La Sangre de Colón. De Miguel Ruíz Montañez.

Un nuevo thriller, con ritmo trepidante de lectura y vocación de «Best seller», como los anteriores del conocido autor malagueño.

El próximo 12 de Octubre de 2020, día de la Hispanidad en España, día de Colón en los USA, en recuerdo de aquel otro en el que don Cristóbal culminó la proeza de dar a conocer al resto del mundo un nuevo continente, la estatua erigida en su honor en Columbus Circle, en Nueva York, estallará volada en mil pedazos…

Esa es la premisa visionaria de la que parte La Sangre de Colón, la nueva novela de aventuras y misterio, el nuevo thriller ideal para el verano que nos presenta Miguel Ruíz Montañez, autor especializado en tramas ocultas y, en especial, en el personaje del descubridor, desde aquel 2006, quinto centenario de su muerte, en que apareció La Tumba de Colón, convertida pronto en Best seller mundial, traducida a 20 idiomas y con más de 200.000 copias vendidas.

La críptica firma de Colón

La historia orbita en torno a la oscuridad y secretos que envuelven la figura del almirante; su ascendencia, su rostro, su extraña firma con criptogramas y mensajes ocultos, que ordena utilizar a sus descendientes… La aparición en Sevilla de un retrato del navegante realizado en vida, antes de su partida a las Indias, da pie a elucubraciones, propuestas e indagaciones respecto al por qué de la reserva sobre su identidad, que Miguel Ruíz explota con maestría y la truculencia de un Best seller.

Colón nunca se dejó retratar, preservaba su rostro; todas las imágenes que conocemos son posteriores a su muerte, ninguna en vida, y sus descendientes contribuyeron a acrecentar el misterio con una astuta trama opaca de desinformación y silencios. ¿Qué pretendían ocultar… su origen? ¿una dedicación anterior, poco acorde a su nueva posición política? ¿un linaje sucio y nada propicio a la limpieza de sangre que se exigía en la época…? Preguntas y secretos, misterios ocultos que el autor retuerce y maneja con habilidad para tejer unas expectativas de resolución creíbles.

La estatua, en Columbus Circle

Pero la trama no discurre por el misterio sesudo y la investigación académica que se podría suponer. Su vocación de best seller se evidencia en múltiples tramas que se entremezclan y el autor combina con tintes de viva actualidad; como esa lectura revisionista y tendenciosa que hoy se realiza sobre el descubrimiento y cuanto conlleva, demonizando bajo un falso epítome colonialista, esclavista o genocida a sus principales actores (españoles, por supuesto, se obvian las actuaciones nativas e inglesas) y promueve el derribo y violación de estatuas o placas; un tema que Miguel Ruiz explota –literalmente– en una escena de impacto; junto a una subtrama de presunta corrupción económica en la ficticia Columbus Heritage Foundation (trasunto posible de una real CCF), fundación sin ánimo de lucro que se dedica a preservar la herencia italoamericana en los USA; o su rama mexicana, que da origen a un auténtico culebrón de magnates millonarios, matrimonios paralelos, hijos de papá consentidos, alguno ilegítimo o secreto, que devienen en terroristas de parodia trastornados por el muro de vergüenza que promueve Donald Trump.

Escudo de Colón (fotografía de
Miguel Ángel «fotógrafo»)

Hay concesión comercial a la galería en La Sangre de Colón, y un uso magnífico de las técnicas de marketing en tiempo real, que el autor sabe aprovechar con éxito para lanzar el producto y sacar el mayor partido a los convulsos momentos históricos que nos ha tocado vivir. Así, el protagonista, Álvaro Deza, descendiente de aquel Diego de Deza que intercedió ante los reyes católicos en favor de la empresa del almirante, un historiador especializado en la figura de Colón, posee todas las cualidades para haberse erigido en trasunto español del famoso Robert Langdon, erudito y atractivo profesor universitario que protagoniza las novelas long seller de Dan Brown. Sin embargo, nos encontramos ante un investigador varado, embrutecido por su matrimonio con la marquesa, que le abre las puertas de la nobleza y hacen de él un señorito sevillano… hasta que le dan portazo y divorcio en favor de un magnate mexicano, y él no duda en acudir a «Sálvame» como venganza (¿puede haber algo más odioso…?). Sin embargo, funciona y, por suerte, el verdadero rostro de Colón se le aparece y lo salvará de ese mundo… para mostrarnos a un veleta sentimental, que a lo largo de la obra salta y picotea de uno a otro amor ¿verdadero? según el viento que sopla… Hasta que la investigación y el misterio del caso lo redimen.

