DELTA DE VENUS. El erotismo vanguardista de ANAÏS NIN.

Fue una mujer inquieta, rupturista en sus obras y forma de actuar, en cómo escribía y vivía, sin complejos ni falsedades. «Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré al mundo. Me adapto a mí misma».

Nacida en Francia en 1903, de origen cubano-español (fue bailarina de flamenco) y nacionalizada más tarde norteamericana, se casó a los 19 años con un banquero (del que nunca se divorció porque le permitía devaneos y necesitaba su dinero), su vida aburrida da un giro en 1930, cuando comienza a escribir y relacionarse con grandes figuras de la literatura y el arte e interesarse por el psicoanálisis. Tuvo numerosos amores y amantes, entre ellos Henry Miller (es una de las protagonistas de «Trópico de Cáncer») y su mujer June, quien la inició también en el voyeurismo. En 1939, ya en América, tras ejercer un tiempo como psicoanalista, se convierte en la primera mujer que publica relatos eróticos en los USA; además de confeccionar sus propios libros y de sus amigos en una rudimentaria imprenta casera. La fama no le llegó hasta 1966, con la publicación de sus Diarios, entresacados de los que escribía desde los 11 años (unas 35.000 páginas íntimas, hoy publicadas en siete volúmenes).

«El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía»

En los años 40 comienza a escribir (por dinero, a 1$ la página, junto a Henry Miller y otros autores) relatos erótico-pornográficos para un coleccionista privado que les exigía sexo, sin emociones ni romanticismo, «sin poesía». Dichos relatos conforman la base de Delta de Venus. Pero no los publicó. Pensaba que siendo relatos forzados no podían contener una esencia femenina, que fueron escritos bajo la perspectiva del sexo que desea un hombre y con un lenguaje masculino; y los olvidó. Treinta años más tarde, en los años ’70, ya famosa tras la publicación de sus Diarios, los relee y descubre que su propia voz no había quedado ahogada, que «intuitivamente había utilizado un lenguaje de mujer que ve la experiencia sexual desde una perspectiva femenina» y autoriza su publicación «porque muestran los esfuerzos iniciales de una mujer en un mundo que había sido dominio exclusivo de los hombres».

Hay de todo en Delta de Venus. Los primeros relatos parecen más una llamada de atención, un inicio impactante para dejar claro que también una mujer puede escribir sobre temas escabrosos sin inmutarse. Sus finales son abruptos, inesperados y hasta desagradables, como si formaran parte de ese «tour de force» que -inconscientemente- mantiene con el coleccionista para darle lo que pide, que no es lo que ella prefiere. Son relatos de sexo más que sensuales. Sin embargo, despacio, progresivamente, su voz propia va surgiendo en relatos de contenido fantástico, por lo exagerado de ciertas situaciones, pero no exentos de sensualidad y cierto encanto de principiante que se inicia en el sexo abierto; como en Marianne, la secretaria que lee con envidia los relatos que pasa a máquina antes de ser entregados; o la simpática historia de voyeurismo con final moralizante. Es cierto que de leerlos seguidos, sin pausa, pueden provocar empacho, cierto hartazgo; pero que nadie se decida a dejarlo. No sin haber leído «Elena«, quizás el mejor relato del libro, también el más largo, pues muestra (en sus palabras) «que las mujeres nunca hemos separado el sexo del sentimiento», sea cual sea la relación que mantenga.

“Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo. Libre o no libre, casado o soltero, heterosexual u homosexual, son aspectos que varían de cada persona. Hay quienes son más expansivos, capaces de varios amores. No creo que exista una única respuesta para todo el mundo”

Diarios. Anaïs Nin.

