DELTA DE VENUS. El erotismo vanguardista de ANAÏS NIN.

Fue una mujer inquieta, rupturista en sus obras y forma de actuar, en cómo escribía y vivía, sin complejos ni falsedades. «Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré al mundo. Me adapto a mí misma».

Nacida en Francia en 1903, de origen cubano-español (fue bailarina de flamenco) y nacionalizada más tarde norteamericana, se casó a los 19 años con un banquero (del que nunca se divorció porque le permitía devaneos y necesitaba su dinero), su vida aburrida da un giro en 1930, cuando comienza a escribir y relacionarse con grandes figuras de la literatura y el arte e interesarse por el psicoanálisis. Tuvo numerosos amores y amantes, entre ellos Henry Miller (es una de las protagonistas de «Trópico de Cáncer») y su mujer June, quien la inició también en el voyeurismo. En 1939, ya en América, tras ejercer un tiempo como psicoanalista, se convierte en la primera mujer que publica relatos eróticos en los USA; además de confeccionar sus propios libros y de sus amigos en una rudimentaria imprenta casera. La fama no le llegó hasta 1966, con la publicación de sus Diarios, entresacados de los que escribía desde los 11 años (unas 35.000 páginas íntimas, hoy publicadas en siete volúmenes).

«El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía»

En los años 40 comienza a escribir (por dinero, a 1$ la página, junto a Henry Miller y otros autores) relatos erótico-pornográficos para un coleccionista privado que les exigía sexo, sin emociones ni romanticismo, «sin poesía». Dichos relatos conforman la base de Delta de Venus. Pero no los publicó. Pensaba que siendo relatos forzados no podían contener una esencia femenina, que fueron escritos bajo la perspectiva del sexo que desea un hombre y con un lenguaje masculino; y los olvidó. Treinta años más tarde, en los años ’70, ya famosa tras la publicación de sus Diarios, los relee y descubre que su propia voz no había quedado ahogada, que «intuitivamente había utilizado un lenguaje de mujer que ve la experiencia sexual desde una perspectiva femenina» y autoriza su publicación «porque muestran los esfuerzos iniciales de una mujer en un mundo que había sido dominio exclusivo de los hombres».

Hay de todo en Delta de Venus. Los primeros relatos parecen más una llamada de atención, un inicio impactante para dejar claro que también una mujer puede escribir sobre temas escabrosos sin inmutarse. Sus finales son abruptos, inesperados y hasta desagradables, como si formaran parte de ese «tour de force» que -inconscientemente- mantiene con el coleccionista para darle lo que pide, que no es lo que ella prefiere. Son relatos de sexo más que sensuales. Sin embargo, despacio, progresivamente, su voz propia va surgiendo en relatos de contenido fantástico, por lo exagerado de ciertas situaciones, pero no exentos de sensualidad y cierto encanto de principiante que se inicia en el sexo abierto; como en Marianne, la secretaria que lee con envidia los relatos que pasa a máquina antes de ser entregados; o la simpática historia de voyeurismo con final moralizante. Es cierto que de leerlos seguidos, sin pausa, pueden provocar empacho, cierto hartazgo; pero que nadie se decida a dejarlo. No sin haber leído «Elena«, quizás el mejor relato del libro, también el más largo, pues muestra (en sus palabras) «que las mujeres nunca hemos separado el sexo del sentimiento», sea cual sea la relación que mantenga.

“Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo. Libre o no libre, casado o soltero, heterosexual u homosexual, son aspectos que varían de cada persona. Hay quienes son más expansivos, capaces de varios amores. No creo que exista una única respuesta para todo el mundo”

Diarios. Anaïs Nin.

En «Elena», Anaïs Nin construye la historia incompleta de un proceso, la evolución de su protagonista en el erotismo, el sexo expansivo y sus variantes. Y lo hace de una forma realista, creíble, sin carencia de sensualidad o los sentimientos que justifican su evolución, los cambios que requiere un proceso de crecimiento erótico en expansión. No es baladí que la protagonista inicie el relato con la lectura de «El amante de Lady Chatterley», de D.H. Lawrence, que tan bien conoce la autora y fue origen de su primer ensayo. Hay guiños en la obra que sugieren un reflejo de su propia historia en la persona de Elena: su edad y la de Pierre cuando se conocen, 28 y 40 años, los que tenían Anaïs y Henry Miller al hacerse amantes; o sus amoríos con June, quien la inicia en una nueva sensualidad cuando alcanza a su maestro; igual que Elena, cuyo conocimiento de una pareja de amigos homosexuales (Miguel y Donald, una relación tierna, no exenta de problemas) despierta en ella el lado masculino de su sexualidad, que satisface con Laila y la prostituta Bijou, un trío de mujeres narrado con un detallismo tan explícito y excitante como sólo la voz de una mujer podría describir y agradar a féminas y hombres por igual (en el Club de Lectura sólo dos mujeres de seis manifestaron no haber disfrutado el libro). Uno no deja de pensar que si hoy, en una sociedad abierta -por mucho que ande en retroceso- su lectura puede desagradar, cuánto más debió escandalizar en los años ’40, cuando la escribió.

