Episodios Nacionales: Trafalgar. De Benito Pérez Galdós

El primero de los Episodios Nacionales, la obra magna de un gran escritor, narrador, dramaturgo y cronista del siglo XIX, considerado por muchos el mayor novelista español después de Cervantes.

Este episodio, al igual que las 10 novelas que componen la primera serie, está narrado desde la visión de un niño de Cádiz, un pícaro de 14 años que más adelante conoceremos como Gabriel de Araceli, que narra, en primera persona, experiencias y vicisitudes propias y las costumbres de una época, un periodo trascendente de nuestra historia, que va desde Trafalgar a la Guerra de la Independencia frente al invasor francés.

Los Episodio Nacionales forman un corpus de 46 novelas cortas agrupadas en cinco series, cada una con un narrador común; una obra magna en su conjunto, precursora de la novela histórica actual, que abarca setenta años de nuestra historia (entre 1805 y 1875) en forma de folletín costumbrista, el que las aventuras de los protagonistas se cruzan con los grandes sucesos de aquellos años, narrados desde la perspectiva cambiante del autor en el momento en que escribe cada serie: el fervor épico de la primera (Guerra de la Independencia), sus ideas liberales en la segunda (lucha entre liberales y absolutistas), la más radical y anarco-socialista de la tercera (primera guerra carlista) y cuarta (revolución de 1848 hasta la caída de Isabel II), y el escepticismo de la última (restauración borbónica de Alfonso XII).

En Trafalgar, el niño Gabriel recuerda los momentos felices de su niñez en las playas de Cádiz, una madre viuda a la que adora y un tío borracho que los maltrata. A los 14 años queda huérfano, momento en el que inicia una vida de trapicheos y consigue escapar de la leva obligatoria al ser acogido como paje por don Alonso Gutiérrez de Cisniega, antiguo capitán de navío, retirado por la edad y sus heridas, que le evita transitar la senda dickensiana de penurias a la que estaba abocado. Su vida con la familia se convierte en un retrato costumbrista de la época, algo excesivo, quizás, para el gusto de hoy: los juegos infantiles con la niña de la casa, su enamoramiento y celos hacia el pretendiente… En la descripción del matrimonio también utiliza estereotipos demasiado arquetípicos: doña Francisca, la buena señora de gran corazón y verbo exuberante (la voz sensata del pueblo, tal vez, invalidada por sus modales), que siempre se queja de la armada y la guerra, o el caballero, que no habla sino de barcos, antiguas batallas y el error ajeno que le costó la derrota y la herida que le invalida; y un tercer componente, Marcial, marinero y confidente del marido, compañero de aventuras marinas y de agua dulce, lisiado múltiple en diversas batallas que, en conjunto, le convierten en un remedo de aquel gran marino y estratega que fue, cien años antes, Blas de Lezo; y, como aquel, conocido con el mote de «medio hombre«, por las muchas mutilaciones que sufre en su anatomía.

El Santísima Trinidad

Pero, una vez superado el introito costumbrista de la época, en el que no faltan notas de humor como el «cuñadismo» de Marcial o el «fantasmeo» de Malespina [términos ambos de nuevo cuño, pero de rancio abolengo a lo que se ve]), y tras las rocambolescas peripecias que conducen al embarque del trío (Gabriel y los dos marinos jubilados) en el mayor buque de guerra construido hasta la fecha, el Santísima Trinidad, Galdós da inicio a la aventura, la gran batalla naval que tuvo lugar junto al cabo Trafalgar el 21 de junio de 1805, que supuso la derrota de la armada española, aliada a la francesa de Napoleón, a manos de los ingleses.

Y, en Galdós, aventura es sinónimo de realidad, documentada y veraz, por la cercanía de los hechos (68 años antes) y el haber contado con el testimonio de un viejecito simpático, ataviado de levita y chistera anticuadas, de apellido Galán, que encontró en Santander, que había participado en la batalla como grumete a bordo del Santísima Trinidad. Suyos son, pues, los recuerdos que don Benito plasma en la obra, aderezados con sus pensamientos y verbo florido. Suya la experiencia y vivencias que narra en primera persona Gabriel, cronista improvisado pero avatar indiscutible de aquel otro que vivió los hechos en realidad. No obstante, no considero suyas -de Galán– sino del autor, las sensaciones múltiples que transmite, sus sentimientos cambiantes, las emociones y pesares que nos traslada al describir hechos y personas, sus actitudes y poses extremas.

En este sentido, Galdós, como cronista de una época cercana a la suya, muestra ecuanimidad al transcribir las percepciones del personaje y su visión del enemigo, «el pérfido inglés», primero con la visión de un niño de playa que los considera -por lo que ha oído- poco menos que demonios, piratas sin patria ni sentimientos, bandera ni honor, y la realidad, que muestra a sus ojos vírgenes la verdad de unos seres iguales a los que conoce, tan humanos y pérfidos como los suyos -los nuestros, «los españoles«-, capaces de sentir desprecio (como el que sienten los suyos en el «entierro» marino de su tío fallecido) o, tras la batalla, atender a los heridos de ambos bandos, aunque sean prisioneros. También realista, cuando describe un combate plagado de heridos y muertos sin recrearse en la sangre y dolor que le son propios, pero mostrando con toda crudeza el sufrimiento que le acompaña (que atempera con toques de humor en las palabras de Marcial y Malespina).