En «Elena», Anaïs Nin construye la historia incompleta de un proceso, la evolución de su protagonista en el erotismo, el sexo expansivo y sus variantes. Y lo hace de una forma realista, creíble, sin carencia de sensualidad o los sentimientos que justifican su evolución, los cambios que requiere un proceso de crecimiento erótico en expansión. No es baladí que la protagonista inicie el relato con la lectura de «El amante de Lady Chatterley», de D.H. Lawrence, que tan bien conoce la autora y fue origen de su primer ensayo. Hay guiños en la obra que sugieren un reflejo de su propia historia en la persona de Elena: su edad y la de Pierre cuando se conocen, 28 y 40 años, los que tenían Anaïs y Henry Miller al hacerse amantes; o sus amoríos con June, quien la inicia en una nueva sensualidad cuando alcanza a su maestro; igual que Elena, cuyo conocimiento de una pareja de amigos homosexuales (Miguel y Donald, una relación tierna, no exenta de problemas) despierta en ella el lado masculino de su sexualidad, que satisface con Laila y la prostituta Bijou, un trío de mujeres narrado con un detallismo tan explícito y excitante como sólo la voz de una mujer podría describir y agradar a féminas y hombres por igual (en el Club de Lectura sólo dos mujeres de seis manifestaron no haber disfrutado el libro). Uno no deja de pensar que si hoy, en una sociedad abierta -por mucho que ande en retroceso- su lectura puede desagradar, cuánto más debió escandalizar en los años ’40, cuando la escribió.

La historia «El vasco y Bijou» es parecida (podría ser su continuación, si no fuera porque la descripción de la prostituta es diferente) pero resulta menos personal y continua; fragmentos de historias enlazadas y episodios no tan realistas, con fantasías y anécdotas poco naturales, le privan de la verosimilitud anterior y lo acercan (que ya es mérito) a lo que hoy podría ser el guion de una buena película porno, negro incluido. No por ello carece de momentos simpáticos y conseguidos, como el ojo clínico de la madame para adjudicar la prostituta que más se ajuste al cliente con sólo mirar su bragueta, la reacción de la voyeur cuando el vasco la requiere como partícipe, o los bailes de alta sociedad en el parque, cuando se apagan las luces durante periodos de tiempo cada vez más prolongados.

El resto de relatos son también entretenidos, pero sin la calidad de transmitir sensaciones o la calidez de los ya comentados.

Por casualidad, he descubierto la película de igual título (Delta of Venus; Rey Zalman, 1995), ambientada en el París previo a la II Guerra Mundial, que adapta libremente el libro de Anaïs Nin. No he llegado a verla; su puntuación en IMBD no es muy buena (4,7 sobre 10) y peor en Filmaffinity (3,8); pero a tenor de las pocas escenas visualizadas me gustaría hacerlo, y comprobar si reproduce la misma sensualidad que destila el libro.

Acompaño el trailer y algunas escenas abajo.

Para concluir, decir que leer Delta de Venus me ha gustado, bastante; en ocasiones, incluso me ha resultado excitante, más que aquel «Trópico de Cáncer» de Henry Miller (voz de varón) que leí en mi juventud. Y me ha permitido conocer a Anaïs Nin, una mujer liberada que quiso ser escritora y lo consiguió con voz propia, y que -pese a su vida y temáticas transgresoras- recibió un doctorado honoris causa del Philadelphia College of Art y fue nombrada miembro de la Academia Estadounidense de las Letras y las Artes, en 1974, poco antes de morir. Una mujer que vivió la vida como deseaba.

No es poco…

«La única anormalidad es la incapacidad de amar»

Anaïs NIN

LA HIPÓTESIS, de Ekaitz Ortega.

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¿Puede un autor, considerado de género por su trayectoria anterior, trascender ese género y crear una obra «realista» sin perder su esencia…? O, de otra forma, ¿podría una obra trascender el realismo y convertirse en «de género» gracias al estilo, el costumbrismo absurdo o la edición que utiliza…? Más aún, ¿necesitamos etiquetar a un autor, su obra o una editorial en base a arquetipos, o jugamos -al fin- a ser libres?