La historia «El vasco y Bijou» es parecida (podría ser su continuación, si no fuera porque la descripción de la prostituta es diferente) pero resulta menos personal y continua; fragmentos de historias enlazadas y episodios no tan realistas, con fantasías y anécdotas poco naturales, le privan de la verosimilitud anterior y lo acercan (que ya es mérito) a lo que hoy podría ser el guion de una buena película porno, negro incluido. No por ello carece de momentos simpáticos y conseguidos, como el ojo clínico de la madame para adjudicar la prostituta que más se ajuste al cliente con sólo mirar su bragueta, la reacción de la voyeur cuando el vasco la requiere como partícipe, o los bailes de alta sociedad en el parque, cuando se apagan las luces durante periodos de tiempo cada vez más prolongados.

El resto de relatos son también entretenidos, pero sin la calidad de transmitir sensaciones o la calidez de los ya comentados.

Por casualidad, he descubierto la película de igual título (Delta of Venus; Rey Zalman, 1995), ambientada en el París previo a la II Guerra Mundial, que adapta libremente el libro de Anaïs Nin. No he llegado a verla; su puntuación en IMBD no es muy buena (4,7 sobre 10) y peor en Filmaffinity (3,8); pero a tenor de las pocas escenas visualizadas me gustaría hacerlo, y comprobar si reproduce la misma sensualidad que destila el libro.

Acompaño el trailer y algunas escenas abajo.

Para concluir, decir que leer Delta de Venus me ha gustado, bastante; en ocasiones, incluso me ha resultado excitante, más que aquel «Trópico de Cáncer» de Henry Miller (voz de varón) que leí en mi juventud. Y me ha permitido conocer a Anaïs Nin, una mujer liberada que quiso ser escritora y lo consiguió con voz propia, y que -pese a su vida y temáticas transgresoras- recibió un doctorado honoris causa del Philadelphia College of Art y fue nombrada miembro de la Academia Estadounidense de las Letras y las Artes, en 1974, poco antes de morir. Una mujer que vivió la vida como deseaba.

No es poco…

«La única anormalidad es la incapacidad de amar»

Anaïs NIN

CRÓNICAS MARCIANAS, el Marte lírico y naif de RAY BRADBURY.

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Conmemorar el centenario de un precursor como Ray Bradbury releyendo sus Crónicas Marcianas, supone, par mí, adentrarme de nuevo en esa concepción tranquila y cotidiana del universo, lejos de los efectos especiales que hoy se presuponen inherentes a toda obra de ciencia ficción; serena en su enfoque, lírica por el uso de un lenguaje más poético que tecnológico, casi naíf es su concepción por la presunta inocencia (que no ingenuidad) en su visión de un mundo nuevo, diferente, hacia el que, en 1950, supo enfocar la mirada de todos los soñadores. Una época en la que -aunque ya se utilizaban los cohetes V2 incautados a los alemanes para analizar y medir la atmósfera- en América aún faltaban ocho años para lanzar el primer satélite Vanguard (Rusia puso en órbita el satélite artificial Sputnik en octubre de1957). Bradbury fue el padre literario de muchos astronautas, a los que inspiró su vocación de pioneros en la conquista del espacio.

Sus relatos recuerdan las ensoñaciones de un creador que ama la literatura y la fantasía mientras espera el nacimiento de su primer hijo; evocan su infancia, los recuerdos que obtuvo en el pueblo que le vio nacer, donde se crió, entre hamacas a la sombra de un porche, mirando hacia las estrellas. O, en sus propias palabras, «son apartes sheakesperianos de pensamientos dispersos, visiones en noches largas, sueños parciales al alba … párrafos medio líricos, medio prosaicos». La imagen de un cohete (concebido en sus relatos como un bien a disposición de todos, un automóvil en ese futuro soñado) junto al viejo granero de madera refleja a la perfección esa imagen del futuro naíf, soñado, que transmiten sus historias (por algún lado -imagino- debe esconderse una lata de sopa de tomate Campbell…).

¿Pero es en verdad ciencia ficción?