Un Galdós crítico, que analiza (con la voz sensata -aunque incómoda- de doña Francisca) las causas de una derrota, justificada -con acierto- en los errores del mando francés, un almirante Villeneuve desprestigiado, en una guerra que no era nuestra y a la que nos vimos arrastrados por los acuerdos con Napoleón.

Crítico también con nuestro mando principal, que no supo imponer la decisión de todos los comandantes de navíos españoles –Churruca y Alcalá Galiano entre ellos- de no combatir al inglés en mar abierto. Gravina, también en contra, no tuvo la inteligencia emocional suficiente para negarse cuando Villeneuve invocó al valor (un exceso de testosterona ha sido siempre el mal de nuestros compatriotas; cuánto más del ejército).

Y crítico, asimismo, cuando compara –sin acritud, pero ahí está– la situación de ambas armadas: más numerosa, preparada y profesional la inglesa, con Nelson al mando; mal pagados nuestros cuadros y mal pertrechada la tropa (otros males endémicos del país) por mucho valor que pusieran; y una marinería poco especializada, obtenida por la leva obligatoria, compuesta de ancianos, mendigos, campesinos, soldados de infantería y reclusos liberados.

Con todo, la historia hubiese sido distinta de haber mantenido la flota en Cádiz como proponían nuestros ilustres marinos: la durísima tormenta que tuvo lugar tras la batalla habría desarbolado gran parte de la armada inglesa en alta mar. Quizás, así, el almirante Nelson no hubiese muerto en la batalla; ni nuestros comandantes. Pero la historia es la que es…

Muerte de Nelson en Trafalgar, obra de Denis Dighto

Tras la batalla y la tempestad, un Gabriel superviviente y testigo de la derrota, no soporta las desventuras del amor juvenil y encamina sus pasos hacia Madrid, donde continuará sus aventuras a lo largo de otras diez novelas (nueve en realidad), transitando por los Episodios Nacionales que componen la primera serie; en la corte de Carlos IV, los levantamientos del 2 de mayo, la batalla de Bailén, Chamartín, Zaragoza, Gerona y Cádiz, con Juan Martín el Empecinado, hasta la batalla de los Arapiles, el 22 de julio de 1812. Todo un folletín de aventuras que utiliza su figura como fondo y excusa perfecta para enlazar y contarnos los hechos relevante que tuvieron lugar durante la Guerra de la Independencia, verdadera protagonista de esta historia.

Pérez Galdós, por Joaquín Sorolla

Los Episodios Nacionales recrean una parte de nuestra historia pasada, una crónica novelada pero realista y veraz, de la España del siglo XIX, que Galdós recorrió en trenes de mala muerte para conocer de cerca. Su estilo es fluido, un tanto recargado y florido en adjetivos, propio de la época, pero con diálogos frescos y naturales, entresacados de conversaciones de gente corriente a la que espiaba con discreción para copiar sus detalles. Miembro de la Real Academia de España, diputado liberal en varias ocasiones, Cronista de España por designación popular y candidato al premio Nobel de Literatura en 1912 (la Iglesia impidió su nombramiento), Benito Pérez Galdós es, sin duda, parte de nuestro acervo cultural.

Muchos de nosotros, sea por comodidad, desidia o procrastinación, hemos dejado a un lado y desconocemos a fondo su obra. Yo entre ellos, lo confieso, pese a que siempre he tenido en casa sus Obras Completas, en una edición de dos volúmenes de 1945, heredada de mi padre (algo leí de joven, pero lo dejé). Es la que he utilizado ahora para releer Trafalgar, y la que seguiré usando hasta redimir mi pecado. Ya os contaré.

EL CODO DE LA TORCAZ, de Damián Cordones,

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«La alucinación epistemógica, lo que Jesualdo Salguero llama METANOIA (que distingue de la alucinación emancipadora), consiste en la incapacidad de distinguir los diversos sistemas de pensamiento que estructuran el mundo, una confusión metafísica que determina su percepción a priori (una paranoia trascendental). El sujeto construye un único sistema con piezas de otros sistemas (paranoia) y pretende capturar el exterior (Ver es capturar).»

Resulta complejo catalogar El Codo de la Torcaz con un calificativo que la defina exactamente, encuadrarla en un género, encontrar una etiqueta que facilite y dirija los pensamientos del lector, le oriente o lo atraiga a su lectura. El propio autor dijo, en su presentación en Málaga: «el libro es un producto que se vende; por eso se etiqueta, como cualquier otro producto»; o sea, que en el complejo mundo comercial que nos ha tocado vivir, el libro requiere, necesita, precisa una etiqueta, y hay que buscársela. Sin embargo, Damián Cordonestoda su obra, por elección propia– es un autor difícil de catalogar. La editora, Pilar Márquez lo clasificó como autor experimental, y yo estoy de acuerdo (aunque él mismo admita que «todo lo experimental deja de serlo con el tiempo«). Pero hay que poner etiquetas; son necesarias.