«Máximo ha sufrido un hecho insólito durante un atraco a su pequeña tienda. El suceso, inexplicable para la policía y sus conocidos, lo tiene obsesionado. Ante la falta de respuestas, decide contratar a un guionista para que escriba pequeños relatos sobre lo que pudo haber ocurrido, a los que llama «hipótesis». Sin embargo, lo que empieza como una cordial relación con el escritor torna hacia lo incómodo cuando Máximo va leyendo sus historias.

¿Se puede actuar con normalidad cuando nada parece tener sentido?»

La respuesta, en todo caso, ha de darla el lector, mientras acompaña a Máximo en su deambular por las opciones que el guionista le propone como solución y ninguna le convence… hasta que la propia realidad, esa trama enmarañada que hemos tejido al paso, se desentraña y golpea con una bofetada sonora que nos despierta y hace pensar que mejor hubiese sido dejar todo como estaba. Una alegoría sobre cómo intentamos adaptar los sucesos cotidianos (y extraordinarios) a cuanto nos conviene, y cómo el deseo mismo de normalidad y que nada cambie, provoca la ruptura. Porque, tal vez, la normalidad no sea deseable, y es la rutina diaria, encastrada, lo que genera el cambio.

Sorprende la permuta de registro y personajes que realiza Ekaitz en esta obra respecto a la anterior, «Esta noche cruzaremos el Ganjes» (también en el El Transbordador), una novela redonda de ficción especulativa y distópica, con personajes bien definidos y fuertes, hacia esta otra, plena de costumbrismo urbano, insulso, cotidiano y personajes normales, casi planos en su existencia, que -no obstante- esconden la pasión secreta del cambio.

Partiendo de una premisa de novela negra (la investigación de un suceso que nadie consigue explicar) y a través de un recurso especulativo de género fantástico (el guionista que inventa soluciones iterativas que nos acercan a la verdad, aunque no guste), con sabor a cómic (no he dejado de ver en viñetas sus encuentros en la plaza, ante un café), y personajes que transitan entre el costumbrismo patético y el humor negro, surrealista, de una vida normalizada y sin cambios, «La Hipótesis» oculta una trama que denuncia lo absurdo de las relaciones construidas sobre lo cotidiano y repetitivo, sin sorpresas, el machismo indolente que esconde lo habitual, y la lucha silenciosa y callada de la mujer por su independencia, a veces, verdadero motor del cambio y la revolución personal.

Ekaitz Ortega -como bien dice Xavier B. Fernández en un prólogo excelente- utiliza la ficción para hacernos comprender la realidad. Aunque en este caso se trate de una ficción realista, llena de costumbrismo y de lo más cotidiana, y lo real tienda hacia un surrealismo absurdo y sorprendente. Una fábula metaliteraria.

No en vano, dice el autor en su dedicatoria «digan lo que digan, es comedia».

CRÓNICAS MARCIANAS, el Marte lírico y naif de RAY BRADBURY.

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Conmemorar el centenario de un precursor como Ray Bradbury releyendo sus Crónicas Marcianas, supone, par mí, adentrarme de nuevo en esa concepción tranquila y cotidiana del universo, lejos de los efectos especiales que hoy se presuponen inherentes a toda obra de ciencia ficción; serena en su enfoque, lírica por el uso de un lenguaje más poético que tecnológico, casi naíf es su concepción por la presunta inocencia (que no ingenuidad) en su visión de un mundo nuevo, diferente, hacia el que, en 1950, supo enfocar la mirada de todos los soñadores. Una época en la que -aunque ya se utilizaban los cohetes V2 incautados a los alemanes para analizar y medir la atmósfera- en América aún faltaban ocho años para lanzar el primer satélite Vanguard (Rusia puso en órbita el satélite artificial Sputnik en octubre de1957). Bradbury fue el padre literario de muchos astronautas, a los que inspiró su vocación de pioneros en la conquista del espacio.