Él mismo lo dudaba: «en el libro sólo hay un relato que responda a las leyes de la física tecnológica». Se refiere, claro está a «Vendrán lluvias suaves«, la historia donde anticipa a la perfección una casa domótica, plenamente automatizada, de las que hoy, 70 años más tarde, hay pocas; o esas aspiradoras tipo «roomba», con forma de ratones mecánicos que recogen cualquier mota que cae al suelo apenas lo toca; o los barcos que se deslizan sobre la arena… Sólo por eso es ciencia ficción, aunque en su interior lo conciba como ensoñaciones de fantasía prosaicas, plenas de fatalismo hamletiano. Aunque, ¿qué más da la etiqueta que se le ponga?. En el fondo, son mitos, puro Mito. Y él lo sabía:

«La ciencia y las máquinas pueden anularse mutuamente o ser reemplazadas. El mito (…), si no es inmortal, prácticamente lo parece».

Concebidos inicialmente como relatos dispersos publicados en revistas de anticipación, no duda en aceptar la oferta de recopilar sus relatos marcianos (hay varias ediciones, en las que cambió, se quitaron o incluyó unos u otros), para lo cual esa misma noche, sin tenerlos a mano, elabora una lista en secuencia y escribe algún otro, como transición entre bloques de lo que concibió –o yo quiero ver– como evolución, auge y caída de un imperio marciano, en un futuro (demasiado corto y muy lejano por entonces) de sólo 27 años, que -hoy- nos arranca una sonrisa:

  • Los Pioneros (1999-2000). Las primeras incursiones al planeta, pequeñas expediciones, que conectan telepáticamente con los marcianos nativos y terminan todas de forma trágica. Compuesta por los relatos «El verano del cohete», «Ylla», «Noches de verano», «Los hombres de la Tierra», «El contribuyente» y «La tercera expedición», entre los que destaca este último -algo más largo-, que recalca el enfrentamiento (tranquilo) entre dos culturas muy diferentes, que no pueden convivir a la par.
  • Asentamiento y colonización (2001). «Aunque siga brillando la luna» es un relato poético, basado en un poema de Lord Byron, en el que algunos protagonistas comienzan a entrever, como sucedió en el oeste americano, que la llegada de los nuevos colonos conlleva la devastación de la cultura nativa. «Los colonos» y, sobre todo «La mañana verde», en el que se produce una sorprendente terraformación ecológica del planeta con árboles y plantas, confirman el hecho.
  • Expansión (2002-2003). Los marcianos nativos casi han desaparecido, puede que exterminados por una plaga o por su decisión de abandonar los cuerpos físicos y convertirse en globos de energía azul. La variedad de historias es notable, desde «Las langostas» (una plaga de 90.000 cohetes ) o el exquisito y poético «Encuentro nocturno» a través del tiempo, entre un terrestre y un marciano que se respetan pero no se entienden; o «La costa» donde irrumpen olas de americanos (porque son americanos los que llegan) y con ellos la religión: «Los globos de fuego» es una entretenida discusión teológica entre dos sacerdotes, sobre la bondad y el pecado en un mundo sin humanos, o las muchas manifestaciones de un Dios que ya no puede ser patrimonio terrestre. En «Intermedio» y «Los músicos» nos deja entrever la realidad de las ciudades construidas, iguales a las de la Tierra, o la destrucción y arrase impúdico de las anteriores, marcianas. «El desierto» rememora aquella -prácticamente coetánea- caravana de mujeres, de William A. Wellman (1951), mientras «Un camino a través del aire» supone un alegato antirracista sobre la envidia y el desconcierto de quienes se creen amos superiores, frente a la solidaridad racial.
  • Auge y Decadencia (2004-2005). Cuentos de contenido diverso, con una clara tendencia a lo que ha de suceder, de forma inevitable. «La elección de los nombres» es un guiño a «El Gatopardo» (1954), un anticipo al mensaje de Giuseppe Tomasi di Lampedusa y el cómo cambiamos todo para que nada cambie y siga como nos interesa. «Usher II», posiblemente el más friki de los relatos, un homenaje a Poe y la imaginación creadora, y una venganza frente a la quema de libros a lo largo de la historia (¿anticipo de Farenheit 451 [1953]). «El marciano», o la sensibilidad por la pérdida y añoranza de los seres queridos, a los que reconocemos y damos forma egoísta en un Doppehänger formado de nuestros recuerdos. «La tienda de equipajes» supone el primer síntoma de decadencia, con noticias de la Gran Guerra y la primera reutilización de un personaje previo; circunstancia que se repite en «Fuera de temporada», una crítica al deseo de poseer, que nos lleva a perder perspectiva y deshumaniza frente a los marcianos por lograr algo que nunca podríamos disfrutar. En «Los observadores», asistimos al éxodo, el regreso masivo a una Tierra que se desangra y deja un Marte solitario. «Los pueblos silenciosos» muestra cómo el deseo y ansia de un solitario por conseguir compañía humana, cuando la obtiene, si no es de nuestro agrado, provoca la huida y un necesario regreso a la soledad.
  • Caída (2026). Han pasado 20 años de guerra en la Tierra. En «Los largos años», un pionero de aquella 4ª expedición inicial regresa a Marte desde los planetas exteriores y encuentra a uno de sus antiguos colegas, quien, para no caer en la locura de la soledad, ha obtenido vida artificial como compañía. En «Vendrán lluvias suaves», la única vida que queda en Marte es la artificial de casas domotizadas. Mientras que en «El picnic de un millón de años» (posiblemente el primero de los relatos de Marte que escribió) la Tierra muere finalmente, para dar paso a una nueva esperanza de marcianos terrestres.