Y aunque considero que al autor no hay que etiquetarlo porque se le estaría encasillando, sí considero que a un libro, como resumen rápido para quien no lo conozca hay que ponerle etiqueta; aunque (como en este caso) no exista una que lo defina con precisión. Por eso –y porque es mi crónica y estoy en mi derecho a hacerlo-, me lo invento (como hacen los autores, editores o directores de márketing todos los día). También porque la etiqueta «Surrealismo lisérgico» me pareció divertida -además de apropiada- para definir esta obra de Damián (si no, tiempo habrá para debatirlo en persona, una tarde agradable de café y copas).

¿Cómo, si no, podría definir una obra compleja que (y es sólo mi visión personal, que cada cual extraiga las conclusiones que quiera tras su lectura), con términos realistas, trasciende la realidad y la nos la devuelve bajo un tamiz de irracionalidad imaginativa? Más cuando esta realidad sucede al influjo de la mescalina:

Su protagonista es un yonqui adicto a la heroína, bajo protección de Sawa -cocinero y fuente de la red de distribución de drogas en la ciudad- que intenta desintoxicarle intercalando chutes con un derivado del mescal; en un entorno de presión, deterioro y miseria, ocultos en una casa ruinosa del casco viejo, cuyos vecinos resisten frente al acoso de la corporación y los agentes inmobiliarios de M0rne, que pretenden su desahucio, demoler el barrio y construir un complejo de oficinas en su lugar; en una ciudad indeterminada, que igual podría ser Granada que una de aquellas renacidas de la plaga de fractal en La Era del Espíritu Baldío (el autor utiliza aquí un sistema de anotación y catálogo por listas, muy similar al de entonces aunque más desarrollado).

La historia la narra el protagonista cuando intenta reconstruir y mantener la red Torcaz de distribución de drogas, ante la incapacidad temporal de Sawa, a partir de sus propias anotaciones, que apunta y revisa una y otra vez al influjo de las drogas y el tratamiento de mescalina alterada, los apuntes encriptados de Sawa sobre su sistema de distribución y el ensayo que éste escribe sobre Filosofía Libertaria. Como modelo utiliza el sistema de desplazamiento de las blatodeas (cucarachas, en cristiano) que infectan y plagan la casa.

Si con lo dicho no os parece correcto el calificativo de Surrealismo lisérgico, puede que sea yo quien requiera tratamiento…

Si esta historia, narrada en un continuo estado de alucinación y los desvaríos de un yonqui, pero con tremenda lucidez no te atrae, tú te la pierdes. Porque, a lo señalado hay que añadir que Damián Cordones escribe de maravillas, con un lenguaje fluido y de pensamiento abierto al subconsciente, que te atrapa y engancha desde el primer momento y te hace cómplice de la investigación del protagonista, sus dudas y reflexiones, su intento por discernir qué está pasando, cómo actúa Sawa, a qué modelo responde el funcionamiento de la red Torcaz, cómo intervienen las palomas o las blatodeas, o qué ha querido decir él mismo en sus anotaciones previas, que revisa, tacha, corrige y puntualiza continuamente. Y, aunque parezca mentira, todo cuadra y el sistema Torcaz persiste (la revolución, si eso, en otro momento…). La historia -las historias de Damián- no se ajustan al canon clásico occidental de «principio-nudo-desenlace», sino que, como en la tradición japonesa, suceden en mitad de «algo» que viene de antes y continúa después; el relato se detiene y debe ser el lector -de nuevo cómplice- quien lo complete en su imaginación (un ejercicio complejo pero entretenido y apasionante, que se agradece).

Y, sobre todo, te perderías un trabajo ingente de edición creativa, la consecución de un reto editorial difícil de realizar (y superado con brillantez) para diferenciar y mostrar con lógica cada estado o revisión del autor protagonista; una sucesión de tintas a dos colores más negro en la misma página, sangrías, viñetas a diferente nivel, cajas de texto intercaladas, dibujos y signos, tablas… Ignoro cuánto del resultado final se encontraba en el texto original del protagonista autor, pero me consta que será poco lo que conserve del mismo y mucha la labor de edición realizada para obtener, pese a todo, una maqueta impecable; el único libro de la editorial que no contará con versión en digital porque -es verdad- perdería toda su gracia.

Aún recuerdo con agrado aquella sensación de impacto que causó, antaño, la singular edición de La Historia Interminable de Michael Ende y sus tintas a colores. ¡Qué maravilla! ¿verdad?. Pues la edición de El Codo de la Torcaz no le anda a la zaga y contiene mucho más trabajo. Un trabajo conjunto que ambos, Damián Cordones y Ediciones El Transbordador han hecho realidad.

Os recuerdo que un día, cuando todo acabe y la normalidad se recobre, vamos a celebrar un encuentro del Club de Lectura de Literatura Fantástica en Málaga con Damián Cordones, donde comentaremos su obra, las peripecias y vicisitudes de esta historia y, si Pilar Márquez se apunta y puede, las complejidades de su edición. Tenedlo en cuenta, no os lo vayáis a perder.

Cuentos de Amor (insano). Junichiro Tanizaki

Es un buen momento para cambiar de registro, romper los hábitos de lectura y buscar algo nuevo, diferente. Junichiro Tanizaki ha sido una elección acertada.  