Sus relatos recuerdan las ensoñaciones de un creador que ama la literatura y la fantasía mientras espera el nacimiento de su primer hijo; evocan su infancia, los recuerdos que obtuvo en el pueblo que le vio nacer, donde se crió, entre hamacas a la sombra de un porche, mirando hacia las estrellas. O, en sus propias palabras, «son apartes sheakesperianos de pensamientos dispersos, visiones en noches largas, sueños parciales al alba … párrafos medio líricos, medio prosaicos». La imagen de un cohete (concebido en sus relatos como un bien a disposición de todos, un automóvil en ese futuro soñado) junto al viejo granero de madera refleja a la perfección esa imagen del futuro naíf, soñado, que transmiten sus historias (por algún lado -imagino- debe esconderse una lata de sopa de tomate Campbell…).

¿Pero es en verdad ciencia ficción?

Él mismo lo dudaba: «en el libro sólo hay un relato que responda a las leyes de la física tecnológica». Se refiere, claro está a «Vendrán lluvias suaves«, la historia donde anticipa a la perfección una casa domótica, plenamente automatizada, de las que hoy, 70 años más tarde, hay pocas; o esas aspiradoras tipo «roomba», con forma de ratones mecánicos que recogen cualquier mota que cae al suelo apenas lo toca; o los barcos que se deslizan sobre la arena… Sólo por eso es ciencia ficción, aunque en su interior lo conciba como ensoñaciones de fantasía prosaicas, plenas de fatalismo hamletiano. Aunque, ¿qué más da la etiqueta que se le ponga?. En el fondo, son mitos, puro Mito. Y él lo sabía:

«La ciencia y las máquinas pueden anularse mutuamente o ser reemplazadas. El mito (…), si no es inmortal, prácticamente lo parece».

Concebidos inicialmente como relatos dispersos publicados en revistas de anticipación, no duda en aceptar la oferta de recopilar sus relatos marcianos (hay varias ediciones, en las que cambió, se quitaron o incluyó unos u otros), para lo cual esa misma noche, sin tenerlos a mano, elabora una lista en secuencia y escribe algún otro, como transición entre bloques de lo que concibió –o yo quiero ver– como evolución, auge y caída de un imperio marciano, en un futuro (demasiado corto y muy lejano por entonces) de sólo 27 años, que -hoy- nos arranca una sonrisa:

