LE LLAMAN KVOTHE. ¿Has oído hablar de él?

«He robado princesas a reyes agónicos. Incendié la ciudad de Trebon. He pasado la noche con Felurian y he despertado vivo y cuerdo. Me expulsaron de la Universidad a una edad a la que a la mayoría todavía no los dejan entrar. He recorrido de noche caminos de los que otros no se atreven a hablar ni siquiera de día. He hablado con Dioses, he amado a mujeres y he escrito canciones que hacen llorar a los bardos.
Me llamo Kvothe. Quizá hayas oído hablar de mí».

Llevaba tiempo queriendo meterle mano a «El Nombre del Viento», de Patrick Rothfuss.  Las críticas y opiniones vertidas acerca de él –en medios muy diversos y por autores dispares– eran tan buenas que me daba miedo (la publicidad; ya sabemos de qué va…), al tiempo que me animaron a decidirme.  Aprovechando un viaje con tiempo (el libro es un tomo de casi 900 páginas), me decidí a comprarlo.  No me arrepiento; en absoluto: se me hizo corto, demasiado corto.  Tanto que me faltó libro y sobró tiempo; demasiado tiempo…

«El Nombre del Viento» (Crónica del Asesino de Reyes: primer día) es una novela  insólita, encantadora; de esas que sólo encuentras de tanto en tanto (muy pocas veces) en la vida, y te dejan satisfecho al tiempo que deseando más.  Dice de ella Rosa Montero que «está bellamente escrita»; The Thimes que «se convertirá en un clásico».  Y ambos tienen razón.  Si lo pretendiera, podría convertir este espacio en un recopilatorio de citas sobre la misma, cada cual más positiva, pero para ello sólo hay que coger la solapa del libro, o buscar en la red, y las encontrareis a millares; todas buenas y (lo más extraño) ciertas, más allá de la publicidad y el marketing editorial (que también juega un papel).  Porque «El Nombre del Viento» es, os lo aseguro, una obra sorprendente, fuera de lugar en los tiempos que corren, donde –salvo excepciones– prima la rapidez, la estandarización frente a la calidad y lo novedoso, la acción frente a los sentimientos, los estereotipos clónicos frente a la definición de un buen personaje; y Kvothe, con su pelo rojo brillante, lo es.  Tan grande como la presentación que de sí mismo hace al inicio de su historia:

Me llamo Kvothe, que se pronuncia «cuouz».  Los nombres son importantes porque dicen mucho de la persona. He tenido más nombres de los que nadie merece.
Los Adem me llamaban Maedre.  Que, según como se pronuncie, puede significar la Llama, el Trueno, o el Árbol Partido. (…)
Mi primer mentor me llamaba E’lir porque yo era listo y lo sabía.  Mi primera amante me llamó Dulator porque le gustaba cómo sonaba.  También me han llamado Shadicar, Dedo de Luz y Seis Cuerdas.  Me han llamado Kvothe el Sin Sangre, Kvothe el Arcano y Kvote el Asesino de Reyes.  Todos esos nombres los he ganado.  Los he comprado y pagado por ellos.
Pero crecí siendo Kvothe.  Una vez mi padre me dijo que significaba «saber».

No todos los nombres se nos desvelan es este primer libro/día de la narración de su vida, pero sí varios de ellos, merecidos todos.  Kvothe, una leyenda viva en su propio tiempo, relata su historia completa al cronista, a condición de que sea sólo en tres días, de los que este volumen recoge el primero.  Entre sus páginas conoceremos a un Kvothe posadero, espadachín y guerrero, Edena Ruh, superviviente y ladrón, universitario arcanista, cantor magnífico de baladas con el laúd, y cazador de dragones… pero su vida y obras continuarán siendo un misterio que desearemos conocer; más allá de los secretos que oculte esa puerta cerrada en la biblioteca de la universidad, o el fuego azul que acompaña a los oscuros Chandrian, seres terroríficos de cuentos y leyendas de un pueblo ignorante y cargado de superchería… pero que asesinan a sus seres queridos siendo él niño, por un motivo que desconoce, relacionado quizá con el nombre verdadero de las cosas.