Puede parecer un final triste, pero es hermoso; su lectura, plena de sensibilidad y nostalgia, magia y sentido de la maravilla… Ray Bradbury es así; y, al menos una vez en la vida, hay que volver a leerlo. Es imprescindible, y muy recomendable.

Mr GWYN, de Alessandro Baricco

¿Qué sucede cuando un autor en la cúspide decide dejar de escribir? ¿Qué le motiva a hacerlo? ¿Qué hará entonces? ¿Puede realmente un creador de historias abandonar la literatura? Alessandro Baricco analiza y da una respuesta posible a esas y otras cuestiones en una hermosa novela de sensaciones humanas, cargada de sentimientos, algo de suspense y un ligero surrealismo que la hacen más cercana.

No había leído hasta ahora nada de este autor, dramaturgo, periodista y filósofo italiano, elevado a la fama mundial con su novela Seda, un drama costumbrista en el Japón del siglo XIX, traducida a 17 idiomas y adaptada al cine por François Girard (Silk, 2007); aunque deseaba bastante conocer su obra. La historia contemporánea de Mr. Gwyn ha satisfecho con creces mi curiosidad y me ha revelado un gran escritor, sensible, celoso de las formas y muy pendiente del estilo, sencillo, perfeccionista y natural, en el que los personajes conforman su mejor baza, traslucen sus sentimientos en sensaciones y devienen cercanos al lector, más con ese ligero surrealismo de alguno que lo hace entrañable.

La premisa de abandonar la escritura en la cúspide no es nueva; muchos escritores, reales e imaginarios la han cultivado, reflejo de una necesidad imperiosa del yo interior, expresada de forma abstracta y poco clara en ocasiones. Resulta difícil definir por qué se adopta una decisión trascendente, más cuando se ha alcanzado el reconocimiento del público y la crítica; escribir es, en la mayoría de los casos, una droga que crea adicción, placer o necesidad y, como la lectura, casi imposible de abandonar (igual que el vicio un fumador empedernido). Sin embargo, varios lo han hecho, con resignación y tristeza o plenamente convencidos: Juan Rulfo tras componer dos obras maestras, o Harper Lee después de escribir su única novela Matar a un ruiseñor, premio Pulitzer de Literatura. ¿Miedo escénico? ¿reconocimiento tácito a no poder superar lo conseguido… o decisión meditada tras alcanzar cierta edad, como en el caso de Philip Roth? Puede que el propio Baricco, tras el éxito mundial de Seda, sintiera la tentación del vacío extremo al mirar desde la cúspide y se lo planteara (ciertamente, no fue así).

El caso es que Mr Gwyn lo consigue; una determinación trascendente en la crisis de los 40, aunque, en su caso, haga trampas… En primer lugar, porque, junto a otras 52 decisiones fundamentales decide dejar de publicar y -más importante- dejar de escribir libros, tras haber alumbrar tres novelas brillantes, aclamadas por público y crítica. Para compensar, enfoca su creatividad –ese gusanillo que no cesa– hacia el retrato; pero no pictórico, sino literario: será retratista. Con la mirada, captará el alma de las personas, su ser más íntimo y personal, y lo expresará mediante el uso de la palabra; en sólo dos copias, una para él y otra para el cliente; lo que él llama la profesión de «copista«. Y bien que lo logra.

