DELTA DE VENUS. El erotismo vanguardista de ANAÏS NIN.

Fue una mujer inquieta, rupturista en sus obras y forma de actuar, en cómo escribía y vivía, sin complejos ni falsedades. «Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré al mundo. Me adapto a mí misma».

Nacida en Francia en 1903, de origen cubano-español (fue bailarina de flamenco) y nacionalizada más tarde norteamericana, se casó a los 19 años con un banquero (del que nunca se divorció porque le permitía devaneos y necesitaba su dinero), su vida aburrida da un giro en 1930, cuando comienza a escribir y relacionarse con grandes figuras de la literatura y el arte e interesarse por el psicoanálisis. Tuvo numerosos amores y amantes, entre ellos Henry Miller (es una de las protagonistas de «Trópico de Cáncer») y su mujer June, quien la inició también en el voyeurismo. En 1939, ya en América, tras ejercer un tiempo como psicoanalista, se convierte en la primera mujer que publica relatos eróticos en los USA; además de confeccionar sus propios libros y de sus amigos en una rudimentaria imprenta casera. La fama no le llegó hasta 1966, con la publicación de sus Diarios, entresacados de los que escribía desde los 11 años (unas 35.000 páginas íntimas, hoy publicadas en siete volúmenes).

«El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía»

En los años 40 comienza a escribir (por dinero, a 1$ la página, junto a Henry Miller y otros autores) relatos erótico-pornográficos para un coleccionista privado que les exigía sexo, sin emociones ni romanticismo, «sin poesía». Dichos relatos conforman la base de Delta de Venus. Pero no los publicó. Pensaba que siendo relatos forzados no podían contener una esencia femenina, que fueron escritos bajo la perspectiva del sexo que desea un hombre y con un lenguaje masculino; y los olvidó. Treinta años más tarde, en los años ’70, ya famosa tras la publicación de sus Diarios, los relee y descubre que su propia voz no había quedado ahogada, que «intuitivamente había utilizado un lenguaje de mujer que ve la experiencia sexual desde una perspectiva femenina» y autoriza su publicación «porque muestran los esfuerzos iniciales de una mujer en un mundo que había sido dominio exclusivo de los hombres».

Hay de todo en Delta de Venus. Los primeros relatos parecen más una llamada de atención, un inicio impactante para dejar claro que también una mujer puede escribir sobre temas escabrosos sin inmutarse. Sus finales son abruptos, inesperados y hasta desagradables, como si formaran parte de ese «tour de force» que -inconscientemente- mantiene con el coleccionista para darle lo que pide, que no es lo que ella prefiere. Son relatos de sexo más que sensuales. Sin embargo, despacio, progresivamente, su voz propia va surgiendo en relatos de contenido fantástico, por lo exagerado de ciertas situaciones, pero no exentos de sensualidad y cierto encanto de principiante que se inicia en el sexo abierto; como en Marianne, la secretaria que lee con envidia los relatos que pasa a máquina antes de ser entregados; o la simpática historia de voyeurismo con final moralizante. Es cierto que de leerlos seguidos, sin pausa, pueden provocar empacho, cierto hartazgo; pero que nadie se decida a dejarlo. No sin haber leído «Elena«, quizás el mejor relato del libro, también el más largo, pues muestra (en sus palabras) «que las mujeres nunca hemos separado el sexo del sentimiento», sea cual sea la relación que mantenga.

“Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo. Libre o no libre, casado o soltero, heterosexual u homosexual, son aspectos que varían de cada persona. Hay quienes son más expansivos, capaces de varios amores. No creo que exista una única respuesta para todo el mundo”

Diarios. Anaïs Nin.

En «Elena», Anaïs Nin construye la historia incompleta de un proceso, la evolución de su protagonista en el erotismo, el sexo expansivo y sus variantes. Y lo hace de una forma realista, creíble, sin carencia de sensualidad o los sentimientos que justifican su evolución, los cambios que requiere un proceso de crecimiento erótico en expansión. No es baladí que la protagonista inicie el relato con la lectura de «El amante de Lady Chatterley», de D.H. Lawrence, que tan bien conoce la autora y fue origen de su primer ensayo. Hay guiños en la obra que sugieren un reflejo de su propia historia en la persona de Elena: su edad y la de Pierre cuando se conocen, 28 y 40 años, los que tenían Anaïs y Henry Miller al hacerse amantes; o sus amoríos con June, quien la inicia en una nueva sensualidad cuando alcanza a su maestro; igual que Elena, cuyo conocimiento de una pareja de amigos homosexuales (Miguel y Donald, una relación tierna, no exenta de problemas) despierta en ella el lado masculino de su sexualidad, que satisface con Laila y la prostituta Bijou, un trío de mujeres narrado con un detallismo tan explícito y excitante como sólo la voz de una mujer podría describir y agradar a féminas y hombres por igual (en el Club de Lectura sólo dos mujeres de seis manifestaron no haber disfrutado el libro). Uno no deja de pensar que si hoy, en una sociedad abierta -por mucho que ande en retroceso- su lectura puede desagradar, cuánto más debió escandalizar en los años ’40, cuando la escribió.

La historia «El vasco y Bijou» es parecida (podría ser su continuación, si no fuera porque la descripción de la prostituta es diferente) pero resulta menos personal y continua; fragmentos de historias enlazadas y episodios no tan realistas, con fantasías y anécdotas poco naturales, le privan de la verosimilitud anterior y lo acercan (que ya es mérito) a lo que hoy podría ser el guion de una buena película porno, negro incluido. No por ello carece de momentos simpáticos y conseguidos, como el ojo clínico de la madame para adjudicar la prostituta que más se ajuste al cliente con sólo mirar su bragueta, la reacción de la voyeur cuando el vasco la requiere como partícipe, o los bailes de alta sociedad en el parque, cuando se apagan las luces durante periodos de tiempo cada vez más prolongados.

El resto de relatos son también entretenidos, pero sin la calidad de transmitir sensaciones o la calidez de los ya comentados.

Por casualidad, he descubierto la película de igual título (Delta of Venus; Rey Zalman, 1995), ambientada en el París previo a la II Guerra Mundial, que adapta libremente el libro de Anaïs Nin. No he llegado a verla; su puntuación en IMBD no es muy buena (4,7 sobre 10) y peor en Filmaffinity (3,8); pero a tenor de las pocas escenas visualizadas me gustaría hacerlo, y comprobar si reproduce la misma sensualidad que destila el libro.

Acompaño el trailer y algunas escenas abajo.

Para concluir, decir que leer Delta de Venus me ha gustado, bastante; en ocasiones, incluso me ha resultado excitante, más que aquel «Trópico de Cáncer» de Henry Miller (voz de varón) que leí en mi juventud. Y me ha permitido conocer a Anaïs Nin, una mujer liberada que quiso ser escritora y lo consiguió con voz propia, y que -pese a su vida y temáticas transgresoras- recibió un doctorado honoris causa del Philadelphia College of Art y fue nombrada miembro de la Academia Estadounidense de las Letras y las Artes, en 1974, poco antes de morir. Una mujer que vivió la vida como deseaba.

No es poco…

«La única anormalidad es la incapacidad de amar»

Anaïs NIN

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