Escritor censurado a comienzos del siglo XX, sus “Cuentos de Amor”, pese al título, son lo más opuesto a la candidez y la ñoñez rosa.  En Tanizaki –un transgresor innato de la moral establecida–, el amor romántico se transforma en insano, adquiere tintes sórdidos, depravados y rememora su aspecto menos sensiblero, que no sensible, pues siempre lo trata con elegancia y una voluptuosidad sugerente, muy atractiva.  Si le unimos el punto “exótico” de una cultura lejana (no sólo en el tiempo) como la japonesa que abandona el feudalismo y se contagia de “lo occidental“ (Tanizaki lo hace, hasta el punto de revestir muchos de sus cuentos con una pátina de novela negra y policíaca), el atractivo es doble.

Hay belleza intrínseca en lo malvado e iconoclasta de los once cuentos que componen el libro; un enfoque perverso del amor excelso, ya sea desde la visión del fetichismo sublime, la castidad o el masoquismo, una mujer fatal o un canalla, el travestismo sutil, el sadismo criminal… todas ellas perversiones del amor clásico, pero también pasiones humanas; en este caso, narradas con maestría, sensibilidad y hermosura. 

Escritos por un hombre, el tema central de los relatos, el eje sobre el que giran es la mujer, reflejo aquí de una época y cultura que nos resultan extrañas pero nos atrae, nos interesa. La mujer concebida como posesión, el premio que se consigue o pacta, se posee; también la mujer inquieta que, en su acatamiento, usa las armas de que dispone y lucha para revertir la situación y mantener al hombre (su amo) encaprichado y pendiente hasta conseguir –a veces, la mayoría– ser ella quien lo domine. 

Hay en verdad una guerra de sexos larvada en esta situación de tiempos lejanos, no ya como feminismo –allí no– sino como autodefensa; pero narrada con sutileza, sensualidad y una visión subversiva del deseo inconfesable que la hace atractiva y bella, cercana y distante a la vez.  En cierto momento, me llegó a recordar “El imperio de los sentidos” (de Nagisa Oshima, 1976), sin la carga de erotismo y sexo explícito que exhibe el film.

Un aspecto que a muchos ha resultado extraño, incluso frustrante (el libro fue objeto de una sesión –virtual– del “Club de Lectura Q pro Quo”) es que los finales de algunos relatos no sean tales, acaben sin concluir la narración.  Una de las aclaraciones de su editor, Carlos Rubio en el prólogo (de lo mejor de la obra, por lo explicativo que resulta) es que la narrativa en Japón no sigue el esquema occidental Principio-Clímax-Desenlace, sino que forman parte de una historia más amplia, que dio inicio antes y continúa después; influidas por el budismo, “las historias japonesas, más que acabar, se detienen”, quedan abiertas para que el lector –o el espectador– las complete en su imaginación.  Puede que para algunos resulte difícil este ejercicio de complicidad activa.

A destacar (para mí) “Los pies de Fumiko”, un cuento hermoso, clásico universal del fetichismo, la obsesión del foot-fetichist; páginas y páginas alrededor de la figura de una bella jovencita y su pie, descrito con metáforas y referencias elegantes que nunca cansan.  O “El segador de cañas”, que en los inicios parece pesado por las descripciones de senderos y rutas, pero su narración se transforma en sensible y sorprendente, mientras resalta valores como el compromiso y la entrega (del amor en castidad) en un trío formado por un hombre y dos hermanas. 

Asimismo,  “El Tatuaje”, o “El Mechón” (la historia de una ‘femme-fatal‘ al estilo noir).  Y, por su dureza, “El caso del baño Yamagi”, también de corte policíaco, en el que sorprende el sadismo de un asesino demente y la naturalidad con que todos aceptan su brutalidad en la mujer (esto, por desgracia, no es tan lejano) y que ella la acepte sumisa; o la escena en el baño público, que sobrecoge.  Pero es una excepción en el libro.  De Tanizaki me queda el recuerdo de su narrativa sensible, pausada y serena, a veces sublime, que me hizo recordar “Muerte en Venecia” de Thomas Mann, en su adaptación al cine por Luchino Visconti (1971).

En general, un libro que recomiendo; sobre todo para cambiar de aires y depurar la mente, quizá saturada por el género o estilo que cada uno frecuente.  De vez en cuando, lo nuevo, lo diferente sienta bien.

12º Encuentro del CLLFM con MIGUEL CÓRDOBA

Voz serena, relajada, casi hipnótica. Las palabras de Miguel poseen el timbre de voz preciso de los que saben hacerse oír, de los que gusta escuchar, ese que acompaña a los triunfadores. Más aún lo que dice: revela una inquietud innata, la necesidad que siente por saber más, por conocer todo en cualquier campo de la existencia, sobre todo la cultura, el conocimiento y cuanto supone; un vasto bagaje que trasluce en sus palabras y escritos, cada cosa que cuenta, que te captura y capta, te arrastra sin remisión hacia el fondo de sus aguas, donde te dejas ahogar, satisfecho.

Convocatoria del 12º encuentro, con Miguel Córdoba

La velada transcurre fluida, intercambio de ideas en torno a las palabras del invitado, plagadas de citas de sus autores fetiche, de forma natural, sin necesidad de iniciar el encuentro de forma oficial. El primer titular lo deja Miguel en torno a la figura del autor y por qué o para quien escribe:

« TENGO SUERTE DE NO HABER TRIUNFADO »

Y lo explica: «Cuando un autor gana popularidad y el público te va exigiendo, cuando la editorial te va exigiendo… eso deja de ser creación, te conviertes en un autor de oficio. Cuando alguien te dice «tienes que escribir una historia para dentro de un mes…» o en una redacción (también he trabajado en un periódico y sé lo que es la premura), estoy completamente seguro que no saldría una novela buena».