  • Los Pioneros (1999-2000). Las primeras incursiones al planeta, pequeñas expediciones, que conectan telepáticamente con los marcianos nativos y terminan todas de forma trágica. Compuesta por los relatos «El verano del cohete», «Ylla», «Noches de verano», «Los hombres de la Tierra», «El contribuyente» y «La tercera expedición», entre los que destaca este último -algo más largo-, que recalca el enfrentamiento (tranquilo) entre dos culturas muy diferentes, que no pueden convivir a la par.
  • Asentamiento y colonización (2001). «Aunque siga brillando la luna» es un relato poético, basado en un poema de Lord Byron, en el que algunos protagonistas comienzan a entrever, como sucedió en el oeste americano, que la llegada de los nuevos colonos conlleva la devastación de la cultura nativa. «Los colonos» y, sobre todo «La mañana verde», en el que se produce una sorprendente terraformación ecológica del planeta con árboles y plantas, confirman el hecho.
  • Expansión (2002-2003). Los marcianos nativos casi han desaparecido, puede que exterminados por una plaga o por su decisión de abandonar los cuerpos físicos y convertirse en globos de energía azul. La variedad de historias es notable, desde «Las langostas» (una plaga de 90.000 cohetes ) o el exquisito y poético «Encuentro nocturno» a través del tiempo, entre un terrestre y un marciano que se respetan pero no se entienden; o «La costa» donde irrumpen olas de americanos (porque son americanos los que llegan) y con ellos la religión: «Los globos de fuego» es una entretenida discusión teológica entre dos sacerdotes, sobre la bondad y el pecado en un mundo sin humanos, o las muchas manifestaciones de un Dios que ya no puede ser patrimonio terrestre. En «Intermedio» y «Los músicos» nos deja entrever la realidad de las ciudades construidas, iguales a las de la Tierra, o la destrucción y arrase impúdico de las anteriores, marcianas. «El desierto» rememora aquella -prácticamente coetánea- caravana de mujeres, de William A. Wellman (1951), mientras «Un camino a través del aire» supone un alegato antirracista sobre la envidia y el desconcierto de quienes se creen amos superiores, frente a la solidaridad racial.
  • Auge y Decadencia (2004-2005). Cuentos de contenido diverso, con una clara tendencia a lo que ha de suceder, de forma inevitable. «La elección de los nombres» es un guiño a «El Gatopardo» (1954), un anticipo al mensaje de Giuseppe Tomasi di Lampedusa y el cómo cambiamos todo para que nada cambie y siga como nos interesa. «Usher II», posiblemente el más friki de los relatos, un homenaje a Poe y la imaginación creadora, y una venganza frente a la quema de libros a lo largo de la historia (¿anticipo de Farenheit 451 [1953]). «El marciano», o la sensibilidad por la pérdida y añoranza de los seres queridos, a los que reconocemos y damos forma egoísta en un Doppehänger formado de nuestros recuerdos. «La tienda de equipajes» supone el primer síntoma de decadencia, con noticias de la Gran Guerra y la primera reutilización de un personaje previo; circunstancia que se repite en «Fuera de temporada», una crítica al deseo de poseer, que nos lleva a perder perspectiva y deshumaniza frente a los marcianos por lograr algo que nunca podríamos disfrutar. En «Los observadores», asistimos al éxodo, el regreso masivo a una Tierra que se desangra y deja un Marte solitario. «Los pueblos silenciosos» muestra cómo el deseo y ansia de un solitario por conseguir compañía humana, cuando la obtiene, si no es de nuestro agrado, provoca la huida y un necesario regreso a la soledad.
  • Caída (2026). Han pasado 20 años de guerra en la Tierra. En «Los largos años», un pionero de aquella 4ª expedición inicial regresa a Marte desde los planetas exteriores y encuentra a uno de sus antiguos colegas, quien, para no caer en la locura de la soledad, ha obtenido vida artificial como compañía. En «Vendrán lluvias suaves», la única vida que queda en Marte es la artificial de casas domotizadas. Mientras que en «El picnic de un millón de años» (posiblemente el primero de los relatos de Marte que escribió) la Tierra muere finalmente, para dar paso a una nueva esperanza de marcianos terrestres.

Puede parecer un final triste, pero es hermoso; su lectura, plena de sensibilidad y nostalgia, magia y sentido de la maravilla… Ray Bradbury es así; y, al menos una vez en la vida, hay que volver a leerlo. Es imprescindible, y muy recomendable.

La Sangre de Colón. De Miguel Ruíz Montañez.

Un nuevo thriller, con ritmo trepidante de lectura y vocación de «Best seller», como los anteriores del conocido autor malagueño.

El próximo 12 de Octubre de 2020, día de la Hispanidad en España, día de Colón en los USA, en recuerdo de aquel otro en el que don Cristóbal culminó la proeza de dar a conocer al resto del mundo un nuevo continente, la estatua erigida en su honor en Columbus Circle, en Nueva York, estallará volada en mil pedazos…

Esa es la premisa visionaria de la que parte La Sangre de Colón, la nueva novela de aventuras y misterio, el nuevo thriller ideal para el verano que nos presenta Miguel Ruíz Montañez, autor especializado en tramas ocultas y, en especial, en el personaje del descubridor, desde aquel 2006, quinto centenario de su muerte, en que apareció La Tumba de Colón, convertida pronto en Best seller mundial, traducida a 20 idiomas y con más de 200.000 copias vendidas.