Uno de los retratos póstumos de Colón

Narrada de forma ágil, la acción mantiene el interés del lector y adquiere un ritmo frenético que hace imposible abandonar la lectura hasta el final. Cuenta el periplo del protagonista de Sevilla a Nueva York, su huida precipitada a Morelos en México, mientras le persigue el FBI; su paso por la capital y Cuernavaca; un clandestino pase de frontera como «espalda mojada» de regreso a los USA, acosado por sicarios, terroristas y, de nuevo, el FBI; más sereno en Nueva York, para concluir en la República Dominicana tan querida del autor, donde prosigue las investigaciones . Y en cada lugar, una pista, un avance, una hipótesis que se desvela.

Miguel Ruíz acude de nuevo a la figura del almirante -de quien es especialista y tan buen resultado le dio con La Tumba de Colón (sin relación con ésta, más allá del personaje histórico)-, para construir un thriller de aventuras muy adecuado a la época, alrededor de sus numerosos secretos y misterios, mensajes ocultos que abren paso a nuevas pistas y conclusiones inesperadas sobre el origen de su sangre o la sangre derramada después.

La Sangre de Colón sigue el rumbo de su antecesora (o las siguientes, El Papa Mago y El País de los Espíritus, para mí la mejor de las tres [reseña aquí]) en una nueva singladura de éxito. Si en la primera el quinto centenario de Colón actuó como revulsivo, en ésta, con mayor soltura literaria, la actual tendencia revisionista de la historia y los ofendiditos de las estatuas sirven como reclamo y disparador de ventas.

La Sangre de Colón, de Miguel Ruíz Montañez, está llamada a convertirse en uno de los Best Seller del año. Ya lo es a nivel local.

Mr GWYN, de Alessandro Baricco

¿Qué sucede cuando un autor en la cúspide decide dejar de escribir? ¿Qué le motiva a hacerlo? ¿Qué hará entonces? ¿Puede realmente un creador de historias abandonar la literatura? Alessandro Baricco analiza y da una respuesta posible a esas y otras cuestiones en una hermosa novela de sensaciones humanas, cargada de sentimientos, algo de suspense y un ligero surrealismo que la hacen más cercana.

No había leído hasta ahora nada de este autor, dramaturgo, periodista y filósofo italiano, elevado a la fama mundial con su novela Seda, un drama costumbrista en el Japón del siglo XIX, traducida a 17 idiomas y adaptada al cine por François Girard (Silk, 2007); aunque deseaba bastante conocer su obra. La historia contemporánea de Mr. Gwyn ha satisfecho con creces mi curiosidad y me ha revelado un gran escritor, sensible, celoso de las formas y muy pendiente del estilo, sencillo, perfeccionista y natural, en el que los personajes conforman su mejor baza, traslucen sus sentimientos en sensaciones y devienen cercanos al lector, más con ese ligero surrealismo de alguno que lo hace entrañable.

La premisa de abandonar la escritura en la cúspide no es nueva; muchos escritores, reales e imaginarios la han cultivado, reflejo de una necesidad imperiosa del yo interior, expresada de forma abstracta y poco clara en ocasiones. Resulta difícil definir por qué se adopta una decisión trascendente, más cuando se ha alcanzado el reconocimiento del público y la crítica; escribir es, en la mayoría de los casos, una droga que crea adicción, placer o necesidad y, como la lectura, casi imposible de abandonar (igual que el vicio un fumador empedernido). Sin embargo, varios lo han hecho, con resignación y tristeza o plenamente convencidos: Juan Rulfo tras componer dos obras maestras, o Harper Lee después de escribir su única novela Matar a un ruiseñor, premio Pulitzer de Literatura. ¿Miedo escénico? ¿reconocimiento tácito a no poder superar lo conseguido… o decisión meditada tras alcanzar cierta edad, como en el caso de Philip Roth? Puede que el propio Baricco, tras el éxito mundial de Seda, sintiera la tentación del vacío extremo al mirar desde la cúspide y se lo planteara (ciertamente, no fue así).