Para ello, elabora un proceso metódico de análisis de la personalidad que va a retratar, en el que, ambos, a solas, en un estudio alquilado, desnuda la persona que posa y en completo silencio, envueltos en un fondo de música y sonidos expresamente encargado para la ocasión, durante cuatro horas diarias, a la luz de dieciocho bombillas especiales que se extinguirán secuencialmente en unos treinta y dos días, Mr Gwyn mira y observa, analiza y toma notas, apuntes manuscritos que bosquejan lo que, poco después de finalizar ese plazo, entregará como el retrato más exacto y realista del asombrado cliente. Y ninguno queda insatisfecho.

Hay, sin embargo, una dualidad intrínseca al criterio de selección (que intuyo reflejo del propio autor) y, obligatoriamente, han de entrar en conflicto. Por un lado, la metodología, sopesada, meticulosa, estricta en su cumplimiento, severa en su concepción (como su escritura); por otro, esa anarquía inherente al arte y la belleza -sea pintura o escritura-, la libertad que requiere el proceso creativo, enemigo de barreras y cadenas que lo restrinjan… y el conflicto llega.

Pero más que el método y sus consecuencias o la misma historia, son los personajes quienes soportan el peso de la narración; su sensibilidad, sus límites, la naturalidad de sus gestos y expresiones, su debilidad, que es, al tiempo, su fuerza. Baricco no dibuja caracteres detallados o en profundidad sino simples trazos, esbozos definidos de sus vidas, pero reflejo acertado de una personalidad, que capta y define a la perfección; como el pintor expresionista que captura la esencia de una escena en sólo unos trazos o manchas de color, pero te arranca en ocasiones una sonrisa cómplice o lágrimas de emoción. Jasper Gwyn decidido y ambiguo, claro en principio y misterioso en realidad. Rebecca, su asistente y cómplice, parece indecisa y resignada a su gordura, pero será quien recoja la antorcha cuando todo se oscurece y nos conduzca a la luz. Tom, su editor y amigo personal, que se escandaliza y rechaza la decisión de su gallina de los huevos de oro, pero sucumbe a la tentación de dejarse retratar. El tierno y encantador viejecito de las bombillas a quien dedica su obra (y en cuyos labios pone un pensamiento propio: «siento debilidad por los que desaparecen»); o esa sublime señora mayor del pañuelo impermeable, que un día encuentra en la consulta y convierte en la amiga surrealista que le provee de consejos vitales; cada uno de los clientes que posan para él, «magistralmente dibujados en pocas pero significativas pinceladas. Un fascinante mosaico de vida real y perdida»… Ternura, sensibilidad, maestría, sonrisas y lágrimas de satisfacción… sensaciones vivas.

La historia concluye en un giro sorpresa, esencia misma del juego arriesgado en el que Mr Gwin se involucra con personalidad dual. Tras capturar con la mirada la psiquis y los sentimientos de unas almas desnudas, éstas, necesariamente, han de influir en la suya y hacer que sucumba a la tentación. Será Rebecca quien, con el tiempo, desentrañe el misterio y nos lo aclare, sin llegar a entenderlo por completo ella misma…

Alessandro Baricco, un artesano de la escritura, construye de forma pausada una narración poética de exquisita sensibilidad y ternura sobre la búsqueda de uno mismo y la inquietud por lo oculto, la exploración de lo nuevo que se esconde en lo cotidiano y rutinario de nuestras vidas.

Y ofrece una respuesta contundente a las preguntas del encabezado: aunque el escritor quiera abandonar la escritura, ésta nunca va a dejar que lo haga.

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EL EXCÉNTRICO SEÑOR DENNET. De Inma Aguilera.

Una novela personal que aúna tres géneros: Histórico, Romántico y Ciencia Ficción. Una historia de época, donde el amor trasciende la lógica y el tiempo, por una joven y premiada escritora malagueña con gran proyección y mucho por contar en el futuro.

Inma Aguilera es una joven inquieta. Licenciada en periodismo, profesora investigadora en la UMA, locutora, actriz de doblaje, dibujante galardonada, coordinadora de club de lectura… y escritora, desde los 15 años, con dos libros libros publicados hasta el momento: El aleteo de la mariposa (ganadora del XXI Premio Ateneo Joven de Sevilla, en 2016, publicada por Editotial Algaida) y la que tratamos aquí, El excéntrico señor Dennet (mención especial del jurado en el VIII Premio internacional HQÑ), publicada por HarperCollins.