La críptica firma de Colón

La historia orbita en torno a la oscuridad y secretos que envuelven la figura del almirante; su ascendencia, su rostro, su extraña firma con criptogramas y mensajes ocultos, que ordena utilizar a sus descendientes… La aparición en Sevilla de un retrato del navegante realizado en vida, antes de su partida a las Indias, da pie a elucubraciones, propuestas e indagaciones respecto al por qué de la reserva sobre su identidad, que Miguel Ruíz explota con maestría y la truculencia de un Best seller.

Colón nunca se dejó retratar, preservaba su rostro; todas las imágenes que conocemos son posteriores a su muerte, ninguna en vida, y sus descendientes contribuyeron a acrecentar el misterio con una astuta trama opaca de desinformación y silencios. ¿Qué pretendían ocultar… su origen? ¿una dedicación anterior, poco acorde a su nueva posición política? ¿un linaje sucio y nada propicio a la limpieza de sangre que se exigía en la época…? Preguntas y secretos, misterios ocultos que el autor retuerce y maneja con habilidad para tejer unas expectativas de resolución creíbles.

La estatua, en Columbus Circle

Pero la trama no discurre por el misterio sesudo y la investigación académica que se podría suponer. Su vocación de best seller se evidencia en múltiples tramas que se entremezclan y el autor combina con tintes de viva actualidad; como esa lectura revisionista y tendenciosa que hoy se realiza sobre el descubrimiento y cuanto conlleva, demonizando bajo un falso epítome colonialista, esclavista o genocida a sus principales actores (españoles, por supuesto, se obvian las actuaciones nativas e inglesas) y promueve el derribo y violación de estatuas o placas; un tema que Miguel Ruiz explota –literalmente– en una escena de impacto; junto a una subtrama de presunta corrupción económica en la ficticia Columbus Heritage Foundation (trasunto posible de una real CCF), fundación sin ánimo de lucro que se dedica a preservar la herencia italoamericana en los USA; o su rama mexicana, que da origen a un auténtico culebrón de magnates millonarios, matrimonios paralelos, hijos de papá consentidos, alguno ilegítimo o secreto, que devienen en terroristas de parodia trastornados por el muro de vergüenza que promueve Donald Trump.

Escudo de Colón (fotografía de
Miguel Ángel «fotógrafo»)

Hay concesión comercial a la galería en La Sangre de Colón, y un uso magnífico de las técnicas de marketing en tiempo real, que el autor sabe aprovechar con éxito para lanzar el producto y sacar el mayor partido a los convulsos momentos históricos que nos ha tocado vivir. Así, el protagonista, Álvaro Deza, descendiente de aquel Diego de Deza que intercedió ante los reyes católicos en favor de la empresa del almirante, un historiador especializado en la figura de Colón, posee todas las cualidades para haberse erigido en trasunto español del famoso Robert Langdon, erudito y atractivo profesor universitario que protagoniza las novelas long seller de Dan Brown. Sin embargo, nos encontramos ante un investigador varado, embrutecido por su matrimonio con la marquesa, que le abre las puertas de la nobleza y hacen de él un señorito sevillano… hasta que le dan portazo y divorcio en favor de un magnate mexicano, y él no duda en acudir a «Sálvame» como venganza (¿puede haber algo más odioso…?). Sin embargo, funciona y, por suerte, el verdadero rostro de Colón se le aparece y lo salvará de ese mundo… para mostrarnos a un veleta sentimental, que a lo largo de la obra salta y picotea de uno a otro amor ¿verdadero? según el viento que sopla… Hasta que la investigación y el misterio del caso lo redimen.

Uno de los retratos póstumos de Colón

Narrada de forma ágil, la acción mantiene el interés del lector y adquiere un ritmo frenético que hace imposible abandonar la lectura hasta el final. Cuenta el periplo del protagonista de Sevilla a Nueva York, su huida precipitada a Morelos en México, mientras le persigue el FBI; su paso por la capital y Cuernavaca; un clandestino pase de frontera como «espalda mojada» de regreso a los USA, acosado por sicarios, terroristas y, de nuevo, el FBI; más sereno en Nueva York, para concluir en la República Dominicana tan querida del autor, donde prosigue las investigaciones . Y en cada lugar, una pista, un avance, una hipótesis que se desvela.

