos ocurridos en los tiempos donde ahora sitúa la acción; aunque no se trata de una historia seguida y continuada en orden secuencial, sino compuesta de episodios diversos que el autor enlaza entre sí, como círculos (no concéntricos, tal vez elípticos) que se cierran en sí mismo y por separado, pero que engarza bien hasta conformar un volumen natural… y abierto. Una historia que sitúa de inicios a Geralt en Kerack, donde cae de lleno en la trama (y la cama) que le tiende Coral, y donde pierde sus espadas de brujo… Y es en la búsqueda de sus armas, y mientras cumple el encargo de la hechicera, que se verá trasladado a otros sitios, todos fronterizos: Rissberg, entre Cidaris y Temeria, un castillo de hechiceros no controlados por el Concilio; Piedemonte, una franja boscosa entre Temeria y Brugge; Ribera, provincia limítrofe de Redania, en la confluencia de ambos brazos del río Pontar, que expande sus límites dentro de Temeria; y, tras un accidentado periplo fluvial por el gran río hasta Novigrado, regreso a Kerack por mar; para terminar en algún lugar del camino hacia Wyzima.  Además de una aparición extra final por… ¿el futuro?.

Mapa acción EdT

Lugares por donde discurren las aventuras (detalle del mapa de CD Projekt RED)

La novela se lee bien, sin que el interés decaiga.  Al menos, así ha sido en mi caso, que -ya sabéis- la cogía con ganas y he leído de un tirón. La historia está bien construida, con personajes que no desentonan. Geralt continua siendo el mismo cínico descreído de siempre, tal vez algo más borde que antes en sus respuestas, y eficiente como pocos en su trabajo, lo que le lleva a mantener una actitud crítica y distante con el orden social establecido, que admite, pero se pasa por el forro; también a las mujeres, entre las que triunfa -tal vez por ese toque de distinción que le confiere su rareza- y después abandona sin una palabra de adiós; eso sí, como todo un caballero sin sentimientos: con una carta y una flor.

Jana Komarkova - Ed.Checa - Lytta

Ilustración de Jana Komárková para la Edición Checa

No deja de ser curioso el papel que Sapkowski otorga a las mujeres en su obra, ambientada en una sociedad medieval de corte machista, donde serían poco importantes.  Pero el polaco no les reserva un rol secundario, inútil, ni las supedita al varón, aunque también las haya; sus féminas poseen poder, determinación, iniciativa y decisión sexual, influencia, y, por lo general, más inteligencia y recursos que muchos hombres, sin que ello las sitúe en un nivel superior por defecto. En sus escritos predomina un trato igual, sea cual sea el estatus que ocupen, aunque no alcancen el de hechicera (el más alto nivel de reconocimien-to  y respeto civil, por el poder que atesoran tras años de estudio y sacrificio); aquellas que no lo consiguen y caen por el camino, terminan siendo juezas, abogadas, u otras profesiones civiles de prestigio; también las iguala a los hombres si ellas destacan en el aspecto físico (aunque, como a éstos, a cambio de un menor brillo en inteligencia), y las dota de expresiones y actitudes chabacanas o de baja estofa, incluso soeces (sin que pierdan por ello nobleza de espíritu), como en el cuerpo de guardia de la ciudad.

The Wtcher 3 - BestiaEn este aspecto Sapkowski sigue siendo el de antes, por mucho que al principio plantee dudas.  Por supuesto, ya sin aquella frescura que antaño rompiera moldes con propuestas renovadoras y originales, hoy conocidas; pero un Sapkowski que cumple expectativas con ingenio, un lenguaje autóctono adaptado, y la crítica social de actualidad trasladada a su mundo imaginado (en este caso, posicionamientos sobre el aborto, el papel e intereses de las corporaciones (y el Capítulo de Hechiceros lo es), la fabricación de armas y experimentos genéticos en pro de un supuesto bien para la humanidad…); o ese toque de sensibilidad y nostalgia que impregna su obra (puede que sin alcanzar los niveles de La Espada del Destino, para mí su mejor historia).  Pero, sobre todo, una narrativa ágil que se agradece, y una descripción excelente de lo narrado, que introduce al lector en situaciones a través de los sentidos, hasta el punto de que no sólo consigue hacernos ver en la imaginación los hechos, sino incluso oler el entorno y palpar sus texturas.  En ello, el polaco mantiene su posición de maestro.

Portada Sezon BurzPero a mi entender, su mayor acierto consiste en superar esa tentación palpable de proseguir las aventuras del Brujo donde quedaron, desvelar la incertidumbre de su final misterioso (sin renunciar a hacerlo en un futuro, como veremos), para componer un nuevo regreso a los orígenes –los suyos, los del personaje– desde el que partir hacia aventuras nuevas que aún quedan sin contar. Porque hay espacio, hueco de tiempo y posibilidades de hacerlo, de explorar la personalidad del albino y sus sensaciones cambiantes, sus sentimientos truncados -tal vez no tanto- por la Prueba de las Hierbas y sus cambios, los elixires secretos y sus condicionamientos, antes de verse envuelto en los planes de ese Destino que marcó su devenir.

Nimue, de Robert_Blutengel_Łada

Nimue, de Robert «Blutengel» Łada

Por eso, y porque el personaje (con todo su entorno comercial añadido) es más fuerte que la decisión inicial de su autor, pienso que aún leeremos más aventuras del Wiedźmin, el Brujo, el Lobo Blanco, ambientadas en este tiempo pre-Saga, este retorno hacia atrás.  Sin descartar el avance hacia el futuro que se intuye en el último episodio, 127 años después de los hechos, 105 tras el incierto final, donde aparece Nimué camino de Aretusa, y se habla de cuentos y leyendas, de héroes que regresan cuando se les necesita… mitos que evocan al de Arturo Avalón, enlazado también con Nimué, la Dama del Lago.

Quizás un sueño.  «Un sueño muy raro…» , en una Estación de Tormentas.

Pero los sueños raros avanzan la realidad… y fue en un sueño raro donde Geralt  se despide de Calanthe, y  conoce al fin a Visenna

«El cuento se alarga.  La historia nunca termina.»