El diálogo se suscita, con intercambio de ideas contrapuestas, citas de Milan Kundera, opiniones y ejemplos propios o referencias a Lovecraft Robert E. Howard y su diferente motivación para escribir. «Es desalentador encontrar autores que te lloran para que les compres un libro, o diciendo «léeme, por favor; quiéreme», suplicando amor a través de la literatura… No hay nada más patético».

«Comenzamos escribiendo para nosotros, después nos liberamos y lo hacemos para los demás. Aunque tengo un amigo, que escribe muy bien, que se bloquea por miedo; dice «¿cómo voy a superar a Los Hermanos Karamazov?». Si llegamos a ese extremo…».

Ideas, anécdotas… aparecen temas como ego reconocimiento como motivación para escribir… incluso (por otro tema) Damián Cordones sale a relucir. Y es en este punto cuando Miguel desvela una de sus pasiones: «Sheakespeare, en Hamlet utiliza una obra de arte para decir lo que no tiene cojones de decir de otro modo. La ficción como espejo de la realidad, para cambiarla. Transformar la realidad, no como Sthendhal, «el espejo en el camino», que es todo igual… Un cuadro hiperrealista no me transmite nada, es como una foto; sin embargo, si aportas tu visión personal, la cosa cambia».

Ya veis la de referencias que ya han salido… y aún no hemos empezado. Es cuando Miguel pregunta ¿qué os ha parecido La Curación? (como si dijera «yo he venido a hablar de mi libro…»; aunque sea incapaz de quedarse ahí). Sin embargo -esta vez sí-, tras un recuerdo a los que se han quedado hoy en el camino (Fran, Pilar, Berni, Mota, Juanma, Jose…) y un agradecimiento a su presencia esa noche, un formato de Club de Lectura que nos gusta, pues no sólo damos nuestra opinión sobre una obra sino que disponemos del propio del autor, en persona y su visión, intento reconducir el tema hacia sus orígenes como escritor de relatos (premiados):

«Antes de eso, a los dieciséis, escribí cosas horrorosas… Pero también un relato «La Bicicleta» (con alguna inspiración de Carrie), al que hago referencia en Ciudad de Heridas como uno de los cuentos escritos por Damián Mustieles. Y después un tocho de unas 700 páginas, inspirado por un trabajo de David Bowie (¡cómo no, la música…), que después aparece en El Ruido… No sé, yo creo que hay que escribir mucho, como un ejercicio físico. Hay que escribir mil páginas antes de obtener una sola frase buena o perder el miedo a hacer el ridículo.»

Pero es imposible. Miguel se desata y, sin necesidad de preguntas, él sólo, revela y cuenta anécdotas de su pasado, influencias, sus profesores y amigos, su ansiedad, hacia dónde se encaminan sus pasos como autor (no desvela demasiado) o los lastres que ha dejado en el camino. Orador incansable, siempre rico en matices y referencias que fluyen entre sus palabras, al grupo sólo le queda escuchar cuanto dice, embelesados, insertar algún comentario -que dan origen a nuevos rumbos- y recoger alguna frase notable que destacar como resumen:

«La canción «Close to me«, a la que tanta referencia se hace en La Curación, justo el único momento en el que el hilo se destensa, habla de la ansiedad de la anticipación, de sentir ansiedad por algo que va a pasar. En un momento determinado dice «ojalá tuviera tu confianza». Si tuviera tu confianza todo saldría bien. Y durante toda mi vida, mi lucha ha sido esa: pasar la ansiedad de la anticipación. Sólo así he conseguido hacer algo».

«Stephen King fue, de inicio, mi referencia, mi gran maestro,, mi incentivo para escribir. Pero tú no puedes depender eternamente de un autor. Eso demuestra inmadurez. Tienes que despegarte, crecer… En La Curación parece que me he despegado, pero no lo he hecho, en absoluto. En lo que ahora estoy haciendo sí me he despegado… (y se acabó)».

» Nunca he sido más feliz que cuando leía a Dean R. KoontzStephen KingJohn Grisham.. Aquello era felicidad: la espera ilusionada a recibir Tommynockers… Pero ¿qué ocurre? que eso ya no me interesa. Ni siquiera el el género de terror. Algunas de las obras que he leído últimamente, «La insoportable levedad del ser», de Kundera, «El final de la aventura«, de Graham Greene, o Julian BarnesSilvia Plath… he descubierto que algunas de las novelas contemporáneas me provocan más terror que el horror sobrenatural; porque es el terror del ser humano, el engañarte con algo que crees y no es. Eso me parece mucho más interesante ahora. No me reconozco…

«Si hay un libro del que me siento orgulloso es de Ciudad de Heridas; mucho. Me pareció un libro valiente. Y de La Curación estoy especialmente orgulloso del ritmo adictivo, de la historia en sí; mejorable sin duda, quizás al final… Pero Miguel Ángel (Wolfville) que me conoce mejor de lo que creéis (lo cita al final de la obra) me dijo: «Corta. Este es el final, te guste o no...» Me gusta la gente así… Y ahí está. Lo que sí os digo es que Curación 2, no. Habrá surrealismo, habrá tal… pero Rata Gigante no. Y ya, me callo (muchos nos reímos), que lo que quiero es oíros a vosotros».