La historia del señor Dennet (mejor dicho, de Eugenia Cobalto, Nia, su protagonista), se sitúa en la Málaga industrial de 1848 y por sus páginas desfilan los personajes más singulares de aquella época, como Amalia Heredia Livermore, hija de Manuel Agustín Heredia, mujer culta, inteligente, mecenas y promotora de las artes y la cultura, o su marido Jorge Loring, ingeniero, empresario, político liberal y primer Marqués de la casa Loring por sus actos humanitarios y, ambos, impulsores de la industria y cultura malagueñas, a los que se deben, entre otros, los Altos Hornos malagueños, la Compañía de Ferrocarriles Andaluces, el Jardín Botánico Histórico de La Concepción o el Museo Loringiano (iniciado con las tablas romanas de la Lex Flavia Malacitana); pero también D. Antonio Cánovas del Castillo, que fue presidente del gobierno y uno de los políticos más brillantes de su tiempo. La ambientación histórica es adecuada, apoyada con imágenes de la bulliciosa Alameda Principal o la fábrica de La Constancia, fruto de una buena labor de investigación que la autora realiza en el Archivo Municipal, el Museo de la Aduana o la propia Universidad de Málaga, donde trabaja y se forma.

Amalia Heredia Livermore.
Dibujo de la autora

Pero si hay algo que destaca y llama la atención en la obra son las constantes referencias a libros y autores conocidos, admirados por Nia (trasunto y proyección indiscutible de la propia autora en su personaje), entre los que destacan las firmas femeninas. Desde Jane Austen y las Hermanas Brontë a Mary Shelley y su Frankenstein; pero también nombres indiscutibles como los coetáneos Lewis Carroll, Hans Christian Andersen, Oscar Wilde y Jules Verne, o los ya modernos George Orwell, J.R.R.Tolkien, Ursula K. LeGuin, Andrzej Sapkowsky, Terry Pratchett y otros muchos… ¿Cómo, que no son autores de la época…? Amigos, ese es uno de los alicientes que sorprenden en la obra, su componente de Ciencia Ficción y el secreto de la excentricidad del señor Dennet, sobre el que no abundaré para no restar interés a la lectura.

Nia, la protagonista, es una mujer adelantada, fuera de su época incluso antes de conocer a Dennet. Huérfana de madre, culta pese a pertenecer a una clase social baja, lectora empedernida incluso en inglés, posee la inmensa fortuna de haberse criado junto a Amalia (es hija del encargado de la fábrica La Concepción, de Manuel Agustín Heredia) y ser su amiga personal; eso la favorece. También -como la «Jo» March de Mujercitas– es escritora. Extraña un tanto su apellido, Cobalto, poco habitual en la época y menos -supongo- entre su clase social, fruto del cromatismo visual que la escritora asocia a sus personajes; junto a Amalia, disfruta de las historias escritas por mujeres y las novelas científicas que les suministra su tío, viajante habitual al extranjero. Su vida (y la de la alta sociedad malagueña) se verá alterada con la llegada del excéntrico señor Dennet.

Encuadrada en una colección de novela romántica, el romance está presente tanto en el enamoramiento de Amalia Heredia y Jorge Loring, que desemboca finalmente en la realidad histórica de su boda, como en el de Nia con Abrosse Dennet, aunque éste sea un tanto especial, trascienda el género y entre de lleno en el tercero de los que trata. La parte de ciencia ficción no la destapo, para mantener la intriga que la autora no desvela en las entrevistas realizadas (habrá otras cosas, por tanto, que le comente en persona y aquí silencio…).

Como anécdota, indicar que el término «ficción científica» que Nia y Amalia u otros utilizan para encuadrar el género de las obras que leen y a ella tanto le apasionan no corresponde a la época; es bastante posterior (más tarde se utiliza abiertamente «ciencia ficción», aunque está justificado). No sería hasta 1926 -cuando Hugo Gernsback lo utilice en la portada de la revista Amazing Stories- que la expresión se extienda y generalice; hasta entonces, las novelas y cuentos que hoy encuadramos como «ficción científica» o «ciencia ficción» se conocía como «de mundos perdidos«, «viajes fantásticos» o, simplemente, «novelas científicas«.

Con todo, la obra es muy entretenida, bien escrita y documentada y se deja leer con gusto. Sobre todo, demuestra un gran amor por los libros, la pasión de la protagonista (y la autora) por la lectura en general y, muy especialmente, por la literatura fantástica y de ciencia ficción, hasta alcanzar un extremo friki (palabra que abunda en el texto; la propia autora se define como tal) en su concepción más milenial. Porque ¿puede ser más friki una obra que, en caso de interesar la física cuántica, recomienda seguir a Sheldon Cooper en la serie «The Big Band Theory»…? Definitivamente, muy milenial (dicho con toda mi admiración y respeto, pues me encantan el personaje y la serie, y me considero más friki que la autora; aunque sólo sea por los años… que a milenial ya no llego. Ya quisiera).