El caso es que Mr Gwyn lo consigue; una determinación trascendente en la crisis de los 40, aunque, en su caso, haga trampas… En primer lugar, porque, junto a otras 52 decisiones fundamentales decide dejar de publicar y -más importante- dejar de escribir libros, tras haber alumbrar tres novelas brillantes, aclamadas por público y crítica. Para compensar, enfoca su creatividad –ese gusanillo que no cesa– hacia el retrato; pero no pictórico, sino literario: será retratista. Con la mirada, captará el alma de las personas, su ser más íntimo y personal, y lo expresará mediante el uso de la palabra; en sólo dos copias, una para él y otra para el cliente; lo que él llama la profesión de «copista«. Y bien que lo logra.

Para ello, elabora un proceso metódico de análisis de la personalidad que va a retratar, en el que, ambos, a solas, en un estudio alquilado, desnuda la persona que posa y en completo silencio, envueltos en un fondo de música y sonidos expresamente encargado para la ocasión, durante cuatro horas diarias, a la luz de dieciocho bombillas especiales que se extinguirán secuencialmente en unos treinta y dos días, Mr Gwyn mira y observa, analiza y toma notas, apuntes manuscritos que bosquejan lo que, poco después de finalizar ese plazo, entregará como el retrato más exacto y realista del asombrado cliente. Y ninguno queda insatisfecho.

Hay, sin embargo, una dualidad intrínseca al criterio de selección (que intuyo reflejo del propio autor) y, obligatoriamente, han de entrar en conflicto. Por un lado, la metodología, sopesada, meticulosa, estricta en su cumplimiento, severa en su concepción (como su escritura); por otro, esa anarquía inherente al arte y la belleza -sea pintura o escritura-, la libertad que requiere el proceso creativo, enemigo de barreras y cadenas que lo restrinjan… y el conflicto llega.

Pero más que el método y sus consecuencias o la misma historia, son los personajes quienes soportan el peso de la narración; su sensibilidad, sus límites, la naturalidad de sus gestos y expresiones, su debilidad, que es, al tiempo, su fuerza. Baricco no dibuja caracteres detallados o en profundidad sino simples trazos, esbozos definidos de sus vidas, pero reflejo acertado de una personalidad, que capta y define a la perfección; como el pintor expresionista que captura la esencia de una escena en sólo unos trazos o manchas de color, pero te arranca en ocasiones una sonrisa cómplice o lágrimas de emoción. Jasper Gwyn decidido y ambiguo, claro en principio y misterioso en realidad. Rebecca, su asistente y cómplice, parece indecisa y resignada a su gordura, pero será quien recoja la antorcha cuando todo se oscurece y nos conduzca a la luz. Tom, su editor y amigo personal, que se escandaliza y rechaza la decisión de su gallina de los huevos de oro, pero sucumbe a la tentación de dejarse retratar. El tierno y encantador viejecito de las bombillas a quien dedica su obra (y en cuyos labios pone un pensamiento propio: «siento debilidad por los que desaparecen»); o esa sublime señora mayor del pañuelo impermeable, que un día encuentra en la consulta y convierte en la amiga surrealista que le provee de consejos vitales; cada uno de los clientes que posan para él, «magistralmente dibujados en pocas pero significativas pinceladas. Un fascinante mosaico de vida real y perdida»… Ternura, sensibilidad, maestría, sonrisas y lágrimas de satisfacción… sensaciones vivas.

La historia concluye en un giro sorpresa, esencia misma del juego arriesgado en el que Mr Gwin se involucra con personalidad dual. Tras capturar con la mirada la psiquis y los sentimientos de unas almas desnudas, éstas, necesariamente, han de influir en la suya y hacer que sucumba a la tentación. Será Rebecca quien, con el tiempo, desentrañe el misterio y nos lo aclare, sin llegar a entenderlo por completo ella misma…

Alessandro Baricco, un artesano de la escritura, construye de forma pausada una narración poética de exquisita sensibilidad y ternura sobre la búsqueda de uno mismo y la inquietud por lo oculto, la exploración de lo nuevo que se esconde en lo cotidiano y rutinario de nuestras vidas.

Y ofrece una respuesta contundente a las preguntas del encabezado: aunque el escritor quiera abandonar la escritura, ésta nunca va a dejar que lo haga.

————————————————————————————————————————-