Sabíamos que no iba a ser así… Y, tras citas a Clive Barker («El Blues de la casa del cerdo»), «Rebeca» de Daphne du Maurier o «Alta FIdelidad», de Nick Hornby, un pase por la película francesa «Cena con Andrés» y un tiempo de receso para saludar la llegada (breve) de Pepe, el Cabrero Mayor de Filmtropía, la cosa deriva hacia Ciudad de Herida y su interpretación filosófica, o «Dios no quiere rivales«:

«Dos autores independientes que intentan salirse del sistema; pretenden revolucionar un mundo que no les gusta. Para ello, cada uno se convierte en personaje literario del otro y comienza a construir una ciudad al margen, un mundo paralelo. Lógicamente, Dios no les va a dejar… Porque, por mucho que no creas en él, no puedes escapar de Dios.»

De vueltas a La Curación, con similitudes de mundo fragmentado en ambas, se le cuestiona sobre los personajes que, todos, han sido creados por Dios (en este caso, una niña de nueve años, encerrada en un complejo militar en Nebraska, con depresión y tendencias suicidas), pero todos los protagonistas (los afortunados) han sido olvidados por Dios… Entonces, Dios es una enfermedad.

«Claro. Por supuesto, no te quepa la menor duda. En su día decidí dejar Filología Británica y pasé a la Hispánica donde, finalmente, encontré una asignatura que me llamó la atención: Teología Racional, cuyo profesor dijo el primer día «El examen final va a constar de una sola pregunta, que responderéis en un folio, por delante y por detrás: Demuestra racionalmente la existencia de Dios«. Durante el curso se hablaron de cosas impresionantes («Dios es la lente que corrige la miopía del Universo, por eso no se puede ver«, o «una de las pruebas de que Dios existe es que hay una conciencia superior que nos hace pensar, por eso el pensamiento es transparente«). Yo alucinaba, pero recogí sus enseñanzas. Por eso, El Hombre de la Chistera dice que el pensamiento es transparente y cosas así. Realmente, aunque nunca he compartido sus posiciones y creencias, siempre le escuché y le he tenido en cuenta. Pero claro, ¿como metes a Dios en una novela si no es como esa niña encerrada? Y ¿por qué matar a Dios? Es mejor dejarle que se suicide. Es más actual. La relación entre Dios y sus criaturas, su creación, es lo más trágico que hay.»

Es como pedirle explicaciones al padre, a tu creador.

«Sí. O los Cinco personaje en busca de un autor. Todos le reclaman al escritor el papel que les había prometido y no tienen… Es llegar a lo absurdo.»

Ahorro la extensa disquisición pseudofilosófica y multiparticipada sobre a quién puede reclamarle Dios, o la relación de un autor con su propia obra, su disolución extrema porque no acabaríamos nunca. Pero aseguro que fue interesante… y muy divertida.

La historia se sitúa en EE.UU. Y no desentona en descripciones.

«Bueno, me parecía coherente; lo de la base militar y demás. Muchos me han dicho que cómo me atrevo a describir esos sitios, o ponerme como seguidor de los Celtics… Pero es que yo nací en Alemania. A los siete años pensaba en alemán, y mis amigos eran alemanes, turcos o italianos hasta los trece, aunque yo seguía orgulloso a la selección española de fútbol. Pero nunca me he sentido de ningún sitio especialmente. En Alemania, yo era el español; pero en España era el alemán. No es extraño que me cueste escribir sobre Málaga. Además, por mi trabajo, viajo mucho, a diferentes países… No puedo tener un sentimiento de «esto es mío». Soy de todos los sitios. Y mis personajes mezclan nombres de un país con apellidos de otro, indistintamente. Lo que ahora escribo se sitúa en Bélgica, en Francia… Me apetece hacerlo en Europa.»

«Sobre la libertad, a los autores les pasa, a veces, como a sus personajes; parece que te anticipas a lo que va a pasar. En La Curación, cuando Magie nace con un hilo negro, está predeterminada, no tiene libertad, determinada desde que nace a encontrarse con una persona. Rüdiger Safranski, en el ensayo «El Mal. El drama de la libertad» habla precisamente de que el mal es ser libre, que puedes tomar la decisión que quieras porque nadie te va a decir que está mal, no hay moral, no hay nada. Pero sí, quería mostrar a Magie como un ser determinado, condicionado por su instinto.»

-Sobre el que ya le advierte Lor

-Y la determina. Hasta ese momento, Magie era libre de pensar, actuar.

-Ahí es dónde se hace adulta…

-Y le da las herramientas para defenderse: la música, que fue liberadora para sí misma.

Lor es un personaje trascendente, que ha superado su trauma mediante la música.

«Pues sí, Lor es una superviviente. Y cuántos supervivientes hay gracias a la música.»

-Además, al final, cuando encuentra al grupo de supervivientes en el que actúa como madre, la redime.

¿Escribes con música, como Stephen King, a mucho volumen?