En resumen, una obra divertida, culta y con raíces malagueñas, ecléctica hasta la sorpresa, de una joven inquieta, enamorada de la cultura literaria y visual, que se documenta y escribe bien, aspira a más y te entretendrá con sus múltiples guiños.

Inma Aguilera dará mucho que hablar en el futuro. Seguro.

Episodios Nacionales: Trafalgar. De Benito Pérez Galdós

El primero de los Episodios Nacionales, la obra magna de un gran escritor, narrador, dramaturgo y cronista del siglo XIX, considerado por muchos el mayor novelista español después de Cervantes.

Este episodio, al igual que las 10 novelas que componen la primera serie, está narrado desde la visión de un niño de Cádiz, un pícaro de 14 años que más adelante conoceremos como Gabriel de Araceli, que narra, en primera persona, experiencias y vicisitudes propias y las costumbres de una época, un periodo trascendente de nuestra historia, que va desde Trafalgar a la Guerra de la Independencia frente al invasor francés.

Los Episodio Nacionales forman un corpus de 46 novelas cortas agrupadas en cinco series, cada una con un narrador común; una obra magna en su conjunto, precursora de la novela histórica actual, que abarca setenta años de nuestra historia (entre 1805 y 1875) en forma de folletín costumbrista, el que las aventuras de los protagonistas se cruzan con los grandes sucesos de aquellos años, narrados desde la perspectiva cambiante del autor en el momento en que escribe cada serie: el fervor épico de la primera (Guerra de la Independencia), sus ideas liberales en la segunda (lucha entre liberales y absolutistas), la más radical y anarco-socialista de la tercera (primera guerra carlista) y cuarta (revolución de 1848 hasta la caída de Isabel II), y el escepticismo de la última (restauración borbónica de Alfonso XII).

En Trafalgar, el niño Gabriel recuerda los momentos felices de su niñez en las playas de Cádiz, una madre viuda a la que adora y un tío borracho que los maltrata. A los 14 años queda huérfano, momento en el que inicia una vida de trapicheos y consigue escapar de la leva obligatoria al ser acogido como paje por don Alonso Gutiérrez de Cisniega, antiguo capitán de navío, retirado por la edad y sus heridas, que le evita transitar la senda dickensiana de penurias a la que estaba abocado. Su vida con la familia se convierte en un retrato costumbrista de la época, algo excesivo, quizás, para el gusto de hoy: los juegos infantiles con la niña de la casa, su enamoramiento y celos hacia el pretendiente… En la descripción del matrimonio también utiliza estereotipos demasiado arquetípicos: doña Francisca, la buena señora de gran corazón y verbo exuberante (la voz sensata del pueblo, tal vez, invalidada por sus modales), que siempre se queja de la armada y la guerra, o el caballero, que no habla sino de barcos, antiguas batallas y el error ajeno que le costó la derrota y la herida que le invalida; y un tercer componente, Marcial, marinero y confidente del marido, compañero de aventuras marinas y de agua dulce, lisiado múltiple en diversas batallas que, en conjunto, le convierten en un remedo de aquel gran marino y estratega que fue, cien años antes, Blas de Lezo; y, como aquel, conocido con el mote de «medio hombre«, por las muchas mutilaciones que sufre en su anatomía.

El Santísima Trinidad

Pero, una vez superado el introito costumbrista de la época, en el que no faltan notas de humor como el «cuñadismo» de Marcial o el «fantasmeo» de Malespina [términos ambos de nuevo cuño, pero de rancio abolengo a lo que se ve]), y tras las rocambolescas peripecias que conducen al embarque del trío (Gabriel y los dos marinos jubilados) en el mayor buque de guerra construido hasta la fecha, el Santísima Trinidad, Galdós da inicio a la aventura, la gran batalla naval que tuvo lugar junto al cabo Trafalgar el 21 de junio de 1805, que supuso la derrota de la armada española, aliada a la francesa de Napoleón, a manos de los ingleses.

Y, en Galdós, aventura es sinónimo de realidad, documentada y veraz, por la cercanía de los hechos (68 años antes) y el haber contado con el testimonio de un viejecito simpático, ataviado de levita y chistera anticuadas, de apellido Galán, que encontró en Santander, que había participado en la batalla como grumete a bordo del Santísima Trinidad. Suyos son, pues, los recuerdos que don Benito plasma en la obra, aderezados con sus pensamientos y verbo florido. Suya la experiencia y vivencias que narra en primera persona Gabriel, cronista improvisado pero avatar indiscutible de aquel otro que vivió los hechos en realidad. No obstante, no considero suyas -de Galán– sino del autor, las sensaciones múltiples que transmite, sus sentimientos cambiantes, las emociones y pesares que nos traslada al describir hechos y personas, sus actitudes y poses extremas.