Porque la historia de Kvothe, por encima de los muchos episodios de su agitada vida, es la del pueblo que le rodea, sus tradiciones, su folclore y música; una historia de sentimientos.  Contada con soltura y naturalidad; una narrativa tranquila y bella que consiguió trasladarme muchos años atrás, a esas mismas sensaciones agradables que obtuve con la lectura de «Un Mago de Terramar», de Ursula K. Le Guin, sin taoísmo.  Y no ya porque la historia de Kvothe sea la de una iniciación -como la de Ged, o su madurez en la magia –cuya base se encuentra aquí en el estudio y la ciencia, pero también en el nombre cierto de cada cosa–; sino por ese estilo de narrativa serena que ambos autores dominan.  «El Nombre del Viento» contiene algo más de acción, pero no es una novela épica o de gesta, sino casi “costumbrista”; cuyo autor, para deleite de aficionados, eligió la Fantasía como vehículo para contarla, pero que tendría igual éxito (o más) bajo cualquier otro género.  Algo parecido a lo sucedido con Carlos Ruiz Zafón y «La Sombra del Viento» (la similitud en los títulos es simple anécdota), por su facilidad narrativa y prosa hermosa, accesible a todos.

Patrick Rothfuss con esta novela (la única hasta el momento) ya ha sido comparado con G.R.R. Martin (supongo que por el carácter renovador y calidad de sus propuestas, que no las historias) y con J.R.R. Tolkien (¡el gran precursor de la fantasía moderna!)…  No sé qué deparará el futuro; pero de momento necesita escribir más de novela para ser comparado al maestro, salvo por compartir profesión: Rothfuss es, como Tolkien, profesor de lengua y filología inglesa, en este caso de la universidad de Wisconsin.  Eso si, bastante menos convencional (sólo hay que ver sus fotos, o leer su biografía y aficiones; un tipo friki, simpático y familiar).

Pero admito que Rothfuss, con «El Nombre del Viento» sienta las bases para convertirse en un clásico.  Es, sin duda –como Ruíz Zafón–, un artista; un poeta de la prosa sencilla y ágil, y un buen narrador de historias; y en su caso, sobre todo, un artesano de la palabra, que con su pluma alcanza poder.

Uso el término artesano de forma deliberada: antes de ser publicada, trabajó la obra durante 14 años; y lleva 3 más puliendo su continuación(1), «El temor de un hombre sabio», segundo día de la crónica, que ya tenía acabada (la portada está lista, como podéis comprobar).  Es de agradecer esa dedicación, que los lectores disfrutaremos después en la lectura, aunque la paciencia alcance límites.  La literatura de calidad requiere tiempo, y Patrick confiesa que su padre le enseñó «que si tenía que hacer algo, debía tomarme mi tiempo y hacerlo bien».  Deseemos que tenga también perfilado el tercero (la historia, cerrada en tres volúmenes, parece que sí), y sólo le reste dedicar varios años a su perfección.

En cualquier caso, os recomiendo con pasión «El Nombre del viento», una de esas joyas de la Literatura Fantástica que el buen aficionado no puede perderse, y necesita tener en su biblioteca.   El tiempo, y quienes ya la han disfrutado, me darán la razón.

  1. Patrick Rothfuss es un perfeccionista.  Entregó un manuscrito en la editorial en mayo de 2009.  Desde entonces lo ha reescrito varias veces. (Última noticia, de 7-11-2010, pulsando aquí).


«El Nombre del Viento», de Patrick Rothfuss. Ilustración de Laura Brett.  Plaza Janés, Random House Mondadori. Barcelona, 2009. 880 págs. Tapa blanda con sobrecubierta. ISBN: 978-84-01-33720-8.

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