«Si. Pero no a mucho volumen, porque no puedo. Tampoco podría hacerlo con ACDC o Pantera; no me puedo concentrar. Utilizo música relajada, que quede de fondo, como un mantra. Últimamente, Julee Cruise, en la música final de Twin Peaks, con Angelo Baladamenti. Sí, hay canciones que se van repitiendo a lo largo de la escritura. Además, estoy tentado a comentar algunas escenas… pero no, no lo voy a hacer.«

Háblanos más de música, Miguel (una de las pasiones de Juan Alberto, como el cine, y se nota). No sé ¿ZZ Top te gustan tanto, o utilizaste el elemento del coche como entorno…? Con lo de Machines of Loving Grace me dejaste impresionado; nunca había leído yo mencionar ese grupo.

«Hombre, tuve mi época con los ZZ Top, los concierto estos en los que Gibbons daba la vuelta a la guitarra eran geniales». Después nos habla de su época como cliente asido de Candilejas, o Discos Pat, del Black Album de Prince, o cómo descubrió allí muchos grupos de música electrónica en los 90, Órbita, Moloko, Goldie, Chemical Brothers... sobre todo mucho Beep Bop y mucho Grounge; o Suede, que era especial, «Still Live es una obra maestra, fuera de todo».

«La música siempre ha estado ahí. Ahora también, pero ya no es lo mismo. Ya todo suena a algo anterior, que ya he escuchado».

De forma distendida, ya comiendo (todo un lujo, gracia a otro Miguel, dueño de «La Marítima»), se le escapa alguna que otra confidencia, a raíz de un comentario de Paco sobre monolitos de cemento y Alvin Toffler y «La Tercera Ola»:

«Últimamente, hablo mucho sobre esos temas porque la novela en la que estoy trabajando va sobre el amor, que no es un tema muy novedoso, pero… desde un punto de vista terrorífico, ¿vale?, y surrealista. No vamos a aportar nada nuevo, sino el punto de vista del «noir». Pero ese es el tema.»

Procuro resumir, que aún queda; y omito comentarios sobre el amor o las relaciones humanas y de pareja, series y películas o libros que nos impactaron, que de todo se habló en un ambiente distendido y coloquial, magnífico, donde no faltaron citas a escritores amigos como Alejandro Castroguer («se escribe también sobre lo que no se cuenta«) o David Luna.

«Muchas veces, cuando hablas con un tono sarcástico no todo el mundo te pilla. En Ciudad de heridas, el escritor tenía una novela «Malahierba«, sobre perros que se convertían en zombies. Lo que utilicé ahí fue un homenaje a todo ese cine de serie B de Sam Raimi, de Tom Savini, especialista en maquillaje. Con diez años yo quería ser Tom Savini, quería trabajar en efectos especiales; en Alemania, tenía un amigo cuyo hermano hacía maquetas de zombies, y aún recuerdo algunos que eran geniales. En aquella época ese mundo me fascinaba; «Posesión Infernal» era lo máximo. Se trataba de ver quién tenía el valor de verla aunque, después, «Terroríficamente Muertos» me pareció una obra maestra. Y es que este tipo, Bruce Campbell, era todo un personaje. Pero fijaos cómo -y viene a cuento de que los personajes derrotados me parecen mucho más interesante que los vencedores- poco a poco, conforme avanza la película y se convierte en el macho alfa, la película deja de tener valor e interés; el personaje defrauda, porque rebasa los límites.»

«De Clive Barker, «El gran espectáculo secreto» me parece una obra maestra. Al final, todo es que te llegue la gracia. Cuando te pones a escribir, siempre hay un momento en que te llega la luz y te sale; claro que te tiene que pillar trabajando, tienes que estar ahí metido. Stephen King dice en «La Historia de Lisey» que iban al lago a pescar historias, y muy pocos se atreven a ir a ese lago, porque son las historias que más estremecen, que producen más estremecimiento.

King nunca será como Barker porque le separan muchas cosas, como la sexualidad.

«No, es porque es británico. La sexualidad no es el motivo, sino la imaginación, el refinamiento. King tiene algo de cateto… que a mí me encanta. Eso del americano, la camioneta, la gorra de béisbol; me gusta ese estilo de humildad, de ir con tenis a una ceremonia, como Steven Spielberg

¿Crees que King podría escribir algo como «En las colinas, las ciudades?» Cuando uno de los amantes homosexuales nota el sabor del esperma en la boca del otro al besarlo? Él no puede mostrar esa misma sensibilidad.

«No creo que King tenga ningún problema con la homosexualidad. Su hija, que además de predicadora creo que es lesbiana, y superfeminista, aunque últimamente se está pasando y llega a la ridiculez. Pero creo que nadie, nadie, en la literatura comercial ha sabido describir mejor a la mujer, y el niño. A los niños y las mujeres les ha sabido describir muy bien. Barker tiene la genialidnad del barroquismo, la del escritor británico. Tú lees, por ejemplo, a Julian Barnes y estás viendo la brillantez británica. El americano no deja de ser catetillo. Pero eso de tomarte la cerveza directamente de la lata, la hamburguesa –Joe Hill lo hace muy bien-, yo me siento cómodo con eso. Pero intento mezclar ambas cosas, el surrealismo de Barker y el ritmo de King

«Creo que Richard Matheson es uno de esos autores con ideas buenas. Cada relato, cada historia es una genialidad, un regalo. Ahora, King consigue entretener a un público, durante ciento cincuenta páginas, con una llamada de telefóno; eso no lo logra cualquiera. Matheson es como Borges: es el cuento, lo corto, va a lo concreto.»