En este sentido, Galdós, como cronista de una época cercana a la suya, muestra ecuanimidad al transcribir las percepciones del personaje y su visión del enemigo, «el pérfido inglés», primero con la visión de un niño de playa que los considera -por lo que ha oído- poco menos que demonios, piratas sin patria ni sentimientos, bandera ni honor, y la realidad, que muestra a sus ojos vírgenes la verdad de unos seres iguales a los que conoce, tan humanos y pérfidos como los suyos -los nuestros, «los españoles«-, capaces de sentir desprecio (como el que sienten los suyos en el «entierro» marino de su tío fallecido) o, tras la batalla, atender a los heridos de ambos bandos, aunque sean prisioneros. También realista, cuando describe un combate plagado de heridos y muertos sin recrearse en la sangre y dolor que le son propios, pero mostrando con toda crudeza el sufrimiento que le acompaña (que atempera con toques de humor en las palabras de Marcial y Malespina).

Un Galdós crítico, que analiza (con la voz sensata -aunque incómoda- de doña Francisca) las causas de una derrota, justificada -con acierto- en los errores del mando francés, un almirante Villeneuve desprestigiado, en una guerra que no era nuestra y a la que nos vimos arrastrados por los acuerdos con Napoleón.

Crítico también con nuestro mando principal, que no supo imponer la decisión de todos los comandantes de navíos españoles –Churruca y Alcalá Galiano entre ellos- de no combatir al inglés en mar abierto. Gravina, también en contra, no tuvo la inteligencia emocional suficiente para negarse cuando Villeneuve invocó al valor (un exceso de testosterona ha sido siempre el mal de nuestros compatriotas; cuánto más del ejército).

Y crítico, asimismo, cuando compara –sin acritud, pero ahí está– la situación de ambas armadas: más numerosa, preparada y profesional la inglesa, con Nelson al mando; mal pagados nuestros cuadros y mal pertrechada la tropa (otros males endémicos del país) por mucho valor que pusieran; y una marinería poco especializada, obtenida por la leva obligatoria, compuesta de ancianos, mendigos, campesinos, soldados de infantería y reclusos liberados.

Con todo, la historia hubiese sido distinta de haber mantenido la flota en Cádiz como proponían nuestros ilustres marinos: la durísima tormenta que tuvo lugar tras la batalla habría desarbolado gran parte de la armada inglesa en alta mar. Quizás, así, el almirante Nelson no hubiese muerto en la batalla; ni nuestros comandantes. Pero la historia es la que es…

Muerte de Nelson en Trafalgar, obra de Denis Dighto

Tras la batalla y la tempestad, un Gabriel superviviente y testigo de la derrota, no soporta las desventuras del amor juvenil y encamina sus pasos hacia Madrid, donde continuará sus aventuras a lo largo de otras diez novelas (nueve en realidad), transitando por los Episodios Nacionales que componen la primera serie; en la corte de Carlos IV, los levantamientos del 2 de mayo, la batalla de Bailén, Chamartín, Zaragoza, Gerona y Cádiz, con Juan Martín el Empecinado, hasta la batalla de los Arapiles, el 22 de julio de 1812. Todo un folletín de aventuras que utiliza su figura como fondo y excusa perfecta para enlazar y contarnos los hechos relevante que tuvieron lugar durante la Guerra de la Independencia, verdadera protagonista de esta historia.

Pérez Galdós, por Joaquín Sorolla

Los Episodios Nacionales recrean una parte de nuestra historia pasada, una crónica novelada pero realista y veraz, de la España del siglo XIX, que Galdós recorrió en trenes de mala muerte para conocer de cerca. Su estilo es fluido, un tanto recargado y florido en adjetivos, propio de la época, pero con diálogos frescos y naturales, entresacados de conversaciones de gente corriente a la que espiaba con discreción para copiar sus detalles. Miembro de la Real Academia de España, diputado liberal en varias ocasiones, Cronista de España por designación popular y candidato al premio Nobel de Literatura en 1912 (la Iglesia impidió su nombramiento), Benito Pérez Galdós es, sin duda, parte de nuestro acervo cultural.

Muchos de nosotros, sea por comodidad, desidia o procrastinación, hemos dejado a un lado y desconocemos a fondo su obra. Yo entre ellos, lo confieso, pese a que siempre he tenido en casa sus Obras Completas, en una edición de dos volúmenes de 1945, heredada de mi padre (algo leí de joven, pero lo dejé). Es la que he utilizado ahora para releer Trafalgar, y la que seguiré usando hasta redimir mi pecado. Ya os contaré.