Miguel Ruíz acude de nuevo a la figura del almirante -de quien es especialista y tan buen resultado le dio con La Tumba de Colón (sin relación con ésta, más allá del personaje histórico)-, para construir un thriller de aventuras muy adecuado a la época, alrededor de sus numerosos secretos y misterios, mensajes ocultos que abren paso a nuevas pistas y conclusiones inesperadas sobre el origen de su sangre o la sangre derramada después.

La Sangre de Colón sigue el rumbo de su antecesora (o las siguientes, El Papa Mago y El País de los Espíritus, para mí la mejor de las tres [reseña aquí]) en una nueva singladura de éxito. Si en la primera el quinto centenario de Colón actuó como revulsivo, en ésta, con mayor soltura literaria, la actual tendencia revisionista de la historia y los ofendiditos de las estatuas sirven como reclamo y disparador de ventas.

La Sangre de Colón, de Miguel Ruíz Montañez, está llamada a convertirse en uno de los Best Seller del año. Ya lo es a nivel local.

Mr GWYN, de Alessandro Baricco

¿Qué sucede cuando un autor en la cúspide decide dejar de escribir? ¿Qué le motiva a hacerlo? ¿Qué hará entonces? ¿Puede realmente un creador de historias abandonar la literatura? Alessandro Baricco analiza y da una respuesta posible a esas y otras cuestiones en una hermosa novela de sensaciones humanas, cargada de sentimientos, algo de suspense y un ligero surrealismo que la hacen más cercana.

No había leído hasta ahora nada de este autor, dramaturgo, periodista y filósofo italiano, elevado a la fama mundial con su novela Seda, un drama costumbrista en el Japón del siglo XIX, traducida a 17 idiomas y adaptada al cine por François Girard (Silk, 2007); aunque deseaba bastante conocer su obra. La historia contemporánea de Mr. Gwyn ha satisfecho con creces mi curiosidad y me ha revelado un gran escritor, sensible, celoso de las formas y muy pendiente del estilo, sencillo, perfeccionista y natural, en el que los personajes conforman su mejor baza, traslucen sus sentimientos en sensaciones y devienen cercanos al lector, más con ese ligero surrealismo de alguno que lo hace entrañable.

La premisa de abandonar la escritura en la cúspide no es nueva; muchos escritores, reales e imaginarios la han cultivado, reflejo de una necesidad imperiosa del yo interior, expresada de forma abstracta y poco clara en ocasiones. Resulta difícil definir por qué se adopta una decisión trascendente, más cuando se ha alcanzado el reconocimiento del público y la crítica; escribir es, en la mayoría de los casos, una droga que crea adicción, placer o necesidad y, como la lectura, casi imposible de abandonar (igual que el vicio un fumador empedernido). Sin embargo, varios lo han hecho, con resignación y tristeza o plenamente convencidos: Juan Rulfo tras componer dos obras maestras, o Harper Lee después de escribir su única novela Matar a un ruiseñor, premio Pulitzer de Literatura. ¿Miedo escénico? ¿reconocimiento tácito a no poder superar lo conseguido… o decisión meditada tras alcanzar cierta edad, como en el caso de Philip Roth? Puede que el propio Baricco, tras el éxito mundial de Seda, sintiera la tentación del vacío extremo al mirar desde la cúspide y se lo planteara (ciertamente, no fue así).

El caso es que Mr Gwyn lo consigue; una determinación trascendente en la crisis de los 40, aunque, en su caso, haga trampas… En primer lugar, porque, junto a otras 52 decisiones fundamentales decide dejar de publicar y -más importante- dejar de escribir libros, tras haber alumbrar tres novelas brillantes, aclamadas por público y crítica. Para compensar, enfoca su creatividad –ese gusanillo que no cesa– hacia el retrato; pero no pictórico, sino literario: será retratista. Con la mirada, captará el alma de las personas, su ser más íntimo y personal, y lo expresará mediante el uso de la palabra; en sólo dos copias, una para él y otra para el cliente; lo que él llama la profesión de «copista«. Y bien que lo logra.