«Nunca he sido más feliz que cuando he leído literatura fantástica. Pero, últimamente, el cuerpo no me pide eso; no me pide fantástico. Me pide literatura contemporánea, entender al ser humano, las relaciones actuales y cómo son, que me parecen terroríficas. Por ejemplo, llegar a odiar tanto lo que no eres tú, lo que no comprendes, lo que no aceptas o compartes, el miedo a todo lo que venga de fuera y me contamine. Como repetía siempre Felipe González, es carpetovetónico. Eso es lo que me interesa ahora, porque es aterrador. El odio, el miedo, el desengaño, no en sí, sino descubrir el tiempo que has estado engañado. O un diagnóstico médico; la angustia de estar en una sala a la espera de que te den el resultado de una prueba. Ese creo que es el terror real del ser humano.»

En este punto, algunos se retiran, tienen que madrugar. Otros continuamos -ya acompañados de bebidas más fuertes- hablando de temas tan dispares como física cuántica, elitismo, Mr.Ripleygeishas, economía o teoría de juegos, que para todo da tiempo, aunque terminamos regresando a La CuraciónMiguel, ahora que nos encontramos casi en familia, resalta palabras, enfatiza los términos que más le interesan.

«Somos gracias a con quien estamos; si tienes una pareja que te potencie, serás la mejor versión de ti; pero si tienes a un Jeremy Heinz a tu lado no vas a prosperar, te va a hundir, vas a tener una eterna sombra encima. Salvo que cortes el hilo. Y cortar el hilo, en esta novela, significa morir… y parirte a ti mismo, que es renacer. Pero tú no puedes renacer. Para eso tienes que morir.»

«A decir verdad, desde la época universitaria, terminando la carrera, siempre tuve en la cabeza la imagen de una niña metida en una urna, muchas niñas iguales que ser convertían en una sola. Y pensaba que esa urna era para contener su poder mental, un poder tan grande como para cambiar la materia, y todo lo que ella pudiera pensar (de ahí venían también los tulpas). Esa historia se llamaba «La Grieta» porque, en un momento dado, uno de los científicos que vigilaban la urna detectaba una grieta, a través de la cual se creaban las mayores catástrofes, atrocidades y monstruos increíbles, que ella contenía en su imaginación. Eso, poco a poco, se fue transformando en Dios. Cuando el Hombre de la Chistera dice «es una niña de nueve años…», la historia ya estaba en mi cabeza. Claro, cuando Alejandro Castroguer dijo «esa historia cuéntala», la conté.»

«Una de las cosas que me gusta de Lor era su capacidad para adivinar. El tema de la adivinación me resulta curioso. Nunca he sido creyente, de hecho, siempre me ha parecido una estafa, pero hay gente muy intuitiva, capaz de prever o imaginar lo que ocurre. Yo a Sherlock no le he leído mucho, pero a Pendergast, de Preston y Child, un personaje magnífico, le pasaba igual, que era capaz de centrarse, meditar y reconstruir un asesinato con sólo observar lo que tenía delante.»

No, no acabamos ahí, aún quedó mucho por hablar, pero más cosas de amigos y tertulia que de un club de lectura, salvo citas a gente admirada y admirable, como Guillem LópezFerran VarelaMiguel Delibes y Pilar Márquez. El resto, mejor queda para el recuerdo.

Salvo, eso sí, el corto «La Cuerda«, de Pablo Sola, con guión de Miguel Córdoba, que fue galardonado con el primer premio en el Festival Internacional de Cine Fantástico, Terror y Sci-Fi de México :

REGRESO AL ORIGEN

Inicié este blog en 2009. Bajo mi nombre, pues no conseguí los derechos del dominio «BERSERKR«, como era mi intención, para continuar en línea aquel fanzine de los años ’80 que edité.

En junio de 2015, conseguido el dominio, trasladé la acción a Berserkr.es, donde seguían las entradas publicadas y continuaron las nuevas, dedicadas todas a la Líteratura Fantástica, con especial interés en la Fantasía Heroica, igual que el fanzine que dio origen a todo.

Hoy, el mundo ha cambiado y yo con él, los perfiles y gustos son otros, más amplios, y me he decidido recuperar el blog inicial, para todo tipo de entradas que no contemplen temas del género fantástico, o sean colaterales a él. Pienso incluir aquí las entradas del Club de Lectura de Literatura Fantástica en Málaga que, a veces, rozan la categoría, y todas las entradas o reseñas que no sean de Literatura Fantástica, y que, en ocasiones, he publicado en sitios externos; ¿para qué, teniendo uno propio y diferenciado?.

Pero será poco a poco. Con el tiempo, cambiará el formato y presentación y, sobre todo, el contenido, más genérico que antes y sin limitaciones. Pero tiempo al tiempo. Todo se andará. Mientras tanto, Berserkr.es continúa su andadura.

Baste este reinicio para dejarlo claro. ¡Bienvenidos a mi nuevo-antiguo blog!