Para ello, elabora un proceso metódico de análisis de la personalidad que va a retratar, en el que, ambos, a solas, en un estudio alquilado, desnuda la persona que posa y en completo silencio, envueltos en un fondo de música y sonidos expresamente encargado para la ocasión, durante cuatro horas diarias, a la luz de dieciocho bombillas especiales que se extinguirán secuencialmente en unos treinta y dos días, Mr Gwyn mira y observa, analiza y toma notas, apuntes manuscritos que bosquejan lo que, poco después de finalizar ese plazo, entregará como el retrato más exacto y realista del asombrado cliente. Y ninguno queda insatisfecho.

Hay, sin embargo, una dualidad intrínseca al criterio de selección (que intuyo reflejo del propio autor) y, obligatoriamente, han de entrar en conflicto. Por un lado, la metodología, sopesada, meticulosa, estricta en su cumplimiento, severa en su concepción (como su escritura); por otro, esa anarquía inherente al arte y la belleza -sea pintura o escritura-, la libertad que requiere el proceso creativo, enemigo de barreras y cadenas que lo restrinjan… y el conflicto llega.

Pero más que el método y sus consecuencias o la misma historia, son los personajes quienes soportan el peso de la narración; su sensibilidad, sus límites, la naturalidad de sus gestos y expresiones, su debilidad, que es, al tiempo, su fuerza. Baricco no dibuja caracteres detallados o en profundidad sino simples trazos, esbozos definidos de sus vidas, pero reflejo acertado de una personalidad, que capta y define a la perfección; como el pintor expresionista que captura la esencia de una escena en sólo unos trazos o manchas de color, pero te arranca en ocasiones una sonrisa cómplice o lágrimas de emoción. Jasper Gwyn decidido y ambiguo, claro en principio y misterioso en realidad. Rebecca, su asistente y cómplice, parece indecisa y resignada a su gordura, pero será quien recoja la antorcha cuando todo se oscurece y nos conduzca a la luz. Tom, su editor y amigo personal, que se escandaliza y rechaza la decisión de su gallina de los huevos de oro, pero sucumbe a la tentación de dejarse retratar. El tierno y encantador viejecito de las bombillas a quien dedica su obra (y en cuyos labios pone un pensamiento propio: «siento debilidad por los que desaparecen»); o esa sublime señora mayor del pañuelo impermeable, que un día encuentra en la consulta y convierte en la amiga surrealista que le provee de consejos vitales; cada uno de los clientes que posan para él, «magistralmente dibujados en pocas pero significativas pinceladas. Un fascinante mosaico de vida real y perdida»… Ternura, sensibilidad, maestría, sonrisas y lágrimas de satisfacción… sensaciones vivas.

La historia concluye en un giro sorpresa, esencia misma del juego arriesgado en el que Mr Gwin se involucra con personalidad dual. Tras capturar con la mirada la psiquis y los sentimientos de unas almas desnudas, éstas, necesariamente, han de influir en la suya y hacer que sucumba a la tentación. Será Rebecca quien, con el tiempo, desentrañe el misterio y nos lo aclare, sin llegar a entenderlo por completo ella misma…

Alessandro Baricco, un artesano de la escritura, construye de forma pausada una narración poética de exquisita sensibilidad y ternura sobre la búsqueda de uno mismo y la inquietud por lo oculto, la exploración de lo nuevo que se esconde en lo cotidiano y rutinario de nuestras vidas.

Y ofrece una respuesta contundente a las preguntas del encabezado: aunque el escritor quiera abandonar la escritura, ésta nunca va a dejar que lo haga.

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